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Rabia

Una gota de veneno extraviada en el laberinto interminable de la mente; la bestia en el interior que a todos corrompe, que aguarda el momento de escapar; un momento de locura preparado para explotar como una pústula llena de odio, salpicando todo lo que esté próximo, destruyéndolo.

Así es la rabia, uno de nuestros sentimientos más primigenios, junto con el miedo, oculto en la caverna del cerebro: la amígdala. Algunos necios incautos separan a ésta de la ira, como dos hermanas siamesas a las que un bisturí ha profanado, pero que siempre permanecen unidas por la cicatriz que las mancilla, como el miembro amputado que se niega a desaparecer.

Un ejemplo: un joven llega a su instituto y dispara a dos profesores, seguido del secuestro de una clase entera. ¿Qué le lleva a hacerlo? ¿La rabia o la ira? ¿O las dos juntas? ¿O es tan sólo un enfermo?

La historia de los Estados Unidos está plagada de este tipo de actos, como si a los niños los alimentasen con plomo y pólvora, y en lugar de nacer con una barra de pan bajo el brazo fuera con un arma de fuego. En la prensa, no es extraño encontrar casos como el de Dustin L. Pierce, que el 18 de septiembre de 1989 mantuvo retenidos, durante nueve horas, a los alumnos de una clase de álgebra en McKee, Kentucky; o el de Michael Carneal, quien, el 1 de diciembre de 1997, apareció en la escuela de su hermana con una pistola, un rifle y una escopeta, envueltos en una manta como si fuera una especie de trabajo, y tras ponerse unos tapones para los oídos, disparó en ocho ocasiones. Resultado: cinco heridos y tres muertos. Tras esto, dejó su arma y le pidió a un miembro del grupo de oración del lugar lo siguiente: “Máteme, por favor. No puedo creer lo que hice”. Al poco, le diagnosticaron esquizofrenia, pero no fue lo más importante: la relevancia la obtuvo una novela titulada “Rage” (“Rabia”), del escritor Richard Bachman.

(¡ALERTA DE SPOILER! SI NO HAS LEÍDO LA NOVELA, PUEDES SALTARTE ESTE PÁRRAFO E IR DIRECTAMENTE AL SIGUIENTE)
La novela relata la historia de Charlie, un alumno problemático que acude al despacho del director de su instituto, llamado por éste, tras un incidente acaecido dos semanas antes, cuando agredió a uno de sus profesores, golpeándole con una llave inglesa en la cabeza, muy cerca de provocarle la muerte. Furioso, insulta al hombre y es directamente expulsado. En el momento en que abandona la reunión, inicia un pequeño incendio y aprovecha para tomar un arma de fuego que guarda en su taquilla, y vuelve a su clase, Álgebra II, donde dispara a su profesora, hiriéndola mortalmente, y retiene a sus compañeros. Pero no será la única muerte: otro de los profesores, que acude al aula para evacuarla, recibe otro disparo. Ante tal alboroto, tras la aparición de la policía y los medios, que rodean el edificio y tratan de comunicarse con él para que se rinda, Charlie se desmorona, arrepentido, sin comprender qué ha sucedido, mientras sus compañeros, afectados por el Síndrome de Estocolmo, al verse reflejados en el chico como una forma de liberación y de enfrentarse al sistema, le reprenden ese cambio de actitud. Durante las horas que pasan encerrados, los adolescentes absorben la ira que empañaba el juicio del secuestrador y utilizan ese tiempo como una terapia en la que todos cuentan sus secretos más íntimos, incluso los más vergonzosos, historias sobre abusos y odio. Sólo uno de ellos realmente está en contra de ellos, y cuando trata de huir, lo asesinan entre todos, causándole un colapso. Un policía logra colarse en las instalaciones y le dispara, con tanta suerte que el proyectil impacta en un candado que el chico lleva escondido en el bolsillo del pecho, saliendo ileso. Finalmente, Charlie es detenido y llevado a una institución mental, y el relato termina con una inquietante frase del muchacho, que te hace reflexionar.

Richard Bachman

Bachman jamás llegaría a imaginar que su obra podría considerarse una especie de manual del adolescente homicida. Tal vez fue uno de los motivos por el que lo acabaran asesinando años después, aunque su biografía asegura que su esposa, llamada Claudia, fue la que lo encontró muerto por un tumor cerebral. Pero no ratifico el crimen porque sea un investigador refutado ni me sienta intoxicado por series televisivas policíacas —aunque debo reconocer que paso un buen rato con éstas—, sino porque el propio asesino acabó confesando. ¿Un adolescente con las hormonas alteradas y un brote de enajenación mental transitoria por el metal que lleva en la mano? No. Lo hizo la misma persona que lo creó: Stephen King.

Por consejo de sus editores, ya que no creían conveniente que el prolífico autor de Maine sacara al mercado una media de tres y cuatro libros anuales, elaboró este pseudónimo, yendo mucho más allá: le dio una vida propia, con esposa e hijo (éste murió a los seis años, unos dicen que al caer en un pozo, otros en un estanque), le diagnosticó un tumor cerebral, incluso le puso rostro, aprovechando la fotografía de una persona ya fallecida. Pero la auténtica personalidad que había detrás se descubrió casi sola, porque en los agradecimientos y dedicatorias de los libros de Bachman aparecían prácticamente las mismas personas que en las de King, y este último hacía menciones de Bachman en algunas de sus novelas, como en “La mitad oscura”. Pero, regresando a “Rabia”, después de la masacre de Michael Carneal, con un sentimiento de culpa que no debería ser tal, Stephen King ordenó la retirada de la novela de las librerías y que dejara de imprimirse (para gran suerte nuestra, en nuestro país puede encontrarse fácilmente). Como curiosidad, en el prólogo de otra de sus novelas, “Blaze”, él escribe sobre “Rabia”: “Fuera de impresión, y es una cosa buena”. Otra más es que King la escribió en el último curso del instituto, con dieciocho años, antes de la obra que le hizo popular, “Carrie”, historia que contiene tres elementos similares a “Rabia”: adolescentes, masacre en el instituto y la ira latente en cada página. Esto puede llevar a preguntarse si el joven Stephen tuvo problemas en el instituto y la escritura sirvió como método de terapia, como hacen muchos autores, una manera de liquidar a indeseables sin correr el peligro de que te apresen, pero parece ser que no.

Diga lo que diga el autor, todo aquel que haya tenido la suerte de leer “Rabia” encontrará una de sus mejores novelas —brutal sería la palabra que mejor la definiría—, una muestra de la facilidad que tiene el ser humano de corromperse, y más aún en masa, de dejarse llevar por la furia contra el sistema autoritario y costumbrista americano, la irascibilidad que todo adolescente guarda en su interior, y que unos pocos no consiguen contener, modelar y lograr que se desvanezca, y, tal vez, como aseguró King, un manual para preparar un asesinato en masa, como si fuese un texto que profetizase lo que estaba por venir y que se ha extendido por otros países.

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