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Casas malditas en el celuloide

En septiembre de 2015, daba comienzo el rodaje de una de las películas de terror más esperadas de 2016: la secuela del título “Expediente Warren”, y del modo más polémico. New Line Cinema, productora de la misma, publicó en las redes sociales una fotografía en donde un sacerdote bendecía el set de rodaje y a sus participantes. Era el modo de asegurar un buen inicio alejado de posibles fenómenos paranormales, como había sucedido en el título original, y en su precuela “Annabelle”, en donde el director de ésta última, John R. Leonetti, afirmaba haber visto una huella demoníaca de tres dedos en la ventana de una de las habitaciones, o haberse registrado accidentes en el plató, como la caída de una lámpara en la cabeza de uno de los actores.

Fotografía del momento en el que un sacerdote bendice el set de rodaje «Expediente Warren: El caso Enfield»

Casualidad o no, la actriz Vera Farmiga, quien interpreta a Lorraine Warren en la pantalla, halló unas huellas en su ordenador portátil de origen desconocido mientras estudiaba el guión de “Expediente Warren: The conjuring”, y, más tarde, en una de sus piernas al despertar un día.

Todo esto parece, como dicen muchos, publicidad para la película, pero ¿cómo no actuar con cierto temor y cautela ante rodajes basados en hechos reales tan intensos, como el poltergeist de Enfield?

Lugares infectados

Shirley Jackson exponía en su obra “La maldición de Hill House” que algunas casas nacen malditas. Algunos rodajes, también. En especial, aquellos que parecen estar centrados en temas sobrenaturales, con entidades demoníacas de por medio o el mismísimo diablo. Y si además éstos están inspirados en casos reales, existe una predisposición (o predestinación, si se prefiere)­ a que los problemas surjan.

Así sucedió con “Expediente Warren: The conjuring”. La historia original se centraba en la familia Perron, un matrimonio con cinco hijas que, en la década de los 70, había comprado una antigua casa en el 1677 de Round Top Road, en Harrisville, Rhode Island. Desde el mismo instante en que se instalaron, entidades que campaban por cada recoveco de la casa se les presentaron (un alto número, al parecer. Hay que pensar que unas ocho generaciones habían vivido en aquel inmueble): algunos más activos, otros bastante sólidos, hasta el punto de poder interactuar con ellos, mientras otros parecían no prestarles ninguna atención, como si fuesen el resultado de una proyección cinematográfica. Todo bien al principio, hasta que los fenómenos se volvieron más violentos, teniendo que recurrir al matrimonio Warren, Ed y Lorraine, afamados investigadores de lo sobrenatural.

Una foto del siglo de XIX de la casa en la que vivió la familia Perron

Tras una de las sesiones espiritistas que allí se practicaron, una presencia maligna, realmente perversa, despertó, o destacó sobre las demás. Al parecer, se trataba del espíritu de una bruja, llamada Betsabé (Bathsheba en la película, como el personaje bíblico), conocida por la gente de la zona por sacrificar a un bebé en nombre del diablo y por ser artífice de varios asesinatos y suicidios aparentes, aunque no se pudo demostrar en su día, y que falleció en la finca de una extraña parálisis, ya anciana, en 1885. Un ente violento con fijación sobre Carolyn, la madre de la familia, a quien acosaba por las noches y que actuaba de un modo defensivo hacia la casa, al considerarse única dueña de ésta.

La película del director James Wan tiene, como espectro principal, a Bathsheba, a la que los Warren consiguen expulsar mediante un duro exorcismo, cosa que no lograron hacer en la realidad. Aunque, por cómo cuenta el equipo de rodaje, ésta pudo estar presente durante la filmación. Esta idea surge, independientemente de pequeños incidentes que padecieron y que pueden ser frecuentes en grabaciones de este tipo, donde la sugestión juega un papel importante, porque Betsabé pudo ir directamente a por Carolyn: toda la familia Perron, excepto ella, decidió acudir al set de rodaje, y la mujer sufrió un pequeño accidente, acabando en el hospital. Pero no quedó ahí la cosa: como si se hubiese sentido ofendida por cuál era el final que le esperaba en la película, el hotel en donde se alojaba el equipo se incendió, obligándolos a desalojarlo.

Edificios que se convierten en iconos

Los Perron abandonaron la casa en los 80, y los posteriores dueños, Norma Sutcliffe y Gerry Gelfrich, un matrimonio septuagenario, confirmaron ciertos fenómenos, pero nada tan intenso. El problema real acabó llegando después, y fuera de la casa: gracias al éxito de la película, las visitas de los curiosos eran frecuentes, hasta el punto en el que querían entrar en la vivienda e investigarla. Los siguientes propietarios, Jenn y Cory Heinzen, supieron explotar esto, desde que la adquirieron en 2019, alquilando la propiedad para poder realizar investigaciones paranormales en su interior, hasta que, recientemente, fue de nuevo vendida por más de un millón y medio de dólares.

El principal inconveniente, cuando las películas son capaces de adquirir la cualidad de icónicas y se ruedan en localizaciones reales, es que éstas puedan heredar la misma extraña fama. Ha sucedido, por ejemplo, con el edificio Cedimatexsa, en el número 34 de Rambla de Cataluña, Barcelona, en donde se rodaron dos (y el inicio de otra) de las cuatro partes de la saga de terror “REC”, y donde se sabe que la gente intenta colarse en busca del ático de la niña Medeiros. Pero uno de los más visitados (desde el exterior, claro) es el edificio Dakota, en Nueva York, conocido no sólo por el asesinato a sus puertas del cantante y compositor John Lennon, tiroteado por el fanático Mark David Chapman, sino por ser lugar de nacimiento del Anticristo en la película de Roman Polanski, “La semilla del diablo”. ¿Es posible que éste escogiera esta construcción, tan elegante como sombría, conociendo toda la oscura historia que aloja entre sus paredes?

Una de las fachadas del edificio Dakota

Construido en 1884, se podría decir que fue un capricho de Edward S. Clark, propietario de la compañía de máquinas de coser “Singer”, para la clase burguesa, un edificio exclusivo a las afueras, en aquella época, de Manhattan, una zona aún sin construir que lo convertía en un punto exclusivo, pero por poco tiempo, debido a la rápida expansión de la ciudad. Clark jamás llegó a habitar en el Dakota, pues falleció antes de concluir la construcción, pero eso no ha impedido que algunos inquilinos lo hayan visto en el sótano. Y no es la única presencia, además de la de John Lennon. Tal vez los responsables de esto fuesen el actor Boris Karloff o el mago negro Alesteir Crowley, antiguos habitantes y cuyas sesiones espiritistas eran muy renombradas, y efectivas. Puede que en una de éstas despertaran algo, como sucedió con los Warren en la casa de los Perron, o abrieron un portal, porque es a partir de los años sesenta cuando se conocen noticias de apariciones fantasmales, siendo la primera la de una niña pequeña, de ropajes antiguos y cabello rubio, así como pisos que parecían adquirir, por segundos, el aspecto de décadas pasadas, y pequeños fenómenos poltergeist.

Habitación 217

En ocasiones, un retiro en un hotel puede servir de inspiración para crear una de las mejores novelas de terror publicadas y, a su vez, ésta servir para forjar un clásico del cine.

Eso le sucedió al escritor Stephen King.

En 1973, el autor de best Sellers, como “Carrie” o “It”, y su esposa, Tabitha, se alojaron por una noche, la última de la temporada, en el hotel de montaña Stanley, en el Estes Park, Colorado. Eran los únicos huéspedes, así que King pudo recorrer los largos y laberínticos pasillos con total libertad, mientras su mente iba trazando el argumento para su futuro libro: “El resplandor”. En alguno de estos tramos, una de las leyendas narra que se encontró con el espectro de unos niños, y, en otra, que se encontró en medio, en aquella noche interminable, de una fiesta fantasmal, con huéspedes del pasado, en el salón de baile MacGregor. Pero lo que más pudo influir en la creación de la novela fue la habitación en la que se alojaba, la 217 (en el libro, pasa a ser la 237), en donde ruidos desconocidos, y alguna que otra presencia, no permitieron que descansara demasiado bien. Y es que ese dormitorio es el punto más caliente, con mayor actividad, y el más solicitado en las reservas.

El Stanley Hotel, al inicio del siglo XX

Poco después de la inauguración del Stanley Hotel en 1909, en el año 1911, una ama de casa, llamada Elizabeth Wilson, recibió, en la habitación 217, una descarga durante una tormenta eléctrica y, aunque ésta no la mató, parece que fue un factor más que probable de inicio para toda una serie de fenómenos que han seguido hasta el día de hoy.

La cosa no queda ahí: otras anomalías de difícil explicación afectan a varios dormitorios, como movimientos de objetos y alteraciones en el sistema eléctrico, y correteos sin dueño y risas infantiles en la cuarta planta.

Con el éxito de la novela y la película de Stanley Kubrick (una adaptación muy libre que desagradó a King), y una miniserie que sí fue rodada en el edificio original, el Stanley Hotel ha sabido explotar de un modo comercial su fama de embrujado. Desde fiestas temáticas a visitas guiadas por un investigador de lo sobrenatural y una psíquica en busca de fantasmas, a la reconversión en museo y plató cinematográfico.

Fotograma de la película «El resplandor»

Un palacete asturiano

En nuestro país también hay rodajes perturbadores. Un ejemplo es el de “La campana del Infierno”, filmada en 1973, una película cuyo argumento giraba en torno a una venganza familiar. Uno de los escenarios era la iglesia de San Martiño de Noia, en A Coruña, un edificio del siglo XV compuesto por dos torres, una de ellas inacabada, y con una leyenda sobre ésta: aquél que la complete, morirá de forma trágica. Y así fue: Claudio Guerín, el director, llenó este vacío arquitectónico con una construcción de cartón piedra, desde la que cayó en una de las tomas, muriendo minutos después. Juan Antonio Bardem tomó el relevo de la dirección. Otro ejemplo, este un tanto diferente, está “Los sin nombre”, en donde, según confirmó su director, Jaume Balagueró, en una entrevista para televisión, una figura que nadie vio durante una toma, que se filmaba en el Hospital del Tórax de Terrassa, se coló en ésta. Pero si hablamos de película sobre fantasmas, deberíamos trasladarnos hacia Llanes, en Asturias. Allí se levanta un palacio de estilo indiano, en donde se rodó parte de la ópera prima de J.A. Bayona, “El orfanato”.

Villa Parres, fechada en 1898, propiedad del filántropo José Parres Piñera, quien falleció un año después de la construcción, fue orfanato, hospital militar y, finalmente, escenario de varias películas, como “Mi nombre es sombra”, de Gonzalo Suárez, pero parece que es con la película de Bayona cuando los moradores de la casa decidieron destacar. Ruidos extraños que se colaban en las tomas de sonido, pasos que se escuchaban en pisos superiores cuando estaban vacíos, rostros fantasmales visibles tras las ventanas del torreón principal, inaccesible… aunque nada desagradable que llegara a turbar el trabajo del reparto y el equipo.

Jiko bukken

El cine oriental es prolífico en lo que se refiere a películas de fantasmas. ¿Quién no recuerda al espectro de Kayako descendiendo por la escalera en “Ju-on”, o a Sadako trepando por el pozo en “The ring”? Es sabido que muchos de estos rodajes inician con la bendición previa por parte de un monje o se rodean de amuletos y rituales para alejar la mala suerte, y no es de extrañar, si nos centramos en la mala fama que tienen muchos fantasmas, como los vengativos onryō y la huella que dejan en muchos inmuebles. De ahí que las inmobiliarias japonesas, para cubrirse las espaldas ante la alta demanda de viviendas, dispongan de los llamados jiko bukken (edificios suceso), en donde los precios pueden abaratarse hasta un cincuenta por ciento por la presencia de un yūrei.

Fotograma de la película «Ju on»

Muchos de los temas tratados en este artículo se tratan con mayor amplitud en los libros “Anatomía de las casas encantadas” y “Espiritismo digital”.

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¿Quién asesinó a la Dalia Negra? (2ª parte)

La policía, tras el hallazgo del cadáver de Elizabeth Short, se enfrascó en la búsqueda de posibles testigos que hubieran visto algo previo en la escena del crimen. Uno de estos fue Bob Meyer, vecino de la zona, que facilitó la descripción de un sedán negro, de la marca Ford, que había estado aparcado junto al descampado ese día, a eso de las seis de la mañana.

Como en muchos de estos casos, hubo falsos testimonios que buscaban la notoriedad y la atención de los medios, pero nada que fuera útil. Sobre qué hizo la chica días antes, tampoco hay demasiada información fiable. Dorothy French, una trabajadora del Teatro Azteca, en San Diego, explicó que había alojado a Short en su casa. La había encontrado dentro de la sala, durmiendo en una de las filas de asientos. Se apiadó de ella al saber que no tenía dónde dormir ni dinero, así que le permitió que durmiera en el sofá de su vivienda desde el ocho de diciembre hasta el nueve de enero, día en que ella se marchó. Durante su estancia, tanto Dorothy como su marido la habían escuchado hablar por teléfono sobre un hombre llamado Bob, y que éste podría ser un empresario de la zona, llamado Robert Manley. Asimismo, también mencionó la aparición, una de esas noches, de un coche negro ocupado por una mujer y dos hombres, y en donde un vecino aseguraba que ésta no era otra que Elizabeth Short.

Se dice que no se supo nada más de Short entre el día nueve y el quince de enero, momento de la aparición de su cadáver, pero no fue cierto. Aparecieron unos catorce testigos que la situaban en bares, locales nocturnos y hoteles, como el Biltmore, en donde pudo estar el último día de su vida, y que se encontraba en un estado deplorable, desaliñada, paranoica. La oficial Myrl Mcbride habló con ella dos veces durante la tarde del catorce de enero, narrando que Elizabeth le había explicado que un antiguo pretendiente la estaba persiguiendo, tras amenazarla de muerte. La vio por última vez en un bar del centro.

La prensa actúa

Para la prensa de Los Ángeles, el crimen de Elizabeth Short fue uno de los “grandes éxitos” del año, convirtiéndose en uno de los quince homicidios que se quedaron sin resolver en la ciudad, en 1947. El caso ocupó la portada de los diarios durante más de diez semanas, llamándolo el “asesinato del Hibisco Rojo”, “asesinato del Hombre Lobo” y “asesinato de la Gardenia Blanca”. Todo esto hasta que se le puso a Short el apodo de Dalia Negra (erróneamente atribuido al reportero Bevo Means). Este nombre se le dio en relación a una película estrenada el año anterior, dirigida por George Marshall, escrita por Raymond Chandler e interpretada por Verónica Lake, en la que una mujer muere asesinada, y porque era conocida por vestir habitualmente de negro y llevar el cabello teñido de este color.

Los medios que más se aprovecharon de la noticia fueron “The Examiner”, “Los Ángeles Herald-Express” y el “William Randolph Hearst”, al contar con privilegios por parte de la policía. En el caso de “The Examiner”, para incrementar el morbo, no tenían pudor alguno en modificar, o inventarse, información, u ocultar ésta a los agentes de la Ley. Para conocer la reacción que tendría Phoebe al saber de la muerte de su hija de primera mano, la llamaron para anunciarle que había ganado un concurso de belleza, pagándole un billete hasta Los Ángeles, donde le dieron la noticia. En el caso del padre, Cleo, ni se mostró afectado ni quiso saber nada sobre el destino del cadáver.

Esta mala prensa se encargó de especular los peores motivos que llevaron a Elizabeth Short a las manos de su asesino: desde que había participado en películas pornográficas o que practicaba la prostitución, a que era víctima de un amante al saber que era lesbiana, que estaba embarazada, o al descubrir que tenía una malformación genital, o que había sido ajusticiada por la multitud al ser considerada una aberración como persona.

Contacto con el asesino

El asesino, que se autodenominaría “Vengador de la Dalia Negra”, decidió contactar con “The Examiner”, vía telefónica, el veintitrés de enero, ante la falta de noticias relacionadas con el crimen. En un intento certero de avivar a la prensa, el día veinticuatro de ese mes envió a la redacción, para demostrar que él era el autor, fotografías, la tarjeta de la Seguridad Social y el certificado de nacimiento de Elizabeth Short, una agenda con la tapa grabada con el nombre Mark Hansen (pasaría a convertirse en uno de los sospechosos, en especial por sus negocios nocturnos), y una carta sellada ese mismo día, que contenía un mensaje escrito como un collage, con letras extraídas de revistas, en el que se podía leer: «¡Aquí! Pertenencias de la Dalia. Carta a seguir». El sobre de la misma había sido meticulosamente lavado con gasolina para eliminar toda huella existente.

Después de esto, el “Vengador” seguiría contactando con diversos diarios de Los Ángeles a través de cartas.

Sospechosos

Robert Manley, aquel de quien posiblemente hablaba Short en casa de Dorothy French, fue uno de los primeros sospechosos que pasaron a ser interrogados. Bajo los efectos del pentotal sódico (más conocido como “suero de la verdad”), conectado al polígrafo, relató que últimamente estaba muy extraña, temerosa. En la última ocasión que estuvo con la joven, ella anotaba todas las matrículas de los vehículos que veía a través del retrovisor de su coche. En ese último momento, la dejó en el hotel Biltmore, en el 506 de South Grand Avenue, en donde iba a tener una reunión.

Robert Manley

Otro sospechoso potencial fue Mark Hansen, nombre presente en el envío que hizo el asesino a “The Examiner” el veinticuatro de enero. Este era un empresario que regentaba un club nocturno, y alquilaba habitaciones a chicas para que llevaran a cabo sus espectáculos. Elizabeth vivió una temporada con él. No se pudo demostrar que estuviera relacionado con su asesinato, pero estuvo en el punto de mira hasta el año 1951.

Mark Hansen

El sargento Peter Vetcher también pasó a formar parte de esta lista (fueron unos cincuenta en total, incluyendo algunos que se autoinculpaban), en mayo de 1947. Todo fue por mandar una postal, firmada como Betty Short Vetcher, a John O,Neill, un amigo de la conocida, para fingir que existía una relación entre ambos.

Como apuntó el forense Newbarr, el trabajo podía ser obra de un médico cirujano. Por eso se buscó al culpable entre médicos que tuvieran alguna cercanía con la fallecida, como el doctor Walter Alonzo Bayley, acusado por el periodista Larry Harnisch, periodista de “Los Angeles Times”, y lo hizo al saber que éste tenía una hija que era amiga de una de las hermanas de Short, Virginia. Pero no pudo ser el asesino, ya que padecía encefalomalacia, un encogimiento del cerebro. No es el único que creía en su culpabilidad: el escritor James Ellroy también estaba convencido que era el artífice del crimen.

Cómo no, también existieron falsas acusaciones, con la intención de dañar a terceros. Así ocurrió con Leslie Dillon, que fue inculpado por un asistente forense de Florida, pero al demostrarse que todo era falso, fue demandado por éste.

Pero entre estos, el sospechoso más potencial fue George Hill Hodel, un afamado doctor que fue acusado, en 1949, de violar, acompañado por otro hombre y dos mujeres, a su hija adolescente, pero su poder social hizo que quedara absuelto. Dueño de la ostentosa Residencia Sowden, o Casa Tiburón, obra de Lloyd Wright, hijo de Frank Lloyd, diseñador de la Residencia Kaufmann, guardaba en ésta material pornográfico, así como el recibo de una compra de diez bolsas de cemento del mismo tipo que el saco presente junto al cuerpo de Short, y en 2013, tras una investigación policial al interior de la casa con perros especializados, se averiguó que allí se habían escondido restos humanos. Su hijo, Steve Hodel, un policía retirado de Los Ángeles, es autor del libro “Black Dahlia, Avenger: a genius for murder”, publicado en 2003, en donde aporta toda una serie de pistas que inculpan directamente a su padre.

El doctor George Hill Hodel
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El crimen de la Dalia Negra

Quince de enero de 1947. Las diez y media de la mañana, aproximadamente. Betty Bersinger, como todas las mañanas, da un paseo con su hija de tres años, a la que lleva en cochecito, por South Norton Avenue, perteneciente a los suburbios de Leimert Park, al suroeste de Los Ángeles.  Llega a un descampado situado entre Coliseum Street y 39 Street. En ese lugar debería de haberse alzado un edificio de pisos, pero la llegada de la II Guerra Mundial interrumpió su construcción. Entre la hierba alta, distingue una silueta humana blanquecina. Un enjambre de moscas zumba a su alrededor y sobre ésta. Se acerca a ver, curiosa, convencida de que es un maniquí, en especial por la disposición en la que se encuentra, separada por la mitad por la zona de la cintura.

El cadáver de una mujer joven, terriblemente mutilada, es lo que allí le aguarda, con una sonrisa cortándole la cara, y los ojos abiertos hacia el cielo despejado.

Aterrada, echa a correr con la niña para pedir ayuda, llamando a la casa más cercana, pero está vacía. Con la segunda tiene más suerte: pertenece a un médico, que no duda en permitir que entre y haga una llamada a la policía.

La escena del crimen

390

Una patrulla policial, tras recibir la llamada de una mujer alterada, acudió a la zona. Ésta, afectada por los nervios tras la horrible visión del cadáver de la joven, no se acordó de dar su nombre al denunciar el hallazgo, así que los agentes pensaban que se trataba de un 390, o lo que vendría ser lo mismo: el aviso falso de un posible borracho.

En el lugar, también se habían personado un grupo de periodistas, los cuales solían pinchar la frecuencia de la radio policial para acudir a las escenas que consideraban que podían proporcionar una buena noticia.

La escena era dantesca, con aquel cuerpo desnudo, mancillado, abandonado como un despojo sin valor en un trozo de tierra; las piernas, que habían sido separadas del tronco, abiertas, y los brazos alzados por encima de la cabeza, flexionados. Quedó rodeado enseguida por más agentes, periodistas y curiosos que entorpecerían la investigación y contaminarían el escenario del crimen.

Jane Doe

Como otros cadáveres femeninos sin identificar que llegaban al depósito forense, recibió el nombre provisional de Jane Doe Nº 1.

El cuerpo, según el informe de la autopsia, había sido seccionado por la mitad, sirviéndose como zona de disección el disco intervertebral de entre las vértebras lumbares segunda y tercera. Tenía signos de tortura, como diversos hematomas en cara y cuerpo, producidos por golpes, la nariz fracturada, así como marcas de quemaduras por cigarrillo. El rostro presentaba un corte de ocho centímetros que se iniciaba en las comisuras de la boca y ascendía hasta las orejas, lo que se conoce como sonrisa de Glasgow. Tanto en las muñecas como en los tobillos y cuello mostraba marcas de ligaduras, pero no de estrangulación. El pecho derecho había sido parcialmente seccionado, así como el pezón izquierdo. La vagina presentaba laceraciones externas, y en el interior, así como en el ano, alojaba fragmentos de piel, que podían tratarse de la porción de carne que se había cortado por encima de la rodilla izquierda.

El doctor Frederic Newbarr, el forense del distrito encargado de realizar la autopsia, dictaminó la muerte por hemorragia, unas veinticuatro horas antes de ser encontrada la joven. El cadáver había sido drenado en otro lugar al de la escena del crimen, y transportado, seguramente, hasta allí con un saco de cemento que se halló en el lugar. En el cuerpo también se encontraron, gracias al análisis realizado por el laboratorio del FBI, dos cerdas de fibra de palmera, que podían pertenecer a un cepillo de fregar de baja calidad, con el que habrían limpiado a la joven tras mutilarla. Lo que estaba claro es que aquel acto de violencia era una muestra de humillación y misoginia, y que quien lo había hecho tenía que estar familiarizado con la cirugía, por la precisión de los cortes.

¿Quién era Jane Doe?

Ante la falta de datos de la víctima, el director del diario sensacionalista “The Examiner”, colaborando con la policía (con la intención de poder obtener más información para su medio), propuso que ésta utilizara un aparato del que disponía, el Soundex, una especia de fax con el que poder enviar las huellas de aquella mujer a Washington y a la oficina del FBI.

El dieciséis de enero, sólo un día después del hallazgo del cadáver, el FBI disponía de las huellas. Tan sólo cincuenta y seis minutos después, encontraron dos coincidencias de huellas en su base de datos: la primera pertenecía a la base militar Camp Cooke, en Santa Bárbara, en donde esta chica había trabajado una temporada, desde enero de 1943; la segunda, correspondía a un arresto de la misma, también en Santa Bárbara, el veintitrés de septiembre de 1943, por beber siendo menor de edad. Así fue como se supo que Jane Doe Nº 1 era, en realidad, la joven de veintidós años Elizabeth Short.

Fotografía de la ficha policial de Elizabeth Short

El sueño de ser actriz

Nacida el veintinueve de julio de 1924, en Hyde Park, Boston, Massachusetts, Elizabeth Short era una de las cinco hijas de la irlandesa Phoebe Mae Sawyer. Su padre, Cleo Short, se marchó de casa en octubre de 1930, tras contraer una serie de deudas, fingiendo suicidio al aprovechar la Gran Depresión de 1929.

Años más tarde, en 1943, Cleo volvió a contactar con su familia, y, aunque Phoebe no quiso saber nada más de su exmarido, Elizabeth se fue a vivir con él a Vallejo, California, esperando poder retomar una relación y también alcanzar su sueño de ser actriz, al estar mucho más cerca de Hollywood, por lo que no tardaron en trasladarse ese mismo año a la ciudad de Los Ángeles.

Al poco tiempo, descubrió que su padre no guardaba aprecio ninguno hacia ella y que el único interés era tener a alguien en casa que se ocupara de las tareas y de él. La chica, con diecinueve años, se marchó de casa y comenzó a trabajar en el campamento militar de Camp Cooke (de donde obtendrían las huellas para identificarla), al mudarse a Santa Bárbara.

En el verano de 1946, Short se encontraba de nuevo en Los Ángeles, y de lo poco que se sabe es que frecuentaba locales nocturnos, en donde mostraba una fuerte atracción hacia los militares. Ese año, tuvo una breve relación con un antiguo novio, el teniente Gordon Fickling, pero él no soportaba que la joven se viera con otros hombros, así que se marchó, aunque siguieron manteniendo contacto por correspondencia. Con anterioridad, había estado prometida (o eso contaba ella a sus conocidos) con otro militar, Matthew M. Gordon Jr., de la Segunda Comandancia aérea y de capitación, quien falleció en accidente aéreo el diez de agosto de 1945.

Matthew M. Gordon Jr y Elizabeth Short

La muerte la sorprendió antes de que su carrera como actriz apenas se iniciara. Como anécdota, cabe destacar uno de sus primeros, y últimos, trabajos publicitarios, que fue en un anuncio como imagen del Hotel Cecil. Este edificio, construido en el 640 de South Main Street, es un imán para la tragedia y lo malvado, pues varias son las personas que se han suicidado, ya en sus inicios, desde las habitaciones, como el caso de Pauline Otten, que se arrojó desde el quinto piso, cayendo sobre un transeúnte, provocando la muerte de ambos; dos asesinos seriales han ocupado sus habitaciones (Richard Ramírez, “El acechador nocturno”, culpable de catorce muertes, y Jack Unterweger, “El asesino de Viena”, que estranguló a una docena de prostitutas); Goldie Osgood, telefonista, fue violada y asfixiada en el cuarto de contadores; y el último misterio: la muerte inexplicable de Elisa Lam, una joven canadiense de origen chino que desapareció tras una conducta errática, filmada por la cámara del ascensor del hotel, el treinta y uno de enero de 2013, y fue encontrada en el interior del depósito de agua que hay en la azotea, diecinueve días después.

Imagen de la fachada del Hotel Cecil
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Rabia

Una gota de veneno extraviada en el laberinto interminable de la mente; la bestia en el interior que a todos corrompe, que aguarda el momento de escapar; un momento de locura preparado para explotar como una pústula llena de odio, salpicando todo lo que esté próximo, destruyéndolo.

Así es la rabia, uno de nuestros sentimientos más primigenios, junto con el miedo, oculto en la caverna del cerebro: la amígdala. Algunos necios incautos separan a ésta de la ira, como dos hermanas siamesas a las que un bisturí ha profanado, pero que siempre permanecen unidas por la cicatriz que las mancilla, como el miembro amputado que se niega a desaparecer.

Un ejemplo: un joven llega a su instituto y dispara a dos profesores, seguido del secuestro de una clase entera. ¿Qué le lleva a hacerlo? ¿La rabia o la ira? ¿O las dos juntas? ¿O es tan sólo un enfermo?

La historia de los Estados Unidos está plagada de este tipo de actos, como si a los niños los alimentasen con plomo y pólvora, y en lugar de nacer con una barra de pan bajo el brazo fuera con un arma de fuego. En la prensa, no es extraño encontrar casos como el de Dustin L. Pierce, que el 18 de septiembre de 1989 mantuvo retenidos, durante nueve horas, a los alumnos de una clase de álgebra en McKee, Kentucky; o el de Michael Carneal, quien, el 1 de diciembre de 1997, apareció en la escuela de su hermana con una pistola, un rifle y una escopeta, envueltos en una manta como si fuera una especie de trabajo, y tras ponerse unos tapones para los oídos, disparó en ocho ocasiones. Resultado: cinco heridos y tres muertos. Tras esto, dejó su arma y le pidió a un miembro del grupo de oración del lugar lo siguiente: “Máteme, por favor. No puedo creer lo que hice”. Al poco, le diagnosticaron esquizofrenia, pero no fue lo más importante: la relevancia la obtuvo una novela titulada “Rage” (“Rabia”), del escritor Richard Bachman.

(¡ALERTA DE SPOILER! SI NO HAS LEÍDO LA NOVELA, PUEDES SALTARTE ESTE PÁRRAFO E IR DIRECTAMENTE AL SIGUIENTE)
La novela relata la historia de Charlie, un alumno problemático que acude al despacho del director de su instituto, llamado por éste, tras un incidente acaecido dos semanas antes, cuando agredió a uno de sus profesores, golpeándole con una llave inglesa en la cabeza, muy cerca de provocarle la muerte. Furioso, insulta al hombre y es directamente expulsado. En el momento en que abandona la reunión, inicia un pequeño incendio y aprovecha para tomar un arma de fuego que guarda en su taquilla, y vuelve a su clase, Álgebra II, donde dispara a su profesora, hiriéndola mortalmente, y retiene a sus compañeros. Pero no será la única muerte: otro de los profesores, que acude al aula para evacuarla, recibe otro disparo. Ante tal alboroto, tras la aparición de la policía y los medios, que rodean el edificio y tratan de comunicarse con él para que se rinda, Charlie se desmorona, arrepentido, sin comprender qué ha sucedido, mientras sus compañeros, afectados por el Síndrome de Estocolmo, al verse reflejados en el chico como una forma de liberación y de enfrentarse al sistema, le reprenden ese cambio de actitud. Durante las horas que pasan encerrados, los adolescentes absorben la ira que empañaba el juicio del secuestrador y utilizan ese tiempo como una terapia en la que todos cuentan sus secretos más íntimos, incluso los más vergonzosos, historias sobre abusos y odio. Sólo uno de ellos realmente está en contra de ellos, y cuando trata de huir, lo asesinan entre todos, causándole un colapso. Un policía logra colarse en las instalaciones y le dispara, con tanta suerte que el proyectil impacta en un candado que el chico lleva escondido en el bolsillo del pecho, saliendo ileso. Finalmente, Charlie es detenido y llevado a una institución mental, y el relato termina con una inquietante frase del muchacho, que te hace reflexionar.

Richard Bachman

Bachman jamás llegaría a imaginar que su obra podría considerarse una especie de manual del adolescente homicida. Tal vez fue uno de los motivos por el que lo acabaran asesinando años después, aunque su biografía asegura que su esposa, llamada Claudia, fue la que lo encontró muerto por un tumor cerebral. Pero no ratifico el crimen porque sea un investigador refutado ni me sienta intoxicado por series televisivas policíacas —aunque debo reconocer que paso un buen rato con éstas—, sino porque el propio asesino acabó confesando. ¿Un adolescente con las hormonas alteradas y un brote de enajenación mental transitoria por el metal que lleva en la mano? No. Lo hizo la misma persona que lo creó: Stephen King.

Por consejo de sus editores, ya que no creían conveniente que el prolífico autor de Maine sacara al mercado una media de tres y cuatro libros anuales, elaboró este pseudónimo, yendo mucho más allá: le dio una vida propia, con esposa e hijo (éste murió a los seis años, unos dicen que al caer en un pozo, otros en un estanque), le diagnosticó un tumor cerebral, incluso le puso rostro, aprovechando la fotografía de una persona ya fallecida. Pero la auténtica personalidad que había detrás se descubrió casi sola, porque en los agradecimientos y dedicatorias de los libros de Bachman aparecían prácticamente las mismas personas que en las de King, y este último hacía menciones de Bachman en algunas de sus novelas, como en “La mitad oscura”. Pero, regresando a “Rabia”, después de la masacre de Michael Carneal, con un sentimiento de culpa que no debería ser tal, Stephen King ordenó la retirada de la novela de las librerías y que dejara de imprimirse (para gran suerte nuestra, en nuestro país puede encontrarse fácilmente). Como curiosidad, en el prólogo de otra de sus novelas, “Blaze”, él escribe sobre “Rabia”: “Fuera de impresión, y es una cosa buena”. Otra más es que King la escribió en el último curso del instituto, con dieciocho años, antes de la obra que le hizo popular, “Carrie”, historia que contiene tres elementos similares a “Rabia”: adolescentes, masacre en el instituto y la ira latente en cada página. Esto puede llevar a preguntarse si el joven Stephen tuvo problemas en el instituto y la escritura sirvió como método de terapia, como hacen muchos autores, una manera de liquidar a indeseables sin correr el peligro de que te apresen, pero parece ser que no.

Diga lo que diga el autor, todo aquel que haya tenido la suerte de leer “Rabia” encontrará una de sus mejores novelas —brutal sería la palabra que mejor la definiría—, una muestra de la facilidad que tiene el ser humano de corromperse, y más aún en masa, de dejarse llevar por la furia contra el sistema autoritario y costumbrista americano, la irascibilidad que todo adolescente guarda en su interior, y que unos pocos no consiguen contener, modelar y lograr que se desvanezca, y, tal vez, como aseguró King, un manual para preparar un asesinato en masa, como si fuese un texto que profetizase lo que estaba por venir y que se ha extendido por otros países.

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Jenny Greenteeth (2ª parte)

El veintitrés de septiembre de 1954, el agente de policía Alex Deeprose se quedó asombrado al encontrar, en el interior de la Necrópolis del Sur de Glasgow, a cientos de niños armados con estacas afiladas y cuchillos. Este grupo había acudido, por tercera noche consecutiva, para cazar a un supuesto vampiro con dientes de hierro y más de dos metros de altura, que merodeaba el área obrera de Gorbals, y que habría secuestrado a dos niños de la zona.

El caso se hizo muy popular, acusando, en un principio, que cómics de terror como Tales from the cryt y Vault of horror eran los responsables de haber perturbado aquellas mentes infantiles, pero enseguida hubo quienes consideraron que, tal vez, ese vampiro no era tal, y que, en su lugar, basándose en su aspecto, podía ser la versión escocesa de Jenny Greenteeth (para saber más, no te pierdas la primera parte de este artículo), popular por una historia regional, mencionada en el poema Jenny wi´ the airn teeth, de Alexander Anderson. En éste, la bruja acecha a los niños que no descansan junto a sus madres, llevándoselos para ser engullidos.

En febrero de 2018, Karen Hargreaves, una turista australiana que se encontraba dando un paseo por los jardines del cementerio de Saint James, captó una imagen que asegura que pertenece a Jenny Greenteeth, y lo hizo tras apuntarse, en Facebook, a un grupo aficionado a lo paranormal del condado de Merseyside, en Liverpool, y en donde se habían expuesto otras fotografías de la bruja en este enclave. Lo curioso es que este encontronazo ocurrió cuando formaba parte de una excursión organizada por contadores de relatos de fantasmas de la zona, dirigido por Keith Braithwaites a través de la misma red social, y esto ha hecho que sean muchos los que lo tachen de fraude, de que podía formar parte del espectáculo ofrecido por el tour.

Lo cierto es que este cementerio, inaugurado en 1829, construido sobre una antigua cantera de piedra, tras la catedral del Liverpool, y reconvertido en parque, es un punto con varias apariciones fantasmales e, incluso, de vampiros.

Nada que ver con la ficción

Pero, lejos del imaginario popular, la realidad de la brujería estuvo muy presente durante la Edad Media, y muchas 

fueron las mujeres acusadas de practicar la misma. En la mayoría de los casos, éstas poco tenían que ver con el aspecto ajado y aterrador de personajes como Jenny Greenteeth, aunque el juego de “boca-oreja” se encargaba de deformarlas y afearlas, y de ennegrecer la realidad.

En el primer cuarto del siglo XIV, Alice Kyteler se convirtió en la primera persona registrada en ser condenada por brujería. Casada en cuatro ocasiones, fue acusada por primera vez, en 1302, de haber asesinado a su primer esposo, William Outlaw, con ayuda del segundo, Adam Blund de Callan, pero consiguió sepultar las habladurías gracias a un donativo generoso, y culpó a que todo había sido un ataque de aquellos que envidiaban su poder económico.

Años más tarde, en 1324, fue acusada formalmente de brujería. Tras fallecer su cuarto marido, John Poer, por envenenamiento, los hijos de éste, junto con los de los anteriores, cargaron contra ella por asesinato. Las acusaciones, en las que también se incluyeron a los que consideraban sus seguidores, como la sirvienta Petronilla de Meath, además de por estos crímenes, fueron por provocar la posesión mediante un demonio menor, negar la fe de Cristo y de la Iglesia, usar brujería y brebajes para controlar a los cristianos, mantener reuniones nocturnas y practicar la magia negra en el interior de iglesias, y por sacrificar animales a los demonios en las encrucijadas.

Aprovechando su clase social, y sus contactos en altos cargos, Alice se libró de un primer ataque por parte del obispo de Ossory, Richard de Ledrede, que fue encarcelado e interrogado por el senescal de Kilkenny, Sir Arnold le Poer.

En un segundo intento, el obispo, tras ser liberado, amparado por una ley que daba poderes seculares a la iglesia, consiguió que Kyteler y sus acólitos fueran juzgados por herejía, excomulgar mediante el uso de la magia, hacer sacrificios a los demonios y practicar la comunión con éstos, asesinato, y tener relaciones sexuales con demonios y cristianos, despreciando las creencias y todo lo relacionado con estos últimos. Aunque ella pudo escapar, porque Roger Utlagh, canciller de Irlanda, amigo de Alice, y hermano de su primer esposo, pidió que todos ellos, antes de que se produjera el arresto, tuvieran cuarenta días de excomulgación.

Mediante la tortura, Petronella de Meath hizo una confesión de brujería, y su participación en varios de los delitos de los que habían sido acusados. Esta es parte de la declaración de ella, apuntada por Richard de Ledrede:

En una de estas ocasiones, en la encrucijada fuera de la ciudad, había ofrecido tres gallos a un demonio, a quien llamó Robert, hijo de Art, desde las profundidades del inframundo. Ella había derramado la sangre de los gallos, había cortado los animales en pedazos y había mezclado los intestinos con arañas y otros gusanos negros, así como escorpiones, con una hierba llamada milhojas, y otras hierbas y gusanos horribles. Ella había hervido esta mezcla en una olla con el cerebro y la ropa de un niño que había muerto sin el bautismo, y con el de un ladrón que había sido decapitado.

Petronella dijo que ella lo había hecho varias veces por instigación de Alice, y una vez, en su presencia, consultó a demonios y recibió respuestas. Ella había aceptado un pacto por el cual sería el medio entre Alice y el llamado Robert, su amigo.

En público, dijo que con sus propios ojos había visto al demonio mencionado anteriormente con tres formas, de tres hombres negros, cada uno con una vara de hierro en la mano. Esta aparición ocurrió a la luz del día, ante la mencionada Alice y, mientras la misma Petronella estaba observando, la aparición tuvo relaciones sexuales con Alice. Después de este acto vergonzoso, con su propia mano, ella limpió el lugar asqueroso con sábanas de su propia cama.

La mujer fue azotada y condenada a morir en la hoguera, hecho que ocurrió el tres de noviembre de 1324. De Alice Kyteler no se volvió a saber nada más tras su huida, teóricamente, a Inglaterra.

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Jenny Greenteeth (1ª parte)

Se tiene la imagen preconcebida de que las brujas son personajes aterradores, viejas de mal aspecto, encorvadas y verrugosas, y esto es gracias al folklore y los cuentos de hadas. Precisamente, de esta tradición surge una de las imágenes más terroríficas y populares, explotada en infinidad de ocasiones en libros, cómics, series y películas, una criatura nacida del imaginario británico: Jenny Greenteeth, o Jenny Dientesverdes. 

La bruja del agua

De cuerpo verde, cabello húmedo, que bien podrían ser algas, y una dentadura de dientes afilados, Jenny Dientesverdes es el personaje de una serie de historias populares para crear el temor entre los más pequeños, para que se guarden de acercarse solos a ríos, ciénagas, pantanos o estanques. Según la leyenda, esta bruja habitaría estos lugares, sumergida en el agua, al acecho de niños incautos que rondaran las orillas, bien jugando, pescando o, simplemente, descansando un rato. Los largos dedos correosos de ésta, coronados por uñas largas y curvas, aprovechando el mínimo despiste, atraparían a los confiados (a veces, también hombres), para arrastrarlos a las profundidades, en donde los devoraría con calma, hasta la siguiente presa.

Las diversas Jenny´s

Ya con anterioridad al siglo XII, existen narraciones en donde se mencionan criaturas con gran semejanza con Greenteeth. Es el caso de los grindylow, basados en Grendel, personaje del poema épico “Beowulf”, un morador de las ciénagas, devorador de hombres, con aspecto medio humano, medio monstruo. Estos seres, como Jenny, poseen dientes afilados, piel verdosa y manos de dedos largos, similares a garras, y aguardan en las orillas, entre algas y juncos, para cazar no sólo a niños, sino también a los ancianos, de los que se alimentan.

Los fuegos fatuos, o will-o-the-wisp, presentes en zonas pantanosas por la inflamación de cadáveres o vegetación en descomposición, pueden ser portadores de un destino terrible. Al este de Inglaterra, muchas son las historias que relatan cómo viajeros y curiosos han perecido tras acercarse a estas llamas, convencidos que indicaban puntos en donde se habían enterrado tesoros. Sin embargo, se dice que en realidad eran trampas de la bruja acuática Ginny Burntarse, agitando una linterna como señuelo.

En los bosques de Cheshire, así como en la Reserva Natural Nacional Wybunbury Moss, mora Nelli Longarms, quien pasa las noches entre árboles, en donde se puede escuchar su respiración, si la brisa lo permite. Su lugar predilecto son los pozos, desde donde espera, en lo más profundo, a aquellos que allí van a coger agua. Entonces, extiende sus largos brazos (de ahí el apellido) y los captura hacia el interior. 

La espuma blanquecina formada en el río Tees, recibe el nombre de Peg Powler´s Suds, mientras que la que se forma en la orilla se llama Peg Powler´s Cream. Y es que, en esta zona cercana a la ciudad de Darlington, Jenny es sustituida por Peg Powler, o el Gran Fantasma Verde, caracterizada con trenzas verdes. Este personaje es utilizado para asegurar la presencia de los niños en la iglesia los domingos, día preferido por la bruja para cazar.

En la estación de tren del distrito de Garston, en Liverpool, hay una placa que relata la historia de una bruja local, de nombre Screeching Ginny:

El quince de noviembre de 1959, un grupo de niños jugaba cerca del ferrocarril, en Garston Dock Station. De repente, una bruja fea apareció y los persiguió, volando tras ellos y chillando con la voz más alta.

En el camino de Santa María, ella abandonó la persecución, pero los niños siguieron corriendo.

Un niño local, de diez años, corrió por Russell Road hasta donde su abuelo lo estaba esperando. Le contó a su abuela lo de la bruja. Ella le dijo, entonces, que era Screeching Ginny.

Según el folklore local, Ginny era de una familia extraña, que la gente pensaba que estaba compuesta por brujas. Se había mudado a una casa en Cressington. Se dijo que las personas a las que no le gustaba a la familia murieron en extrañas circunstancias.

Ginny se había enamorado de un chico de la zona, y lo hechizó para que la amara, pero su madre rompió el embrujo. El joven se comprometió con otra persona, y Ginny quedó desconsolada.

Ella lo siguió a él y a su novia a la estación, donde corrió chillando a las vías y fue arrollada por un tren.

Se dice que su fantasma aún sigue presente en Garston Dock Station, incluso después de que fuese cerrada en la década de 1940.

Sin embargo, hay lugareños que cuentan que Ginny es mucho anterior a la propia estación, y la sitúan en la época victoriana, en donde una esposa fue abandonada y, afectada por el dolor, perdió la vida junto a una torre de agua que todavía está en pie.

Versiones internacionales

Jenny Greenteeth no es un personaje del folklore exclusivo de tierras británicas. Siguiendo la mitología eslava, existe una criatura que frecuenta lagos y ríos, en algunas ocasiones considerada un fantasma (mujeres que han fallecido de forma trágica y/o violenta), y en otras, una bruja, un demonio o una ninfa, conocida como rusalka. Ya hace aparición en la recopilación de cuentos de “Las mil y una noches”, en la historia titulada “El príncipe y la rusalca”, que se narra en la quinta noche de Sahrazad y el rey Sahriyar. Esta especie de sirena de aguas dulces, de cabellos verdes y siempre mojados (que se seque, puede llevar a su muerte), no tiene predilección por los niños, sino por jóvenes apuestos a los que seduce para conducirlos con ella al agua y, allí, comérselos. Como en el caso de Nelli Longarms, puede abandonar su refugio para recorrer campos o trepar árboles.

De aspecto monstruoso, dentro de la tradición japonesa, se conoce un yōkaial que temen granjeros y aldeanos, y del que están en alerta cuando acuden a fuentes, lagos o estanques. Se trata del Kappa (también conocido por los nombres de Kawako, Kawataro, Komahiki, Kaori o Gataro). De características humanoides, le dan aspecto de batracio, con la piel verde y cabellos de alga, a veces con caparazón de tortuga, y una oquedad en la coronilla siempre rellena de agua. Dentro de su alimentación, además de niños, se pueden alimentar de animales y pepinos. Entregar uno de estos logra que se centre en éste y se olvide de las víctimas humanas, que sufrirían un ataque terrible y desagradable, al arrastrar a éstas a las profundidades y succionar la sangre con el ano, que actúa como si de una boca de sanguijuela se tratase. Otro método de librarse de éste es hacer una reverencia, a la que respondería con una gran inclinación, derramando el agua de la coronilla, obligándolo a regresar el agua para no morir.

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El Hombre del Hacha (2ª parte)

Días más tarde del ataque a los Cortimiglia (tratado en la primera parte de este artículo), la prensa recibió una carta con una petición “especial” del asesino:

Infierno, 13 de marzo de 1919

Estimado mortal de Nueva Orleans:

Nunca me han atrapado y nunca lo harán. Nunca me han visto, porque soy invisible, como el éter que rodea su tierra. No soy un ser humano, sino un espíritu y un demonio del infierno más ardiente. Soy lo que ustedes, los habitantes de Orleans y su estúpida policía, llaman el Hombre del Hacha.

Cuando lo considere oportuno, iré y reclamaré a otras víctimas. Yo solo sé quiénes serán. No dejaré ninguna pista, excepto mi hacha ensangrentada, manchada con sangre y cerebros de aquel a quien he enviado a continuación para hacerme compañía.

Si lo desea, puede decirle a la policía que tenga cuidado de no irritarme. Por supuesto, soy un espíritu razonable. No me ofendo por la forma en que han llevado a cabo sus investigaciones en el pasado. De hecho, han sido tan estúpidos como para no solo divertirme a mí, sino a Su Satánica Majestad. Pero dígales que se guarden. Que no intenten descubrir lo que soy, porque sería mejor que nunca hubieran nacido que incurrir en la ira del Hombre del Hacha. No creo que haya necesidad de tal advertencia, porque estoy seguro de que la policía siempre me esquivará, como lo han hecho en el pasado. Son sabios y saben cómo mantenerse lejos de todo daño.

Sin lugar a dudas, ustedes, orleanianos, piensan en mí como el asesino más horrible, lo cual soy, pero podría ser mucho peor si quisiera. Si lo deseara, podría visitar su ciudad todas las noches. A voluntad, podría asesinar a miles de sus mejores ciudadanos (y a los peores), ya que estoy en estrecha relación con el Ángel de la Muerte.

Ahora, para ser exactos, a las 12:15 (hora terrenal) del próximo martes, por la noche, voy a pasar por Nueva Orleans. En mi infinita misericordia, les haré una pequeña proposición a ustedes. Aquí está:

Soy muy aficionado a la música de jazz, y juro por todos los demonios en las regiones inferiores que cada persona se salvará en cuyo hogar una banda de jazz esté en pleno apogeo en el momento que acabo de mencionar. Si todos tienen una banda de jazz en marcha, bueno, entonces, tanto mejor para ustedes. Una cosa es cierta, y es que algunas de las personas que no se animen en esa noche de martes específica (si es que hay alguna), obtendrán el hacha.

Bueno, como tengo frío y anhelo la calidez de mi Tártaro natal, y ya es hora de dejar su hogar terrenal, dejaré de hablar. Con la esperanza de que publique esto, que le vaya bien. He sido, soy y seré el peor espíritu que haya existido en la realidad o en el reino de la fantasía.

El Hombre del Hacha

Ante el temor de convertirse en nueva víctima, la ciudad de Nueva Orleans se llenó de música en hogares y bares repletos. Pocos fueron los que decidieron retar al asesino y no seguir sus indicaciones.

Lo cierto es que, durante esa noche, no se produjo ningún ataque.

Últimas apariciones del Hombre del Hacha

El tendero Steve Boca se despertó el diez de agosto de 1919 en la cama, viendo a un hombre de pie sobre éste, justo segundos antes de recibir un golpe con el hacha en la cabeza. Al volver en sí, sangrando, salió a la calle hasta llegar a casa de un vecino, Frank Genusa, en donde se desmayó.

Casi un mes más tarde, el tres de septiembre, Sarah Laumann, una joven de diecinueve años, fue hallada por sus vecinos en la cama, con un golpe en la cabeza y faltándole varios dientes. El agresor había accedido a la casa por una ventana abierta, y el hacha se dejó en el jardín delantero.

La última víctima, en este caso mortal, fue Mike Pipetone, el veintisiete de octubre. Fue su esposa, Esther Albano, quien lo encontró en el dormitorio, al escuchar unos ruidos en el interior. Allí se encontró a un hombre de gran tamaño golpeando a su marido con el hacha, la cual le había provocado heridas muy graves y dejó grandes chorretones de sangre por paredes y techo. Éste huyó.

Un año más tarde, en Los Ángeles, Joseph Mumfre, un ex convicto que fue puesto en libertad en 1911 y en 1918, tras una nueva condena, y considerado sospechoso del crimen de Pepitone, fue tiroteado por la viuda de éste. Ante la falta de informes sobre este incidente, se ha especulado que Joseph era en realidad un extorsionador y chantajista de la mafia italiana, Frank “Doc” Mumphrey, condenado por agresión en 1900, secuestro en 1907, y la explosión de una tienda italiana en 1908.

La policía consideró que los motivos del criminal podían estar relacionados directamente con la mafia o por un odio racial, al ser casi todas las víctimas italianas o italoamericanas, aunque también valoraron la posibilidad de que existiese un motivo sexual y que la agresión a hombres sólo fuese algo secundario. Sin embargo, el detective retirado, de origen italiano, John Dantonio, tenía muy clara una cosa: el criminal podía tener mucho que ver con crímenes ocurridos entre 1911 y 1912 en otras zonas del país con modus operandi del mismo tipo.

Asesinato en Villisca

En la noche del nueve al diez de junio de 1912, dos adultos y seis niños fueron asesinados con una crueldad desmedida en una casa de Villisca, al suroeste de Iowa.

Esa noche, la familia Moore, compuesta por el matrimonio, Josiah y Sarah, de cuarenta y tres y treinta y nueve años, y sus hijos, Herman Montgomery, Mary Katherine, Arthur Boyd y Paul Vernon, de once, diez, siete y cinco años, había acudido a los oficios del Día del niño, coordinados por la mujer. Al finalizar, a las nueve y media, se dirigieron a casa junto a dos vecinas, las hermanas Lena Gertrude e Ina Mae Stillinger, de doce y ocho años, a las que había invitado a dormir la hija de los Moore.

Sobre las siete de la mañana, Mary Peckham, vecina de los Moore, acudió a casa de éstos al no verlos a esas horas, cuando era habitual que madrugaran para llevar a cabo las tareas, como soltar a las gallinas. Lo más extraño para ella fue encontrarse con todas las ventanas cubiertas por cortinas y telas. No consiguió abrir la puerta, por lo que llamó al hermano de Josiah, quien usó su propia llave para entrar en la vivienda. Lo primero con lo que se encontró fue con los cadáveres de Ina y Lena, en las camas del cuarto de invitados: tenían la cabeza destrozada a golpes, y Lena mostraba cortes en un brazo, una posible herida defensiva; su camisón había sido levantado hasta la cintura, y carecía de ropa anterior. Un más que probable abuso sexual, pero no mostraba lesiones de este tipo.

El oficial de paz, Hank Norton, que se personó en la escena, continuó el recorrido por la vivienda. Los cadáveres de los hijos de los Moore permanecían en sus camas, con heridas de golpes (entre veinte y treinta) en la cabeza, como si los hubiesen atacado mientras dormían. El matrimonio yacía igual en el dormitorio principal, pero en el rostro de Josiah se habían ensañado más, hasta el punto de destrozar los ojos. Sólo con él habían empleado el filo de un hacha de su propiedad, encontrada en la misma estancia, limpia.

El crimen se había producido entre la medianoche y las cinco de la madrugada, según los médicos, y el asesino (o asesinos) pudo permanecer escondido en el desván, por un par de colillas dejadas en el lugar.

Varios fueron los sospechosos, desde un enemigo personal de Josiah, Frank Fernando Jones, al que le había arrebatado sus negocios, al reverendo pedófilo Lyn George Jackson Kelley, y dos asesinos seriales que tenían el hacha como arma habitual de sus crímenes, William “Blackie” Mansfield y Henry Lee Moore.

Fuese quien fuese el artífice (o artífices) de los crímenes de Nueva Orleans y Villisca, jamás fue descubierto.

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El Hombre del Hacha (1ª parte)

Veintidós de mayo de 1918, residencia de los Maggio, esquina de Upperline Street y Magnolia Street. El matrimonio, compuesto por Joseph y Catherine Maggio, descansa en su dormitorio, una de las habitaciones que forman parte de ese edificio, que, a la vez de vivienda, cumple las funciones de tienda de comestibles y bar. En algún momento de la noche, un intruso accede a la casa, empuñando una navaja de afeitar y un hacha que pertenece al propio Joseph. Éste recibe un primer golpe en la cabeza, asestado con el arma, para, a continuación, ser degollado, como su esposa. La hoja del hacha continúa su trabajo, destrozando el cráneo de ambos.

Dos horas más tarde, los hermanos de Joseph, Jake y Andrew, que viven en el mismo edificio, acceden al dormitorio de la pareja, al no saber de ellos y escuchar un sonido extraño y apagado. Entonces es cuando descubren los cuerpos del matrimonio Maggio: la mujer, con un corte tan profundo que casi la ha decapitado, mientras el hombre, sorprendentemente, a pesar de las graves heridas, permanece con vida.

Primer sospechoso

Antes de que la policía llegara al domicilio, Joseph Maggio fallecía junto al cadáver de Catherine. La policía investigó el escenario, que no mostraba signos de robo, aunque habían accedido a la vivienda por una puerta trasera a la que le habían extraído minuciosamente un panel con la ayuda de un cincel de madera, que se dejó en el lugar. Hallaron en el cuarto de baño las prendas ensangrentadas del asesino, que debió limpiarse y mudarse de ropa tras el crimen, y el hacha empleada. En el exterior, se encontró un escrito hecho con tiza en una pared, sin sentido, que decía “Señora Maggio se sentará esta noche al igual que la señora Toney”. En el césped de la casa vecina, se encontraba la navaja con la que le habían cortado el cuello.

Andrew Maggio fue detenido como sospechoso porque la navaja había sido de su propiedad, según Esteban Torre, un empleado de éste, que trabajaba en la barbería de su propiedad, que tenía en Camp Street. Al parecer, un par de días antes, había decidido deshacerse de ésta porque tenía la cuchilla defectuosa. Además, la policía encontró extraño que, estando en casa en el momento del crimen, no hubiera escuchado nada, a lo que él respondió que venía borracho tras una celebración, ya que al día siguiente se iba a enrolar en la Armada.

Fue absuelto.

Un nuevo ataque

Un mes más tarde, el veintisiete de junio, el asesino volvió a actuar. En esta ocasión, en la tienda de comestibles del polaco Louis Besumer, en la esquina de Dorgenois Street y Laharpe Steet. De madrugada, mientras dormía con su amante, Harriet Lowe, en una de las habitaciones traseras, de madrugada, fue asaltado por un hombre que se había apoderado de su hacha. Recibió un fuerte golpe en la sien derecha; ella, otro en la oreja izquierda, que le paralizaría el rostro.

A eso de las siete de la mañana, llegó el reparto del pan de Johan Zanca, que, al no encontrar ninguna puerta abierta, fuerza una para poder entrar. En el interior, inconscientes, con las caras bañadas en sangre, yace la pareja, que es trasladada al hospital. Como en el caso anterior, el hacha se encontró en el baño, y el intruso que los había agredido había accedido a través de un panel extraído a la puerta trasera.

En esta ocasión, el detenido como sospechoso fue un antiguo empleado de Besumer, el afroamericano, de cuarenta y un años, Lewis Oubicon, reforzado por una mala coartada y por la acusación de la mujer, que dijo que un mulato los había atacado, pero fue absuelto al no encontrarse pruebas contra él.

Investigando la vivienda, se encontró una serie de correspondencia en alemán, yiddish y ruso, perteneciente a Besumer, lo que hizo que las autoridades lo vigilaran de cerca al considerarlo un posible espía alemán. Además, fue detenido en agosto de 1918, al ser inculpado del ataque por Harriet, quien moriría en el Hospital de la Caridad el día cinco de ese mes por producirse un fallo durante la intervención quirúrgica para reconstruirle el rostro.

Besumer pasó nueve meses en prisión, hasta ser absuelto el uno de mayo de 1918.

Una figura oscura

El mismo día en el que fallecería Harriet Lowe, otro ataque se producía en Emira Street. Pasada la medianoche, Edward Schneider llegaba a casa del trabajo. Al entrar al dormitorio, quedó paralizado: su esposa, Anna Schneider, de veintiocho años, y embarazada de ocho meses, permanecía sobre la cama ensangrentada, con parte del cuero cabelludo arrancado, y varios golpes en la cabeza.

Al recuperar la consciencia, ya en el hospital, indicó que no recordaba gran cosa, excepto a una figura alta y oscura que estaba de pie sobre la cama, y que fue la que lo golpeó. Pero, a diferencia de casos anteriores, utilizó como herramienta del crimen una lámpara.

Dos días más tarde, dio a luz a una niña totalmente sana, y, como sospechoso, se detuvo a un ex convicto, de nombre James Gleason.

Histeria colectiva

El último crimen del año 1918 se produjo el ocho de agosto, cuando Pauline y Mary Romano acudieron a la habitación de su tío, Joseph Romano, tras escuchar una serie de ruidos que las había despertado. La cabeza del anciano, que vivía con ellas, mostraba dos heridas abiertas, de donde manaba la sangre de forma descontrolada. Lograron ver, según dieron testimonio a la policía, justo en el instante en el que huía, a un hombre corpulento, traje negro, piel oscura, con el rostro medio cubierto por el ala del sombrero.

Como en una estrategia de distracción, la casa había sido revuelta, pero nada fue sustraído del interior. El hacha empleada se abandonó en el patio trasero, en donde extrajeron el panel de la puerta para poder entrar, usando un cincel de madera.

Joseph pudo, a pesar de las heridas, llegar hasta la ambulancia por su propio pie, pero fallecería a los dos días en el hospital.

No fue hasta entonces que la histeria estalló en Nueva Orleans. La gente se atrincheraba en casa, haciendo turnos armados, para proteger a las familias, se hacían denuncias sobre posibles sospechosos, y se podía ver a aquel hombre empuñando el hacha en cualquier esquina, basándose en centenares de testimonios de dudosa fiabilidad.

Nuevo año, nuevo crimen

Tras unos meses de paz, en donde la población se relajó al creer que el asesino, al que la prensa había bautizado como “El Hombre del Hacha”, se había esfumado, bien por haber abandonado la ciudad, por haber sido detenido o, para mayor suerte, haber fallecido, se produjo un nuevo asesinato, en esta ocasión, en Gretna, Lousiana, unos suburbios al otro lado del Mississipi, mucho más brutal que cualquiera de los anteriores, al ser la víctima un bebé.

El diez de marzo de 1919, el tendero Iorlando Jordano había acudido a casa de la familia Cortimiglia, en la esquina de Jefferson Avenue y Second Street, tras escuchar gritos provenientes de ésta, en plena noche. En la entrada, herida y desgarrada por el dolor, Rosie Cortimiglia sostenía a su hija muerta en brazos, asesinada a golpes de hacha. Charles, el marido, también herido por el atacante, permanecía en el suelo inconsciente. El procedimiento había sido el mismo que en los crímenes anteriores.

Trasladados al Hospital de la Caridad, ella culpó del ataque a Jordano y al hijo de éste, Frank, de dieciocho años. Fueron arrestados y condenados, a cadena perpetua el padre, y a ser ahorcado el hijo, a pesar de que era poco probable que ellos hubieran cometido el crimen: Iorlando tenía sesenta y nueve años y problemas de salud, que le hubieran impedido causar tales daños, y Frank era demasiado grande como para colarse por el hueco abierto en la puerta trasera. Pero el asesinato de la niña era imperdonable, y nubló el juicio del jurado.

Charles Cortimiglia hizo lo posible para evitar la detención y el juicio, exonerándolos de toda culpa, y esto desembocó en que se divorciara de su esposa por calumniar contra unos vecinos inocentes que sólo habían querido ayudar. Finalmente, fueron puestos en libertad cuando la mujer confesó haber mentido, guiada sólo por el odio y los celos hacia la familia Jordano.

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¿Miedo? Sí, gracias

El camino es tortuoso, una combinación de sombras que se arrastran y mutan en pos de ella. El miedo la está fatigando. Apenas queda fuerza en sus piernas para seguir corriendo, y la última dosis de adrenalina que ha segregado su cuerpo se ha perdido por el pantalón, humedecido por la orina. Mira hacia atrás. Los jadeos la siguen, y la atraparán en pocos segundos. Pero no ve la mano que espera ante ella para cerrarse en su garganta.

¡Mierda! Son las dos de la madrugada, y sólo te quedan cuatro horas para levantarte de la cama e ir a trabajar. Pero el capítulo se ha acabado aquí, y te pica la curiosidad por si matan a la chica. Pero tienes que dormir. Apagas la luz, y comienza tu propia historia de miedo. Los crujidos de la casa se acrecientan, la oscuridad del dormitorio cobra vida, y te parece que una silueta pasa fugaz ante la escasa luminosidad que se filtra a través de las ranuras de la persiana. Te cubres la cabeza con la sábana como si fuese la armadura más poderosa del mundo, pero entonces recuerdas que aquel fantasma de la película “The Grudge” espera bajo éstas para arrastrarte en cualquier momento a las profundidades de su mundo espectral. Aún así, tanto si has conseguido dormirte como si no, al día siguiente volverás a engancharte a esa novela para saber qué le sucede a la protagonista.

Todos somos así, a pesar de que algunos lo nieguen. El miedo, la tensión, en un estado controlado, nos hace sentir bien, ya sea con una novela, una película, una atracción o practicando algún deporte de riesgo, y tiene una explicación química. Por ejemplo, nos metemos en el papel de la chica antes mencionada, tratamos de visualizar lo que le está ocurriendo o, peor, lo que seguramente le sucederá. Entonces, en lo más recóndito de nuestro cerebro, en una pequeña piececita llamada amígdala, recibimos una oleada de sangre por esta reacción angustiante, como modo de alerta. A su vez, entra en acción la corteza prefrontal, que valora el ambiente, avisándonos que todo es ficticio, lo que provoca una auténtica sensación de placer, como un orgasmo (bueno, no tan exagerado).

Pero hablando de la gente que niega que, a veces, les guste pasar miedo, podemos encontrar a aquellos que aseguran que jamás leen terror, que lo consideran un género mundano y sin talento. “Lectura para mindundis y fracasados con aspiraciones”, me llegaron a decir en una ocasión. Lo gracioso es ver que entre los grandes clásicos que lucen con orgullo en sus estanterías, puedes encontrar obras de Poe y, en algunos casos, de Lovecraft. “Son autores universales”, utilizan como justificación, pero resulta que, para ellos, no es terror. Me gustaría ver cómo reaccionarían si fueran enterrados vivos, tuvieran que sobrevivir al ataque de unas ratas hambrientas, o a un ser venido del espacio exterior con no muy buenas intenciones. Si para ellos eso no es terror, ya me dirán qué lo es (y la crisis no me sirve). Y, peor aún, si se les diera la oportunidad de vivir cien o doscientos años más, me jugaría un brazo a que entre su nueva colección de clásicos se encontraría alguna obra de Stephen King.

“Es un autor universal”.

Lo curioso de todo esto es que el terror vende, pero no tanto el nacional. Mientras en otros países publican a autores autóctonos, en España todavía se apuesta más por los extranjeros. ¿Significa eso que no existe la calidad suficiente en nuestro país como para tener que recurrir a otros? Rotundamente, no. Hay autores muy buenos, textos magníficos, pero falta que las editoriales se atrevan a apostar un poco más. 

Digan lo que digan, esté bien visto o no, seguiré siendo amante del terror, leyendo con mi fiel lámpara una buena historia durante la noche, aquella que consiga que, por un solo instante, levante la mirada por encima del libro para buscar un fantasma que, sólo en mi mente, me estará observando.

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Psicopatía 7.0

Estamos condenados a un proceso involutivo alarmante. Muchos se sorprenderán al leer esta afirmación, y argumentarán una teoría que la derrumbe basándose en cómo han mejorado nuestras vidas gracias al avance científico y tecnológico, cuando, precisamente, este último es la pala que cava nuestra propia fosa.

Y es que aunque sea innegable que internet ha permitido reencontrarse con familiares y amistades que parecían perdidos para siempre, facilitar el trabajo y las compras, etc, el hecho de que podamos tener poder de conexión en nuestras manos gracias a los teléfonos móviles nos ha alelado emocionalmente: cenas en donde no se cruzan (apenas) miradas ni palabras, conversaciones mudas a golpe de teclado, emociones simuladas con emojis  y  gifs, y citas para ligar en chats y ante webcams… Cosas inimaginables dos o tres décadas atrás, cuando teníamos los pies alejados del precipicio digital.

Pero, sin duda, para lo que ha sido terriblemente útil es como método para desenmascarar. Permíteme que me explique: una de las principales características de nuestra especie es la de la mimetizarse para adaptarnos y sobrevivir. Tendemos a imitar conductas para poder encajar, aunque sean totalmente opuestas a nuestras creencias y sentimientos. Por ello, personas que pueden mostrarse educadas o tímidas de una forma presencial, como usuarios de internet, escudados por una pantalla, exponen su auténtica esencia, en más ocasiones de las que nos gustaría hallar, y es bastante desagradable. Carentes de empatía y dominados por un egocentrismo que ha permanecido oculto, cabalgan por la Red como neo-jinetes apocalípticos deseosos de aportar su simiente dañina, sembrando, en mayor o menor medida, el caos.

Te pondré un ejemplo personal: a finales de 2011, publiqué una novela de terror, que serviría como inicio para adentrarme en el mundo editorial, a nivel más profesional, y decidí publicar el primer capítulo en mi página web para que lo pudieran leer aquellos que quisiesen y, a ser posible, despertar su interés. A las pocas horas, recibí la opinión de alguien a quien consideraba un amigo. Sabía que era bastante pedante, hasta el punto de que se había dedicado a diseccionar, frase a frase, la obra de autores reconocidos para criticarla públicamente y poder demostrar que no eran tan buenos escritores como querían vender editores y medios de comunicación. Así que podéis imaginar qué hizo con esas pocas páginas que subí: las vapuleó sin compasión, sin opiniones constructivas. En pocos minutos, otros internautas, que se asomaron a la web, tildaron a esta persona de vanidosa y de poco objetiva su valoración del texto. Como no quería polémicas, eliminé todos los comentarios, y ahí encendí la mecha: creó su propia campaña de desprestigio contra mí en Facebook, que en aquella época estaba en plena efervescencia, porque “no le dejaba opinar libremente”. Me llamó fascista, inculto, y un buen número de bellos apelativos, contando abiertamente que no encontraba correcto que yo pudiese publicar y él no, y menos aún que pudiese tener agente literaria. Al final, en menos de veinticuatro horas, al no recibir el apoyo que esperaba, eliminó todos sus comentarios y no volvió a dirigirme la palabra.

Como se suele decir en casos en que el monstruo que habita en nosotros decide asomar el rostro, “parecía una bellísima persona”.

Da igual que sea en asuntos culturales, políticos o del día a día: el problema en las redes sociales radica en la búsqueda del like fácil, del aplauso virtual, y eso hace que muchos crean tener la potestad para hacer lo que les plazca, sin tener en cuenta las consecuencias. Rondan por internet como meteoritos descontrolados que, tarde o temprano, impactarán, causando daños irreparables. Después, los que intentan mantener una imagen inmaculada, publicarán un post, un vídeo o un audio recitando el mea culpa, carentes de remordimientos e intentando desviar la realidad del daño, para convertirse de agresores a víctimas.

Los conocidos trolls, ahora denominados haters, porque parece sonar mejor este término, mutan dependiendo de los gustos, las tendencias y a quién se debe de atacar. Los clásicos matones/abusones de colegio ya no necesitan contener su ansia hasta llegar a las aulas para continuar martirizando a sus compañeros, cuando pueden hacerlo por WhatsappTwitter o YouTube, compartiendo vídeos bochornosos de sus víctimas, mofándose, insultando y amenazando, dejando una huella indeleble; los humoristas del mal gusto se burlan de colectivos abiertamente, una y otra vez, a pesar de no despertar simpatía ni carcajada alguna; los “culturetas” tildan de analfabetos a aquellos que no leen las obras que recomiendan, soltando una perorata ininteligible y fuera de lugar que, en caso de poder analizarla, no deja de ser una “panochada” sin sentido que ni ellos comprenden… Y así podríamos seguir hablando sobre este tipo de personajes dañinos, que se multiplican a una velocidad alarmante, como gremlins en el agua.

Tal vez seas afortunado y jamás tengas la mala suerte de toparte con estos psicópatas digitales, pero hay otro perfil que puede ser igual de dañiño: el cotilla. Aquí entran todos aquellos que, aunque critican que hagamos pública nuestras vidas (o parte de éstas) en internet, tienen cuentas en las redes sociales para “chafardear” a aquellos a los que critican, sin interactuar jamás con un “me gusta” o un comentario. Sin embargo, corren, móvil en mano, a padres, parejas, hermanos y otros familiares, o amigos de éstos, para soltarles un «¿Has visto qué hace tu (llamémosle X)? Mira qué fresco en la playa, en tanga. Un poco desvergonzado, ¿no?». «¡Uy, uy, uy, X está desenfrenada! ¿Encuentras normal que se vaya a cenar por ahí y se “arrambe” tanto a los demás?». «¿X no estaba tan mal de pasta? ¡Pues mira cómo despilfarra, yéndose de vacaciones!».

La solución sencilla para evitar esto sería directamente no estar presente en internet, pero en nuestra sociedad se convierte en algo bastante complicado. Así que mi consejo, ante este tipo de situaciones, es sencillo: si al final te topas con uno de estos individuos, bórralo, bloquéalo, y si la cosa no se soluciona, la opción más recomendada es la denuncia ante las autoridades.