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¿Quién asesinó a la Dalia Negra? (2ª parte)

La policía, tras el hallazgo del cadáver de Elizabeth Short, se enfrascó en la búsqueda de posibles testigos que hubieran visto algo previo en la escena del crimen. Uno de estos fue Bob Meyer, vecino de la zona, que facilitó la descripción de un sedán negro, de la marca Ford, que había estado aparcado junto al descampado ese día, a eso de las seis de la mañana.

Como en muchos de estos casos, hubo falsos testimonios que buscaban la notoriedad y la atención de los medios, pero nada que fuera útil. Sobre qué hizo la chica días antes, tampoco hay demasiada información fiable. Dorothy French, una trabajadora del Teatro Azteca, en San Diego, explicó que había alojado a Short en su casa. La había encontrado dentro de la sala, durmiendo en una de las filas de asientos. Se apiadó de ella al saber que no tenía dónde dormir ni dinero, así que le permitió que durmiera en el sofá de su vivienda desde el ocho de diciembre hasta el nueve de enero, día en que ella se marchó. Durante su estancia, tanto Dorothy como su marido la habían escuchado hablar por teléfono sobre un hombre llamado Bob, y que éste podría ser un empresario de la zona, llamado Robert Manley. Asimismo, también mencionó la aparición, una de esas noches, de un coche negro ocupado por una mujer y dos hombres, y en donde un vecino aseguraba que ésta no era otra que Elizabeth Short.

Se dice que no se supo nada más de Short entre el día nueve y el quince de enero, momento de la aparición de su cadáver, pero no fue cierto. Aparecieron unos catorce testigos que la situaban en bares, locales nocturnos y hoteles, como el Biltmore, en donde pudo estar el último día de su vida, y que se encontraba en un estado deplorable, desaliñada, paranoica. La oficial Myrl Mcbride habló con ella dos veces durante la tarde del catorce de enero, narrando que Elizabeth le había explicado que un antiguo pretendiente la estaba persiguiendo, tras amenazarla de muerte. La vio por última vez en un bar del centro.

La prensa actúa

Para la prensa de Los Ángeles, el crimen de Elizabeth Short fue uno de los “grandes éxitos” del año, convirtiéndose en uno de los quince homicidios que se quedaron sin resolver en la ciudad, en 1947. El caso ocupó la portada de los diarios durante más de diez semanas, llamándolo el “asesinato del Hibisco Rojo”, “asesinato del Hombre Lobo” y “asesinato de la Gardenia Blanca”. Todo esto hasta que se le puso a Short el apodo de Dalia Negra (erróneamente atribuido al reportero Bevo Means). Este nombre se le dio en relación a una película estrenada el año anterior, dirigida por George Marshall, escrita por Raymond Chandler e interpretada por Verónica Lake, en la que una mujer muere asesinada, y porque era conocida por vestir habitualmente de negro y llevar el cabello teñido de este color.

Los medios que más se aprovecharon de la noticia fueron “The Examiner”, “Los Ángeles Herald-Express” y el “William Randolph Hearst”, al contar con privilegios por parte de la policía. En el caso de “The Examiner”, para incrementar el morbo, no tenían pudor alguno en modificar, o inventarse, información, u ocultar ésta a los agentes de la Ley. Para conocer la reacción que tendría Phoebe al saber de la muerte de su hija de primera mano, la llamaron para anunciarle que había ganado un concurso de belleza, pagándole un billete hasta Los Ángeles, donde le dieron la noticia. En el caso del padre, Cleo, ni se mostró afectado ni quiso saber nada sobre el destino del cadáver.

Esta mala prensa se encargó de especular los peores motivos que llevaron a Elizabeth Short a las manos de su asesino: desde que había participado en películas pornográficas o que practicaba la prostitución, a que era víctima de un amante al saber que era lesbiana, que estaba embarazada, o al descubrir que tenía una malformación genital, o que había sido ajusticiada por la multitud al ser considerada una aberración como persona.

Contacto con el asesino

El asesino, que se autodenominaría “Vengador de la Dalia Negra”, decidió contactar con “The Examiner”, vía telefónica, el veintitrés de enero, ante la falta de noticias relacionadas con el crimen. En un intento certero de avivar a la prensa, el día veinticuatro de ese mes envió a la redacción, para demostrar que él era el autor, fotografías, la tarjeta de la Seguridad Social y el certificado de nacimiento de Elizabeth Short, una agenda con la tapa grabada con el nombre Mark Hansen (pasaría a convertirse en uno de los sospechosos, en especial por sus negocios nocturnos), y una carta sellada ese mismo día, que contenía un mensaje escrito como un collage, con letras extraídas de revistas, en el que se podía leer: «¡Aquí! Pertenencias de la Dalia. Carta a seguir». El sobre de la misma había sido meticulosamente lavado con gasolina para eliminar toda huella existente.

Después de esto, el “Vengador” seguiría contactando con diversos diarios de Los Ángeles a través de cartas.

Sospechosos

Robert Manley, aquel de quien posiblemente hablaba Short en casa de Dorothy French, fue uno de los primeros sospechosos que pasaron a ser interrogados. Bajo los efectos del pentotal sódico (más conocido como “suero de la verdad”), conectado al polígrafo, relató que últimamente estaba muy extraña, temerosa. En la última ocasión que estuvo con la joven, ella anotaba todas las matrículas de los vehículos que veía a través del retrovisor de su coche. En ese último momento, la dejó en el hotel Biltmore, en el 506 de South Grand Avenue, en donde iba a tener una reunión.

Robert Manley

Otro sospechoso potencial fue Mark Hansen, nombre presente en el envío que hizo el asesino a “The Examiner” el veinticuatro de enero. Este era un empresario que regentaba un club nocturno, y alquilaba habitaciones a chicas para que llevaran a cabo sus espectáculos. Elizabeth vivió una temporada con él. No se pudo demostrar que estuviera relacionado con su asesinato, pero estuvo en el punto de mira hasta el año 1951.

Mark Hansen

El sargento Peter Vetcher también pasó a formar parte de esta lista (fueron unos cincuenta en total, incluyendo algunos que se autoinculpaban), en mayo de 1947. Todo fue por mandar una postal, firmada como Betty Short Vetcher, a John O,Neill, un amigo de la conocida, para fingir que existía una relación entre ambos.

Como apuntó el forense Newbarr, el trabajo podía ser obra de un médico cirujano. Por eso se buscó al culpable entre médicos que tuvieran alguna cercanía con la fallecida, como el doctor Walter Alonzo Bayley, acusado por el periodista Larry Harnisch, periodista de “Los Angeles Times”, y lo hizo al saber que éste tenía una hija que era amiga de una de las hermanas de Short, Virginia. Pero no pudo ser el asesino, ya que padecía encefalomalacia, un encogimiento del cerebro. No es el único que creía en su culpabilidad: el escritor James Ellroy también estaba convencido que era el artífice del crimen.

Cómo no, también existieron falsas acusaciones, con la intención de dañar a terceros. Así ocurrió con Leslie Dillon, que fue inculpado por un asistente forense de Florida, pero al demostrarse que todo era falso, fue demandado por éste.

Pero entre estos, el sospechoso más potencial fue George Hill Hodel, un afamado doctor que fue acusado, en 1949, de violar, acompañado por otro hombre y dos mujeres, a su hija adolescente, pero su poder social hizo que quedara absuelto. Dueño de la ostentosa Residencia Sowden, o Casa Tiburón, obra de Lloyd Wright, hijo de Frank Lloyd, diseñador de la Residencia Kaufmann, guardaba en ésta material pornográfico, así como el recibo de una compra de diez bolsas de cemento del mismo tipo que el saco presente junto al cuerpo de Short, y en 2013, tras una investigación policial al interior de la casa con perros especializados, se averiguó que allí se habían escondido restos humanos. Su hijo, Steve Hodel, un policía retirado de Los Ángeles, es autor del libro “Black Dahlia, Avenger: a genius for murder”, publicado en 2003, en donde aporta toda una serie de pistas que inculpan directamente a su padre.

El doctor George Hill Hodel

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