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Capítulo 4: Conejo

Han pasado unas semanas desde que subí el capítulo 3 de esta historia. Si leíste éste, tal vez recuerdes que Nando estaba siendo perseguido por un enorme perro, pero algo en la hierba alta se acababa interponiendo, tomando el relevo para dar caza a nuestro periodista. ¿Quieres saber qué le ha pasado? ¡Pues aquí llega el capítulo 4! 🙂

El talón del periodista, quien sigue reculando, tropieza con un tronco cortado y cae de culo sobre la tierra pedregosa. El surco abierto en la hierba sigue hacia él… y lo que surge lo deja con la boca abierta. «Menudo cagado», se autoflagela, sonriendo. Allí, a no más de un metro de sus pies, un conejo de pelaje marrón lo observa con ojos negros, brillantes y redondos. El animal mueve la nariz, pequeña y rosada; da un pequeño salto para acercársele.

El estruendo de una detonación lo pilla por sorpresa, encogiéndose con un alarido. La cabeza del conejo ha quedado reducida a un amasijo de carne, pelo, tierra y plomo. Sólo una oreja ha sobrevivido. El cañón de la escopeta humea en la mano de un hombre, quien ahora estudia a Nando con un ojo entrecerrado.

—¿Quién carallo eres?

—Se… se lo ha cargado —balbucea. Un ligero pitido se ha instalado en los oídos por unos segundos.

—Esas alimañas son peores que los lobos. —Le ofrece la mano—. Anda, levanta y pasa. Parece que hayas visto al demonio.

—Gracias, me irá bien.

El extraño, con el arma al hombro, agarra al cadáver por las patas traseras. La sangre deja un rastro en el suelo. Dentro, lo tira a un balde metálico. La cocina de leña está encendida, llenándolo todo de un intenso olor a madera quemada. Varias pieles cuelgan de una de las paredes. Son de zorro y lobo, o eso intuye, porque les falta la cabeza. Coge un par de vasos de una vitrina de madera verde y los deja sobre la piedra blanca de la encimera, llenándolos de una bebida translúcida, que está seguro que no es agua. Con un gesto de barbilla, le indica el banco de madera para que tome asiento.

—Tú no eres de por aquí —dice, dando un tiento—. Tienes pinta de señorito de ciudad.

—A ver, de ciudad sí, pero lo otro… Si apenas llego a final de mes.

—Pues lo pareces, con ese pañuelo en el cuello y los pantalones de pitiminí.

«No me ha costado ni treinta euros todo. ¿Cómo puede creer que soy pijo? Si viera a Pelayo, ¿qué opinaría? Ese sí que es marqués, el muy cabrón». Da un trago sin pararse ni a comprobar qué es esa bebida. Inmediatamente, en cuanto se desliza ésta por la lengua, una quemazón le recorre el gaznate, reaccionando con un ataque de tos y un estremecimiento que le ha hecho sacudir la cabeza.

—Venga, rapaz, que es de los suaves —sonríe el hombre, rellenando el vaso—. Por cierto, soy Ernesto Carreiro.

—Nando… —pronuncia con la voz rasgada por el orujo—. Nando Martín.

—Y ¿qué haces por aquí? Pinta de peregrino no tienes.

—Escapar de un perro.

—Más bien parecía un conejo. Perro no vi.

—Pues bien que he corrido. Un perrazo negro. He tenido que dejar la maleta en la carretera… ¡Mierda, la maleta!

—Tranquilo, que nadie te la roba. ¿Eres turista, entonces?

—Periodista.

—Otro que viene a escribir sobre el Camino de Santiago. —Un nuevo lingotazo cuela por su garganta—. Anda que no aburre ya el asunto.

—No, nada de eso. Estoy aquí para investigar la casa Armesto. ¿La conoce?

Carreiro no responde. Ha quedado mudo al instante. Los ojos han tomado una expresión entre desconfiada y hostil. Apura el aguardiente.

—Coge la maleta y regresa a tu vida de señorito de capital. No has perdido nada en este lugar.

—Pero…

—Es el consejo que te puedo dar. Ese sitio no tiene nada bueno.

—¿Podría explicarme…?

—¡No hay nada que explicar, coño! ¡Que te marches o…!

Calla, y esta vez es por otro motivo. Es apenas audible, pero un sonido amortiguado se ha impuesto. El hombre traga saliva copiosamente, llevando la mirada hacia el barreño. Un conejo blanco, tan grande como el que ha liquidado, tiene las patas delanteras apoyadas en éste. Vuelve la cabeza hacia ellos, los ojos brillantes, rojos como la sangre que ensucia el hocico, el cual se abre y cierra con una porción de carne entre los dientes.

Entonces grita. Y ese sonido estremece a Nando y a Ernesto, porque es un alarido terriblemente humano: el de un niño.

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Psicopatía 7.0

Estamos condenados a un proceso involutivo alarmante. Muchos se sorprenderán al leer esta afirmación, y argumentarán una teoría que la derrumbe basándose en cómo han mejorado nuestras vidas gracias al avance científico y tecnológico, cuando, precisamente, este último es la pala que cava nuestra propia fosa.

Y es que aunque sea innegable que internet ha permitido reencontrarse con familiares y amistades que parecían perdidos para siempre, facilitar el trabajo y las compras, etc, el hecho de que podamos tener poder de conexión en nuestras manos gracias a los teléfonos móviles nos ha alelado emocionalmente: cenas en donde no se cruzan (apenas) miradas ni palabras, conversaciones mudas a golpe de teclado, emociones simuladas con emojis  y  gifs, y citas para ligar en chats y ante webcams… Cosas inimaginables dos o tres décadas atrás, cuando teníamos los pies alejados del precipicio digital.

Pero, sin duda, para lo que ha sido terriblemente útil es como método para desenmascarar. Permíteme que me explique: una de las principales características de nuestra especie es la de la mimetizarse para adaptarnos y sobrevivir. Tendemos a imitar conductas para poder encajar, aunque sean totalmente opuestas a nuestras creencias y sentimientos. Por ello, personas que pueden mostrarse educadas o tímidas de una forma presencial, como usuarios de internet, escudados por una pantalla, exponen su auténtica esencia, en más ocasiones de las que nos gustaría hallar, y es bastante desagradable. Carentes de empatía y dominados por un egocentrismo que ha permanecido oculto, cabalgan por la Red como neo-jinetes apocalípticos deseosos de aportar su simiente dañina, sembrando, en mayor o menor medida, el caos.

Te pondré un ejemplo personal: a finales de 2011, publiqué una novela de terror, que serviría como inicio para adentrarme en el mundo editorial, a nivel más profesional, y decidí publicar el primer capítulo en mi página web para que lo pudieran leer aquellos que quisiesen y, a ser posible, despertar su interés. A las pocas horas, recibí la opinión de alguien a quien consideraba un amigo. Sabía que era bastante pedante, hasta el punto de que se había dedicado a diseccionar, frase a frase, la obra de autores reconocidos para criticarla públicamente y poder demostrar que no eran tan buenos escritores como querían vender editores y medios de comunicación. Así que podéis imaginar qué hizo con esas pocas páginas que subí: las vapuleó sin compasión, sin opiniones constructivas. En pocos minutos, otros internautas, que se asomaron a la web, tildaron a esta persona de vanidosa y de poco objetiva su valoración del texto. Como no quería polémicas, eliminé todos los comentarios, y ahí encendí la mecha: creó su propia campaña de desprestigio contra mí en Facebook, que en aquella época estaba en plena efervescencia, porque “no le dejaba opinar libremente”. Me llamó fascista, inculto, y un buen número de bellos apelativos, contando abiertamente que no encontraba correcto que yo pudiese publicar y él no, y menos aún que pudiese tener agente literaria. Al final, en menos de veinticuatro horas, al no recibir el apoyo que esperaba, eliminó todos sus comentarios y no volvió a dirigirme la palabra.

Como se suele decir en casos en que el monstruo que habita en nosotros decide asomar el rostro, “parecía una bellísima persona”.

Da igual que sea en asuntos culturales, políticos o del día a día: el problema en las redes sociales radica en la búsqueda del like fácil, del aplauso virtual, y eso hace que muchos crean tener la potestad para hacer lo que les plazca, sin tener en cuenta las consecuencias. Rondan por internet como meteoritos descontrolados que, tarde o temprano, impactarán, causando daños irreparables. Después, los que intentan mantener una imagen inmaculada, publicarán un post, un vídeo o un audio recitando el mea culpa, carentes de remordimientos e intentando desviar la realidad del daño, para convertirse de agresores a víctimas.

Los conocidos trolls, ahora denominados haters, porque parece sonar mejor este término, mutan dependiendo de los gustos, las tendencias y a quién se debe de atacar. Los clásicos matones/abusones de colegio ya no necesitan contener su ansia hasta llegar a las aulas para continuar martirizando a sus compañeros, cuando pueden hacerlo por WhatsappTwitter o YouTube, compartiendo vídeos bochornosos de sus víctimas, mofándose, insultando y amenazando, dejando una huella indeleble; los humoristas del mal gusto se burlan de colectivos abiertamente, una y otra vez, a pesar de no despertar simpatía ni carcajada alguna; los “culturetas” tildan de analfabetos a aquellos que no leen las obras que recomiendan, soltando una perorata ininteligible y fuera de lugar que, en caso de poder analizarla, no deja de ser una “panochada” sin sentido que ni ellos comprenden… Y así podríamos seguir hablando sobre este tipo de personajes dañinos, que se multiplican a una velocidad alarmante, como gremlins en el agua.

Tal vez seas afortunado y jamás tengas la mala suerte de toparte con estos psicópatas digitales, pero hay otro perfil que puede ser igual de dañiño: el cotilla. Aquí entran todos aquellos que, aunque critican que hagamos pública nuestras vidas (o parte de éstas) en internet, tienen cuentas en las redes sociales para “chafardear” a aquellos a los que critican, sin interactuar jamás con un “me gusta” o un comentario. Sin embargo, corren, móvil en mano, a padres, parejas, hermanos y otros familiares, o amigos de éstos, para soltarles un «¿Has visto qué hace tu (llamémosle X)? Mira qué fresco en la playa, en tanga. Un poco desvergonzado, ¿no?». «¡Uy, uy, uy, X está desenfrenada! ¿Encuentras normal que se vaya a cenar por ahí y se “arrambe” tanto a los demás?». «¿X no estaba tan mal de pasta? ¡Pues mira cómo despilfarra, yéndose de vacaciones!».

La solución sencilla para evitar esto sería directamente no estar presente en internet, pero en nuestra sociedad se convierte en algo bastante complicado. Así que mi consejo, ante este tipo de situaciones, es sencillo: si al final te topas con uno de estos individuos, bórralo, bloquéalo, y si la cosa no se soluciona, la opción más recomendada es la denuncia ante las autoridades.

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Si vas al cementerio…

“Lo que adquieres tuyo es, y más tarde o más temprano vuelve a ti”

Cementerio de animales, Stephen King 

Un padre nunca debería sobrevivir a su hijo”.

La primera vez que escuché esta frase era demasiado pequeño para entenderla. Un conocido había perdido a una hija —no recuerdo bien cómo— durante unas vacaciones, así que, como era de costumbre, instalaron el velatorio en el dormitorio de ésta. Retiraron los muebles y plantaron el féretro en el centro, rodeado de cirios y flores. Lo que recuerdo con más nitidez era el olor a cera y a algo rancio que no provenía de las cuadras. Ahora me pregunto, con aquel rostro descompuesto por el dolor retornando a mi mente, si él sería capaz de hacer cualquier cosa si pudiera hacerla regresar, fueran cuales fuesen las consecuencias. 

Probablemente, sí. Yo lo haría. 

En la mente de Stephen King existe un lugar donde todo esto podría evitarse, un cementerio en el pueblo de Ludlow, Maine, escondido para el hombre en una colina, tras una inofensiva necrópolis de mascotas: el cementerio de los micmac. Esta tribu de indios americanos tenía por costumbre sepultar a sus seres queridos en este terreno, independientemente si eran personas o animales. Pero cuentan que cierto día el Wendigo, el espíritu de las tierras del norte, pasó por allí y corrompió la zona, y todo lo que hubiera enterrado en ésta. 

Y vamos si es cierto, y si no, sólo hay que ver todos los acontecimientos que sucederán a Louis Creed y a su familia (su esposa Rachel, su hija Ellie, y el pequeñín de la casa, Gage) desde que se mudan a este pueblo. Porque todo comienza cuando el gato de la familia, Church, aparece junto a la carretera 15 que hay frente a su casa, segadora de vidas de los mejores amigos de los niños, pegado a la hierba como un esparadrapo. Es entonces cuando su nuevo vecino, el viejo Judson Crandall, a quien llamaremos Jud, le conduce a este territorio tan especial, donde la tierra es dura y pedregosa, como el fondo del corazón de un hombre, que es árido, casi roca viva. 

Y Church vuelve a la vida, como otras mascotas que fueron allí enterradas, pestilente, aunque algo ha cambiado en él. Su hobby es cazar pájaros y ratas, y entregárselos a Louis, pero no como ofrenda, sino para intimidarlo, como una burla maliciosa. 

Hasta aquí, cualquier lector puede pensar que se trata sólo y únicamente de una novela de terror, pero a ver qué opinas a continuación… 

Imagina una comida feliz, en familia, en el campo, jugando con tu hijo, apenas un bebé que parlotea y camina torpemente, y que juega con una
cometa. El rollo de cordel se escapa de sus deditos, y el niño trata de atraparlo mientras todos ríen. Pero el destino sopla el juguete con aliento frío, y en una distracción, la criatura corre tras ésta hasta la carretera colindante, una arteria de hormigón salida del mismo infierno, y sigue correteando mientras tratas de alcanzarlo. A lo lejos, un rugido mecánico, un demonio de toneladas de metal y pies de caucho rodantes, que se acerca a una velocidad demencial. Y después, gritos, de neumáticos y humanos y… 

¿Ves la tragedia? Ahora el pequeño Gage Creed reside en una pequeña cárcel de madera de seiscientos dólares, y pronto irá a ocupar un cubículo no mucho más grande en el cementerio de Bangor, abandonado entre flores que también acabarán por dejarlo solo. 

Si un gato, un perro, un loro, incluso un toro, puede resucitar, ¿no lo haría también una persona? Eso es lo que intriga a Louis. Sí, y por lo que sabe Jud, sucedió una vez, con Timmy Baterman, un joven que murió en la Segunda Guerra Mundial, y que ocupó un lugar en uno de los círculos del cementerio micmac, bajo un cairn. Al principio, parecía un ser con pocas luces que pululaba sin sentido, pero la cordura fue regresando, aunque rociada de una perversidad similar a la del gato, o peor. Y en esta nueva personalidad, oculto como un parasito, algo guardaba y jugaba con los secretos más oscuros de cada vecino de Ludlow. 

Las llamas lamieron la madera de la casa de Timmy, y su carne profanada recientemente por dos balas, y la de su padre, Bill, que no soportó el nuevo aspecto de su hijo y acabó suicidándose de un disparo. 

Pero ¿quién puede culpar a Louis por intentarlo? Jud trató de disuadirlo; Víctor Pascow, una suerte de Pepito Grillo de pantalones deportivos rojos y el cráneo partido como una nuez, también lo intentó; hasta los sueños premonitorios de su hija Ellie. 

Ponte en su lugar, saltando la verja del cementerio en plena noche, pala en mano, dispuesto a matar a quien trate de sorprenderte.

Noche oscura, silencio amplificado hasta lo demencial, un puzle de lápidas, y entre éstas, la del niño, Gage. Tras un rato excavando, la herramienta choca con la madera del ataúd. El temblor se apodera de tus manos, de tu mente, pero no hay vuelta atrás; no te lo puedes permitir. Al arrancar la tapa, una pestilencia cárnica te golpea en la cara, se instala en la boca. Y ahí está, con su trajecito gris, pequeño, frágil, ¡y sin cabeza! ¿Cómo puede ser si…? Pero es el miedo lo que te hace ver mal. No le falta nada: es una máscara de moho lo que causa este efecto. Y entonces, olvidas el olor, su estado, y abrazas el cuerpo blando y destartalado como un muñeco; da igual cómo esté. Es el amor el que te mueve. 

El resto lo puedes imaginar: la ascensión hasta el cementerio micmac, y el enterramiento bajo un montón de piedras. 

La resurrección llega, aunque Gage ha dejado de ser ese niño encantador, patoso y cariñoso; lo dejó de ser en la carretera. Es siniestro, malévolo, un demonio ocupando un cuerpo inocente, hambriento de carne, y con el mismo conocimiento sobre el pozo negro que habita en la mente de cada hombre, como Timmy, tanto que conoce el secreto de su madre, cómo ella siempre ha creído que Zelda, hermana de ésta, enferma de meningitis espinal, murió por su culpa, tal vez porque siempre deseó su muerte, como la vergüenza que representaba para su familia. 

Por última vez, te pediré que vuelvas a ocupar el papel de Louis Creed. Siempre ha sido un hombre muy cabal, por ello tiene un plan de emergencia, por si realmente la cosa sale mal. 

En tu bolsillo hay tres jeringuillas llenas de morfina como para matar a un caballo, y las necesitarás, especialmente tras ver el cadáver del viejo Jud, brutalmente asesinado. Matar al gato no es ningún problema; nunca lo has apreciado. Así que un buen trozo de carne para atraerlo, y una inyección que lo devuelve a la muerte. Queda Gage, pero es sólo un niño, tu niño, solo que todo cambia cuando también es a Rachel a quien mata, dejando su cuerpo tirado en el pasillo como un pelele. ¿Qué harás? ¿Dejarás que siga vivo? ¿Y cuando lo tengas debajo de ti, con un bisturí en la mano, el rostro mutando al de un monstruo de frente estrecha, ojos amarillos, lengua larga, puntiaguda y bífida, el rostro del Wendigo, que te sonríe sardónicamente y resoplando? 

Las agujas entran en su carne corrompida, una a la altura del riñón y la otra en el brazo. Por un solo instante, el rostro de Gage vuelve a ser el de siempre, y triste, dice “¡Papi!”, y se derrumba. 

Rachel ha muerto. ¿Qué puede hacer con ella? Tal vez esta vez funcione. Tal vez tardó demasiado con Gage y por eso algo malo se apoderó de él… 

Como ves, “Cementerio de animales” es mucho más que una historia de miedo, una novela trágica que nos obliga a pensar qué camino tomaríamos nosotros al encontrarnos en esta dura situación. 

Por esto, si vas al cementerio, no olvides lo que hizo Louis Creed por amor, y el precio que tuvo que pagar por ello. Pero, como padres, hijos, hermanos… ¿no haríamos lo mismo? 

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«The Blob»

Como algunos ya sabréis, formo parte de la sección «Basado en hechos reales» del programa radiofónico de misterio «Informe Enigma», dirigido y presentado por JORGE RÍOS, y en donde hablo de diversas películas y series de terror que, supuestamente, han tenido una base real que sirvió de inspiración para su realización. En esta ocasión, la película ha sido «The Blob». Aquí os dejo el audio 🙂

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Sobre casas encantadas

Al adquirir una casa, ya sea de compra o alquiler, nos preocupamos en buscar posibles defectos en la construcción: problemas eléctricos, de impermeabilidad, insonorización o pavimentación, de grietas, dilatación o desnivel. Pero nos olvidamos de otras anomalías que pueden turbar nuestro día a día, hacer que la calidad de vida disminuya de un modo considerable, hasta un punto aterrador y nefasto. ¿Y si ese mal o “defecto” ha decidido permanecer oculto, acechante, vigilando mientras contemplas la televisión, comes en la terraza o duermes plácidamente, listo para abalanzarse como un tigre famélico en el momento más inesperado y de mayor vulnerabilidad? No nos detenemos a pensar que algo que puede escapar de nuestra lógica es el encargado de alterar nuestro hogar, algo que podría ponerle la popular etiqueta de casa encantada.

Tal vez el cine, la literatura y el folklore tengan parte de culpa al imponer una imagen con la que relacionamos a este tipo de viviendas: la de caserones antiguos, muchos abandonados, con largos pasillos, habitaciones siniestras que parecen replegarse sobre uno mismo, y un pasado terrible que todos parecen conocer, menos los inquilinos. Ahí reside el principal error, porque estos edificios tienen la facilidad de mimetizarse hasta pasar inadvertidos, ya sea en una fabulosa urbanización, un idílico hotel de montaña o un reputado internado en el extranjero. Y lo mismo sucede al generalizar y pensar que siempre es cosa de fantasmas. Es cierto que pueden ser contenedores espectrales, pero también portales a otras dimensiones (tanto de entrada como de salida), víctimas de maleficios, proyectores del pasado, construcciones en terrenos inapropiados, o parte del imaginario colectivo que intensifica su poder bajo la influencia del boca-oreja.

Sea lo que fuere, tal vez estás viviendo en una y, mientras lees esto, vayas atando cabos. Entenderás que los pasos que has escuchado en el desván no tienen por qué tener dueño; que los susurros de la chimenea no están relacionados con corrientes de aire; que la sombra que se perfila en el pasillo, aunque humana, no posee patrón original; que el reflejo en el espejo del baño no acaba de concordar con el tuyo; que siempre haya un estruendo espantoso en la cocina, aunque, al llegar a ésta, todo esté en orden; o que los animales eviten a toda costa entrar en el jardín. Entonces, puede que corras en busca de una solución, de un experto que trate de dar una explicación, de purificar cada estancia, de practicar un exorcismo que expulse lo que allí mora, pero piensa que no siempre es efectivo. Es como en esos casos en los que se cae un bote de pintura y ésta se derrama por completo: por mucho que la limpies, siempre quedan gotas ocultas imposibles de encontrar, y de borrar. Y si el planteamiento, como solución final, es el de abandonar el lugar, ¿quién dice que el mal no esté en ti, o contigo, y que te seguirá allá donde vayas, para que no descanses jamás?

Lo queramos o no, las casas embrujadas existen, y respiran, sienten y, en el peor de los casos, muerden.

Si te apasiona este tema tanto como a mí, te invito a que te adentres en mi libro «Anatomía de las casas encantadas«.

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Gracias, señor Stoker

«Me cobraré mi venganza. La extenderé durante siglos.

El tiempo está de mi lado»

Drácula, Bram Stoker

Si has escuchado o leído alguna de las entrevistas que me han realizado y que he subido a este espacio, sabrás que mi iniciación en la literatura de terror empezó a los nueve años, con “Narraciones extraordinarias”, de Edgar Allan Poe. Sin embargo, el auténtico impacto lo recibí de otra obra, que leí en ese mismo verano. Me recuerdo agazapado bajo el escritorio del viejo despacho de una casa aún más vieja, con un ejemplar de “Drácula” que encontré en una de las librerías (las mismas que custodiaban el volumen de Poe), escondido como el niño que fuma un cigarro con la intención de crecer prematuramente. Fue como una primera experiencia sexual: caótica e inolvidable. Bajo la luz amarillenta de una linterna de latón, me fui nutriendo de aquel libro ajado, como lo haría el vampiro a lo largo de las páginas.

Pero, como digo, es un recuerdo. Uno agradable, de esos que siempre perduran en la memoria, en un rincón iluminado por el tiempo, que siempre está libre de polvo.

Hoy releo aquella obra decimonónica, como en otras ocasiones, después de más de treinta años, y me sorprende comprobar que aún consigue que aquel crío que se iniciaba en el terror emerja de mi interior.

“Drácula” es, al igual que la magnífica “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde, un cántico a lo lascivo, a la lujuria, el azote al ficticio y recatado puritanismo de la sociedad decimonónica, velado por la niebla del opio y los vapores de la absenta. ¿Que cómo puedo decir esto, si es, para algunos, una novela romántica encauzada en el terror? Porque es cierto, y ahí van unos ejemplos: el personaje de Lucy Westenra es como una muñeca hinchable manejada por Drácula a su antojo, hasta que, tras ser convertida, pasa a ser una sádica con una perversa atracción hacia los niños; la potente influencia que ejercen las concubinas del vampiro sobre Jonathan Harker, un mero juguete sexual, y que ejercitan, de nuevo, sobre el viejo profesor Van Helsing; y el más claro, el sometimiento de Mina ante su marido dormido por el Conde, donde se insinúa una fuerte pulsión erótica, pero sin mostrar demasiado.

El vampirismo es el usurpador de los instintos primarios, una plaga sexual que, en caso de la novela, afecta principalmente a las mujeres; pero, en realidad, viene a ser un reflejo del mismo desastre que también vampirizó a muchos ciudadanos de la época, incluyendo al propio Stoker: la sífilis.

Pero la pregunta importante es qué se sabe realmente de Drácula. ¿Se le llega a conocer? La primera vez que lees esta obra, y más si es a tan temprana edad, apenas te das cuenta de que el personaje que da nombre al título no es más que un miembro del reparto; es el cine el que le da, posteriormente, un protagonismo importante, el que se merece. El lector se basa en el juicio que ofrecen Harker (especialmente él), su séquito de cazadores y las víctimas, pero en ningún momento se le permite al propio vampiro dar su punto de vista, así que tampoco sabemos qué es lo que le mueve a matar. ¿El temor a la extinción? ¿Un deseo de erradicar a la humanidad? ¿O ese toque seductor y melancólico de anhelo por un alma gemela que le han otorgado novelas póstumas que casi destruyen su auténtico ser, perverso y diabólico? Lo que está claro es que el personaje es difuso, y ni siquiera se muestra directamente cómo se nutre de sangre, aunque tal vez sí de la psique, como sucede con el desdichado Jonathan, al que acaba transformando en un ser débil, sumiso y de envejecimiento prematuro, una clarísima plasmación de la imagen que tenía Stoker de sí mismo.

Habrá quien opine que lo más normal sería que el autor crease al gran vampiro a su imagen, pero no anda tan desencaminado: Drácula fue trazado como el alter ego que tanto codiciaba Stoker y que jamás pudo ser: apuesto, poderoso, hipnótico, como Henry Irving, en quien se inspiró y para quien trabajaba, al que podríamos añadir que era un tirano que rozaba la sociopatía. Y puestos a hablar de personajes, merece una mención honorífica Abraham Van Helsing, que pasa de ser un hombre de ciencia a un místico anegado por el ocultismo con una facilidad poco justificable (y creíble), como si fuese un miembro más de The Golden Dawn, la sociedad a la que perteneció Bram Stoker.

A diferencia de otras obras de terror o de género fantástico, donde, en ocasiones, se crean mundos y escenarios inexistentes, “Drácula” se caracteriza en que la gran mayoría de éstos son reales, lugares que merecen ser visitados, tanto si eres un amante de la obra como si no. Pasear por la costa de Whitby, donde el cielo es eternamente gris, como una capa de aluminio deslustrada, imaginando al Demeter varado en la tierra apelmazada, rodeado por peñascos grotescos y acantilados, donde aún se conserva la vieja abadía en ruinas; recorrer el zoo de Regent´s Park y detenerte ante la jaula de los lobos; o, lo mejor, visitar el cementerio de Highgate, un auténtico escenario de la Hammer, donde las lápidas son arrastradas a la tierra por las raíces y devoradas por la hiedra, hay multitud de símbolos que hacen referencia a Saint George (que nadie se esfuerce en esperar a que aparezcan llamas azules en uno de los sepulcros para indicarles que hay un tesoro debajo, otra muestra del conocimiento esotérico de Stoker), y donde aquel que sea muy danbrowniano puede entretenerse buscando tumbas masónicas.

Resumiendo, creo que jamás una indigestión de cangrejo hizo tanto por y para tantos. Ojalá, algún día, un atracón de pizza consiga crear una obra inmortal como esta.

Desde aquí, le doy las gracias, señor Stoker.

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Somerset y Collier County

Siempre es agradable que den el chivatazo de que uno de tus libros se encuentra en bibliotecas y librerías de otros países. En esta ocasión, son tres las obras («Anatomía de las casas encantadas«, «Descendiendo hasta el infierno« y «Espiritismo digital«), y dos las bibliotecas, en EEUU, siendo más concreto, en Somerset (Nueva Jersey) y en Collier (Florida). Lo curioso es que en la Somerset aparece en la sección… romántica 🙂 Aún así, eternamente agradecido por acoger algunos de mis libros 😀

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La tecla muerta

El pasado viernes, tuve el enorme placer de charlar con JORGE SÁNCHEZ en su programa, La tecla muerte, sobre ouijas, creepypastas, el poder de las redes sociales y otros muchos temas que se tratan en el ensayo «Espiritismo digital» (Ed. Luciérnaga). Además, también podréis escuchar el relato ficcionado «La cueva de Morgo», de NÉSTOR GARRIDO HERNÁNDEZ, el cual tuve el placer de poder leerlo hace sólo unos meses. Como siempre, aquí os dejo el programa:

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El ente

Esta es la película con la que iniciamos la nueva sección del programa radiofónico de misterio «Informe Enigma», presentado y dirigido por JORGE RÍOS, titulada «Basado en hechos reales», en donde hablaremos de películas y series de terror que, supuestamente, han sido creadas a través de esta premisa. Aquí os dejo el programa 🙂

https://www.ivoox.com/t7-x-18-parte-2-basado-hechos-reales-audios-mp3_rf_83108074_1.html

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Puesto 27

El año pasado, uno de mis relatos, «Lápidas tras las paredes», formó parte de una antología maravillosamente siniestra, «Obscura 2», de Obscura Editorial. Hoy me he enterado, a través de la cuenta de Twitter LiteraturaFantástica (@literfan), que la historia de terror que vive la pequeña Elena en Villa Salgado, una mansión marítima con un secreto terrible, se encuentra en una lista como uno de los relatos recomendados de 2021.

http://literfan.cyberdark.net/Recursos/RecomendadosRelatos.htm