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El Hombre del Hacha (2ª parte)

Días más tarde del ataque a los Cortimiglia (tratado en la primera parte de este artículo), la prensa recibió una carta con una petición “especial” del asesino:

Infierno, 13 de marzo de 1919

Estimado mortal de Nueva Orleans:

Nunca me han atrapado y nunca lo harán. Nunca me han visto, porque soy invisible, como el éter que rodea su tierra. No soy un ser humano, sino un espíritu y un demonio del infierno más ardiente. Soy lo que ustedes, los habitantes de Orleans y su estúpida policía, llaman el Hombre del Hacha.

Cuando lo considere oportuno, iré y reclamaré a otras víctimas. Yo solo sé quiénes serán. No dejaré ninguna pista, excepto mi hacha ensangrentada, manchada con sangre y cerebros de aquel a quien he enviado a continuación para hacerme compañía.

Si lo desea, puede decirle a la policía que tenga cuidado de no irritarme. Por supuesto, soy un espíritu razonable. No me ofendo por la forma en que han llevado a cabo sus investigaciones en el pasado. De hecho, han sido tan estúpidos como para no solo divertirme a mí, sino a Su Satánica Majestad. Pero dígales que se guarden. Que no intenten descubrir lo que soy, porque sería mejor que nunca hubieran nacido que incurrir en la ira del Hombre del Hacha. No creo que haya necesidad de tal advertencia, porque estoy seguro de que la policía siempre me esquivará, como lo han hecho en el pasado. Son sabios y saben cómo mantenerse lejos de todo daño.

Sin lugar a dudas, ustedes, orleanianos, piensan en mí como el asesino más horrible, lo cual soy, pero podría ser mucho peor si quisiera. Si lo deseara, podría visitar su ciudad todas las noches. A voluntad, podría asesinar a miles de sus mejores ciudadanos (y a los peores), ya que estoy en estrecha relación con el Ángel de la Muerte.

Ahora, para ser exactos, a las 12:15 (hora terrenal) del próximo martes, por la noche, voy a pasar por Nueva Orleans. En mi infinita misericordia, les haré una pequeña proposición a ustedes. Aquí está:

Soy muy aficionado a la música de jazz, y juro por todos los demonios en las regiones inferiores que cada persona se salvará en cuyo hogar una banda de jazz esté en pleno apogeo en el momento que acabo de mencionar. Si todos tienen una banda de jazz en marcha, bueno, entonces, tanto mejor para ustedes. Una cosa es cierta, y es que algunas de las personas que no se animen en esa noche de martes específica (si es que hay alguna), obtendrán el hacha.

Bueno, como tengo frío y anhelo la calidez de mi Tártaro natal, y ya es hora de dejar su hogar terrenal, dejaré de hablar. Con la esperanza de que publique esto, que le vaya bien. He sido, soy y seré el peor espíritu que haya existido en la realidad o en el reino de la fantasía.

El Hombre del Hacha

Ante el temor de convertirse en nueva víctima, la ciudad de Nueva Orleans se llenó de música en hogares y bares repletos. Pocos fueron los que decidieron retar al asesino y no seguir sus indicaciones.

Lo cierto es que, durante esa noche, no se produjo ningún ataque.

Últimas apariciones del Hombre del Hacha

El tendero Steve Boca se despertó el diez de agosto de 1919 en la cama, viendo a un hombre de pie sobre éste, justo segundos antes de recibir un golpe con el hacha en la cabeza. Al volver en sí, sangrando, salió a la calle hasta llegar a casa de un vecino, Frank Genusa, en donde se desmayó.

Casi un mes más tarde, el tres de septiembre, Sarah Laumann, una joven de diecinueve años, fue hallada por sus vecinos en la cama, con un golpe en la cabeza y faltándole varios dientes. El agresor había accedido a la casa por una ventana abierta, y el hacha se dejó en el jardín delantero.

La última víctima, en este caso mortal, fue Mike Pipetone, el veintisiete de octubre. Fue su esposa, Esther Albano, quien lo encontró en el dormitorio, al escuchar unos ruidos en el interior. Allí se encontró a un hombre de gran tamaño golpeando a su marido con el hacha, la cual le había provocado heridas muy graves y dejó grandes chorretones de sangre por paredes y techo. Éste huyó.

Un año más tarde, en Los Ángeles, Joseph Mumfre, un ex convicto que fue puesto en libertad en 1911 y en 1918, tras una nueva condena, y considerado sospechoso del crimen de Pepitone, fue tiroteado por la viuda de éste. Ante la falta de informes sobre este incidente, se ha especulado que Joseph era en realidad un extorsionador y chantajista de la mafia italiana, Frank “Doc” Mumphrey, condenado por agresión en 1900, secuestro en 1907, y la explosión de una tienda italiana en 1908.

La policía consideró que los motivos del criminal podían estar relacionados directamente con la mafia o por un odio racial, al ser casi todas las víctimas italianas o italoamericanas, aunque también valoraron la posibilidad de que existiese un motivo sexual y que la agresión a hombres sólo fuese algo secundario. Sin embargo, el detective retirado, de origen italiano, John Dantonio, tenía muy clara una cosa: el criminal podía tener mucho que ver con crímenes ocurridos entre 1911 y 1912 en otras zonas del país con modus operandi del mismo tipo.

Asesinato en Villisca

En la noche del nueve al diez de junio de 1912, dos adultos y seis niños fueron asesinados con una crueldad desmedida en una casa de Villisca, al suroeste de Iowa.

Esa noche, la familia Moore, compuesta por el matrimonio, Josiah y Sarah, de cuarenta y tres y treinta y nueve años, y sus hijos, Herman Montgomery, Mary Katherine, Arthur Boyd y Paul Vernon, de once, diez, siete y cinco años, había acudido a los oficios del Día del niño, coordinados por la mujer. Al finalizar, a las nueve y media, se dirigieron a casa junto a dos vecinas, las hermanas Lena Gertrude e Ina Mae Stillinger, de doce y ocho años, a las que había invitado a dormir la hija de los Moore.

Sobre las siete de la mañana, Mary Peckham, vecina de los Moore, acudió a casa de éstos al no verlos a esas horas, cuando era habitual que madrugaran para llevar a cabo las tareas, como soltar a las gallinas. Lo más extraño para ella fue encontrarse con todas las ventanas cubiertas por cortinas y telas. No consiguió abrir la puerta, por lo que llamó al hermano de Josiah, quien usó su propia llave para entrar en la vivienda. Lo primero con lo que se encontró fue con los cadáveres de Ina y Lena, en las camas del cuarto de invitados: tenían la cabeza destrozada a golpes, y Lena mostraba cortes en un brazo, una posible herida defensiva; su camisón había sido levantado hasta la cintura, y carecía de ropa anterior. Un más que probable abuso sexual, pero no mostraba lesiones de este tipo.

El oficial de paz, Hank Norton, que se personó en la escena, continuó el recorrido por la vivienda. Los cadáveres de los hijos de los Moore permanecían en sus camas, con heridas de golpes (entre veinte y treinta) en la cabeza, como si los hubiesen atacado mientras dormían. El matrimonio yacía igual en el dormitorio principal, pero en el rostro de Josiah se habían ensañado más, hasta el punto de destrozar los ojos. Sólo con él habían empleado el filo de un hacha de su propiedad, encontrada en la misma estancia, limpia.

El crimen se había producido entre la medianoche y las cinco de la madrugada, según los médicos, y el asesino (o asesinos) pudo permanecer escondido en el desván, por un par de colillas dejadas en el lugar.

Varios fueron los sospechosos, desde un enemigo personal de Josiah, Frank Fernando Jones, al que le había arrebatado sus negocios, al reverendo pedófilo Lyn George Jackson Kelley, y dos asesinos seriales que tenían el hacha como arma habitual de sus crímenes, William “Blackie” Mansfield y Henry Lee Moore.

Fuese quien fuese el artífice (o artífices) de los crímenes de Nueva Orleans y Villisca, jamás fue descubierto.