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El Hombre del Hacha (1ª parte)

Veintidós de mayo de 1918, residencia de los Maggio, esquina de Upperline Street y Magnolia Street. El matrimonio, compuesto por Joseph y Catherine Maggio, descansa en su dormitorio, una de las habitaciones que forman parte de ese edificio, que, a la vez de vivienda, cumple las funciones de tienda de comestibles y bar. En algún momento de la noche, un intruso accede a la casa, empuñando una navaja de afeitar y un hacha que pertenece al propio Joseph. Éste recibe un primer golpe en la cabeza, asestado con el arma, para, a continuación, ser degollado, como su esposa. La hoja del hacha continúa su trabajo, destrozando el cráneo de ambos.

Dos horas más tarde, los hermanos de Joseph, Jake y Andrew, que viven en el mismo edificio, acceden al dormitorio de la pareja, al no saber de ellos y escuchar un sonido extraño y apagado. Entonces es cuando descubren los cuerpos del matrimonio Maggio: la mujer, con un corte tan profundo que casi la ha decapitado, mientras el hombre, sorprendentemente, a pesar de las graves heridas, permanece con vida.

Primer sospechoso

Antes de que la policía llegara al domicilio, Joseph Maggio fallecía junto al cadáver de Catherine. La policía investigó el escenario, que no mostraba signos de robo, aunque habían accedido a la vivienda por una puerta trasera a la que le habían extraído minuciosamente un panel con la ayuda de un cincel de madera, que se dejó en el lugar. Hallaron en el cuarto de baño las prendas ensangrentadas del asesino, que debió limpiarse y mudarse de ropa tras el crimen, y el hacha empleada. En el exterior, se encontró un escrito hecho con tiza en una pared, sin sentido, que decía “Señora Maggio se sentará esta noche al igual que la señora Toney”. En el césped de la casa vecina, se encontraba la navaja con la que le habían cortado el cuello.

Andrew Maggio fue detenido como sospechoso porque la navaja había sido de su propiedad, según Esteban Torre, un empleado de éste, que trabajaba en la barbería de su propiedad, que tenía en Camp Street. Al parecer, un par de días antes, había decidido deshacerse de ésta porque tenía la cuchilla defectuosa. Además, la policía encontró extraño que, estando en casa en el momento del crimen, no hubiera escuchado nada, a lo que él respondió que venía borracho tras una celebración, ya que al día siguiente se iba a enrolar en la Armada.

Fue absuelto.

Un nuevo ataque

Un mes más tarde, el veintisiete de junio, el asesino volvió a actuar. En esta ocasión, en la tienda de comestibles del polaco Louis Besumer, en la esquina de Dorgenois Street y Laharpe Steet. De madrugada, mientras dormía con su amante, Harriet Lowe, en una de las habitaciones traseras, de madrugada, fue asaltado por un hombre que se había apoderado de su hacha. Recibió un fuerte golpe en la sien derecha; ella, otro en la oreja izquierda, que le paralizaría el rostro.

A eso de las siete de la mañana, llegó el reparto del pan de Johan Zanca, que, al no encontrar ninguna puerta abierta, fuerza una para poder entrar. En el interior, inconscientes, con las caras bañadas en sangre, yace la pareja, que es trasladada al hospital. Como en el caso anterior, el hacha se encontró en el baño, y el intruso que los había agredido había accedido a través de un panel extraído a la puerta trasera.

En esta ocasión, el detenido como sospechoso fue un antiguo empleado de Besumer, el afroamericano, de cuarenta y un años, Lewis Oubicon, reforzado por una mala coartada y por la acusación de la mujer, que dijo que un mulato los había atacado, pero fue absuelto al no encontrarse pruebas contra él.

Investigando la vivienda, se encontró una serie de correspondencia en alemán, yiddish y ruso, perteneciente a Besumer, lo que hizo que las autoridades lo vigilaran de cerca al considerarlo un posible espía alemán. Además, fue detenido en agosto de 1918, al ser inculpado del ataque por Harriet, quien moriría en el Hospital de la Caridad el día cinco de ese mes por producirse un fallo durante la intervención quirúrgica para reconstruirle el rostro.

Besumer pasó nueve meses en prisión, hasta ser absuelto el uno de mayo de 1918.

Una figura oscura

El mismo día en el que fallecería Harriet Lowe, otro ataque se producía en Emira Street. Pasada la medianoche, Edward Schneider llegaba a casa del trabajo. Al entrar al dormitorio, quedó paralizado: su esposa, Anna Schneider, de veintiocho años, y embarazada de ocho meses, permanecía sobre la cama ensangrentada, con parte del cuero cabelludo arrancado, y varios golpes en la cabeza.

Al recuperar la consciencia, ya en el hospital, indicó que no recordaba gran cosa, excepto a una figura alta y oscura que estaba de pie sobre la cama, y que fue la que lo golpeó. Pero, a diferencia de casos anteriores, utilizó como herramienta del crimen una lámpara.

Dos días más tarde, dio a luz a una niña totalmente sana, y, como sospechoso, se detuvo a un ex convicto, de nombre James Gleason.

Histeria colectiva

El último crimen del año 1918 se produjo el ocho de agosto, cuando Pauline y Mary Romano acudieron a la habitación de su tío, Joseph Romano, tras escuchar una serie de ruidos que las había despertado. La cabeza del anciano, que vivía con ellas, mostraba dos heridas abiertas, de donde manaba la sangre de forma descontrolada. Lograron ver, según dieron testimonio a la policía, justo en el instante en el que huía, a un hombre corpulento, traje negro, piel oscura, con el rostro medio cubierto por el ala del sombrero.

Como en una estrategia de distracción, la casa había sido revuelta, pero nada fue sustraído del interior. El hacha empleada se abandonó en el patio trasero, en donde extrajeron el panel de la puerta para poder entrar, usando un cincel de madera.

Joseph pudo, a pesar de las heridas, llegar hasta la ambulancia por su propio pie, pero fallecería a los dos días en el hospital.

No fue hasta entonces que la histeria estalló en Nueva Orleans. La gente se atrincheraba en casa, haciendo turnos armados, para proteger a las familias, se hacían denuncias sobre posibles sospechosos, y se podía ver a aquel hombre empuñando el hacha en cualquier esquina, basándose en centenares de testimonios de dudosa fiabilidad.

Nuevo año, nuevo crimen

Tras unos meses de paz, en donde la población se relajó al creer que el asesino, al que la prensa había bautizado como “El Hombre del Hacha”, se había esfumado, bien por haber abandonado la ciudad, por haber sido detenido o, para mayor suerte, haber fallecido, se produjo un nuevo asesinato, en esta ocasión, en Gretna, Lousiana, unos suburbios al otro lado del Mississipi, mucho más brutal que cualquiera de los anteriores, al ser la víctima un bebé.

El diez de marzo de 1919, el tendero Iorlando Jordano había acudido a casa de la familia Cortimiglia, en la esquina de Jefferson Avenue y Second Street, tras escuchar gritos provenientes de ésta, en plena noche. En la entrada, herida y desgarrada por el dolor, Rosie Cortimiglia sostenía a su hija muerta en brazos, asesinada a golpes de hacha. Charles, el marido, también herido por el atacante, permanecía en el suelo inconsciente. El procedimiento había sido el mismo que en los crímenes anteriores.

Trasladados al Hospital de la Caridad, ella culpó del ataque a Jordano y al hijo de éste, Frank, de dieciocho años. Fueron arrestados y condenados, a cadena perpetua el padre, y a ser ahorcado el hijo, a pesar de que era poco probable que ellos hubieran cometido el crimen: Iorlando tenía sesenta y nueve años y problemas de salud, que le hubieran impedido causar tales daños, y Frank era demasiado grande como para colarse por el hueco abierto en la puerta trasera. Pero el asesinato de la niña era imperdonable, y nubló el juicio del jurado.

Charles Cortimiglia hizo lo posible para evitar la detención y el juicio, exonerándolos de toda culpa, y esto desembocó en que se divorciara de su esposa por calumniar contra unos vecinos inocentes que sólo habían querido ayudar. Finalmente, fueron puestos en libertad cuando la mujer confesó haber mentido, guiada sólo por el odio y los celos hacia la familia Jordano.