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El diablo vuelve a las andadas (2ª parte)

El cinco de marzo de 2009, el diablo volvió a presentarse en Devon, más en concreto en Woolsery, al norte del condado. Allí, Jill Wade, de setenta y seis años, se despertó y se quedó sin palabras al encontrar una serie de huellas de pezuñas en el patio trasero de su casa, en el que había nevado durante la noche. Eran de unos doce centímetros de largo, con una zancada de entre veintisiete y cuarenta y tres centímetros entre sí. Estas se iniciaban desde una de las ventanas, e iba hacia el interior del patio, desapareciendo a partir de ahí.

Al lugar acudió el investigador Graham Inglis, del Centro de Zoología Fortean, quien encontró una semejanza con las que surgieron en 1855. Su conclusión fue: «Es la primera vez que veo estas huellas directamente. Son peculiares, pero no son del demonio. No creo que haya estado en Woolsey. Personalmente, creo que pertenecen a un conejo o liebre, pero ha comenzado una pelea académica al respecto».

Otras pisadas del diablo en el mundo

Quince años antes de lo ocurrido en Devon, el capitán Sir James Ross se encontraba de expedición por el Océano Índico para catalogar la vida animal y vegetal de la isla Grande Terre. Durante el trayecto, hicieron una parada en otra isla, llamada Kerguelén, o, comúnmente, Îles de la Dessolation, un paraje pedregoso y con líquenes y musgo como única vegetación. Los animales presentes eran pájaros, insectos, focas y pingüinos marinos, que accedían y abandonaban el lugar a su antojo, mientras otros, como gatos, ovejas y conejos salvajes, habían llegado bien por naufragio o porque habían sido abandonados por los dueños de barcos que se acercaban hasta allí. El teniente Bird, con un destacamento a su orden, se adentró en la isla para hacer un rápido estudio. Allí, entre la nieve, encontró una hilera de huellas de cascos, desapareciendo en una zona rocosa, pero era imposible que un caballo, poni o burro sobreviviera en aquellas condiciones. Se marcharon sin una explicación.

A finales de siglo XVIII, las llamadas Ciampate del Diavolo recorrieron la superficie del volcán Roccamonfina, en Italia. Son una serie de huellas fosilizadas que hoy en día aún se conservan sobre el terreno. Los lugareños las atribuyeron al diablo, que habría abandonado el infierno por la boca del volcán. Según investigaciones, tendrían una antigüedad superior a los trescientos cincuenta mil años, y pertenecerían a un homínido, convirtiéndose en una de las huellas humanas más antiguas conservadas.

Una imagen de las Ciampate del Diavolo

En North Manchester Meeting House, en Maine, Estados Unidos, hay una roca presente desde 1793, que preserva dos huellas: un pie humano y una pezuña. La leyenda cuenta que un trabajador del lugar, al no lograr mover ésta, pactó con el diablo para que lo hiciera por él. Al día siguiente, la roca se había desplazado unos metros, y mostraba estas dos huellas.

El diez de enero de 1945, cerca de Everberg, Bélgica, nuevas huellas de pezuñas bípedas sembraron la nieve de una colina, detrás del Château de Morveau. La diferencia de éstas, a las vistas con anterioridad, es que eran paralelas entre sí, como si el que las hubiese provocado lo hubiera hecho saltando. Recorrían varios kilómetros, por parajes complicados de transitar, y no eran profundas, ni en los lugares en donde un cuerpo normal se hubiera hundido en la nieve. Eric Frank Russell, encargado de investigarlas, las comparó con las dejadas en 1855 en Inglaterra.

Un encontronazo en la noche

En noviembre de 2007, una pareja conducía por una senda rural en Soreham-by-Sea, en West Sussex. Eran las diez de la noche cuando, en un tramo boscoso, se percataron de que, entre la maleza, se ocultaba lo que parecía un animal. Al principio, pensaron que se trataba de un ciervo, hasta que salió a la luz de los faros una criatura de aspecto humano, terriblemente delgada, con barba y patas de carnero, que se plantó ante el vehículo. Antes de desparecer de nuevo en el bosque, lanzó al vehículo un bramido que aterró a la pareja. ¿Sería un ser como este, similar a un fauno, el que paseó por el norte de Inglaterra unas noches, en el febrero de 1855?

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Las huellas del diablo

“Parece que la noche del jueves pasado, hubo una fuerte nevada en el vecindario de Exeter y el sur de Devon. A la mañana siguiente, los habitantes de las ciudades mencionadas se sorprendieron al descubrir las huellas de algún extraño y misterioso animal dotado con el poder de ubicuidad, ya que las huellas se podían ver en todo tipo de lugares inexplicables: en la parte superior de las casas y las paredes estrechas, en los jardines y patios, encerrados por altos muros y pavimentos, así como en campos abiertos”.

El nueve de febrero de 1855, este titular de prensa llamó la atención entre muchos los vecinos de los condados de Devon y Dorset, al sur de Inglaterra. Esa misma noche, tras una fuerte nevada, se produjeron una serie de huellas en la nieve, de cascos o pezuñas de animal, nada fuera de lo común, si no hubiese sido porque parecían provocadas por un bípedo y no por un cuadrúpedo, y porque aparecían en los lugares más insospechados, desde paredes altas y tejados de viviendas, la superficie de lagos y ríos helados, hasta accediendo y saliendo a pequeñas tuberías de desagüe, algo imposible para lo que había dejado dichas pisadas. Lo más aterrador, según algunos testigos, era que mientras, en ocasiones, el rumbo de aquel ser era errático, en otras se dirigía directamente a la entrada de las casas, como si quisiera acceder a éstas, y desaparecían para continuar en el tejado o al otro lado del edificio.

¿Obra del diablo?

Directamente, muchos de los habitantes de los dos condados atribuyeron las huellas a un ser sobrenatural, ya que era impensable que, en especial con aquel temporal, un animal pudiese haber recorrido un trayecto de entre sesenta y ciento sesenta kilómetros, dejando su marca en treinta lugares diferentes, y por zonas de difícil trayecto. De ahí que se dijera que, para horror de todos, el diablo había merodeado por sus tierras, a saber con qué motivo, y prolongó su paso durante una o dos noches más. En ciertas versiones, para intensificar la presencia demoníaca, se contaba que las huellas se presentaban como si hubiesen sido hechas por una herradura candente, que había chamuscado el terreno.

Se llegó a decir que, por el estilo de la pisada, podía pertenecer a Buer, un demonio mencionado en el grimorio “Ars Goetia”, considerado presidente de la segunda orden de los infiernos. Éste, además de poseer cabeza de león, tendría alrededor de su cuerpo una rueda compuesta por cinco patas de cabra.

Relatando lo ocurrido

Una carta de un anónimo, que utilizó el seudónimo “Espectador”, fue enviada al diario “Exeter & Plymouth Gazette”, días más tarde del incidente, para divulgar lo ocurrido:

“Señor:

El jueves por la noche, el ocho de febrero, estuvo marcado por una fuerte caída de nieve, seguida por la lluvia y el fuerte viento del este, y por la mañana helada. El regreso de la luz del día reveló las divagaciones de un animal más ocupado y misterioso, dotado del poder de la ubicuidad, ya que sus huellas podían verse en todo tipo de lugares inexplicables: en las casas, muros estrechos, en jardines y patios rodeados de muros altos, y empalizadas, así como en los campos abiertos. La criatura parece haber retozado a través de Exmouth, Littleham, Lympstone, Woodbury, Topsham, Starcross, Teignmouth… Apenas hay un jardín en Lympstone donde sus huellas no sean observables, y en esta parroquia parece haber brincado una actividad inexpresable (…).

Su pista se parece más a la de un bípedo que a un cuadrúpedo, y los pasos son generalmente de ocho pulgadas (20,32 centímetros) por adelantado el uno del otro, aunque en algunos casos, doce o catorce (30,48, y 35,56), y se alternan como los pasos de un hombre, y se incluirían entre dos líneas paralelas, a seis pulgadas (15,24) de distancia. La impresión del pie se asemeja mucho a la del casco de un burro, y desde una pulgada y media (3,81 centímetros) hasta dos pulgadas y media (6,35 centímetros) de ancho, aquí y allá aparece como si el pie estuviera hendido, pero en la generalidad de sus pasos, la impresión de la pezuña era perfecta y continua. En el centro, la nieve permanece entera, mostrando simplemente la costra externa del pie, que, por lo tanto, debe haber sido convexa (…).

Todos se preguntan, pero nadie es capaz de explicar el misterio; los pobres están llenos de superstición, y consideran que es poco menos que una visita del viejo Satanás o de algunos de sus diablillos”.

Teorías antidemonios

Tantos fueron los testigos de las huellas que la historia fue perdiendo credibilidad, ya que se encontró que algunas de éstas fueron creadas por algunos de ellos, con diversas finalidades, como asustar a ciertos vecinos indeseados, como opinó Mike Dash en un artículo, publicado en 1994, para “Fortean Studies”, titulado “The Devil´s Hoofmarks: source material in Great Devon Mystery of 1855”, y quien se decantó porque muchas de estas huellas podían haber sido dejadas por burros o caballos, y otras por ratones de madera, los cuales se desplazan dando saltos, y la huella que dejan las patas traseras, en arco, serían similares a las de herradura. Pero ni son tan grandes como para dejar huellas de ese tamaño, ni sobrevirían a un trayecto tan largo nevado, y mucho menos podrían acceder a tejados y paredes con tanta facilidad.

El novelista británico Geoffrey Edward West Household teorizaría sobre un globo experimental, una especie de prototipo meteorológico, que despegaría por error desde la base naval Devon Dockyard, pero que se mantuvo en secreto, dado los destrozos en viviendas e invernaderos al pasar por estos. Los grilletes en los extremos de las amarras, al tocar con la nieve, habrían dejado estas huellas, hasta que descendió en Honiton. Esta historia se la relató el mayor Carter, nieto de un trabajador de la base en aquella época. Lo incomprensible es que no se hubiese quedado atrapado en algún lugar, si las cuerdas iban colgando.

Tejones y canguros

Otra hipótesis fue publicada en “The Illustrated London News”, en julio de 1855, una carta del naturalista Sir Richard Owen, en donde exponía que el responsable (o responsables) podía ser un tejón, único plantígrado cuadrúpedo presente en la isla:

“El antepié y la pata trasera, comúnmente más o menos mezclados, pueden producir la apariencia de una línea de pasos individuales”.

Esta sería la explicación con la que estas huellas pareciesen hechas por un bípedo. Ante la duda de si el animal no estaría en proceso de hibernación, aclaró lo siguiente:

“El tejón duerme mucho en su refugio de invierno. Pero no hiberna de forma tan regular y completa como lo hace el oso en el clima más severo de Canadá (…). El tejón es nocturno, y sale ocasionalmente al final del invierno, cuando es presionado por el frío y el hambre; es un merodeador furtivo, y el más activo y perdurable en su búsqueda de comida”.

No fue la única carta con teorías animales enviada a “The Illustrated London News”. El reverendo GM Musgrave, de Withycombe Raleigh, mandó una en la que menciona a dos canguros que escaparon del recinto de un zoológico privado:

“En el transcurso de unos pocos días se hizo circular el informe de que un par de canguros escaparon de un zoológico privado (el del señor Fische, creo), en Sidmouth”.

Una historia que acabaría desmintiendo él mismo, con otra carta enviada al mismo diario, el tres de marzo de 1855:

“Encontré una oportunidad muy adecuada para mencionar a los canguros, en alusión al informe y luego al actual. Ciertamente, no puse mi fe en esa versión del misterio, pero el estado de la mente pública de los aldeanos, temiendo salir después de la puesta de sol, bajo la convicción de que esta era la obra del Diablo, hizo muy deseable que un giro debiera ser dado a una noción tan degradada y viciada. Y estaba agradecido de que un canguro sirviera para dispersar ideas tan despectivas”.

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«Ojalá vivas tiempos interesantes» (Maldiciones orientales, 2ª parte)

En la cultura china existen tres maldiciones principales, centradas en el daño social y en el nivel de vida, y que se definen con las frases que recita el que las lanza: «Ojalá vivas tiempos interesantes», «Sea que gente importante conozca bien tu nombre» y «Ojalá se cumplan tus deseos».

En la primera, el deseo de mal se centra en que la víctima padezca toda clase de desgracias relacionadas con crisis económicas, enfermedades, guerras…, todo lo que rompa la calma y el bienestar.

La segunda, es una llamada de atención a las autoridades, a la justicia, contra aquellos que han cometido actos ilegales, sin recibir castigo. La detención, el juicio y el castigo contra éstos sería la finalidad de esta maldición.

Y la tercera, es aquella en la que todo aquello que desee, que se ambicione, se vuelva en contra.

Cuidado con los baños

Dentro del folklore japonés, se menciona que algunos baños pueden estar malditos. En concreto, los aseos de los colegios, el tercero de la tercera planta, y, en especial, si están sucios. Aquí habitaría Hanako-san o Toire no Hanako-san(Hanako, la del inodoro), un yūrei con aspecto de niña, vestida con una falda roja, y el pelo corto y negro. Los alumnos suelen evitar este baño, e intentan tener todos lo más limpio posible para que no aparezca. Aun así, se cuenta que puede notarse su presencia tras la puerta sin necesidad de abrirla, y molestarla puede ser mortal. También se dice que, si se golpe tres veces la puerta y se pronuncia repetidas veces su nombre, esta responde con un «Sí, aquí estoy». Algunas versiones mencionan que esta voz es gutural, perteneciente a una criatura monstruosa tricéfala o a un demonio; en otras, como en Yokohama, aparece como una mano ensangrentada por el retrete para arrastrar a aquel que la invoque dando más de tres vueltas alrededor de éste.

Pero no es el único espíritu maldito que frecuenta los baños. En los públicos de mujeres, en el último de éstos, mientras se usa, si se escucha una voz femenina que dice «¿Papel rojo o papel azul?», no tienes escapatoria: Aka Manto (Capa Roja) viene a por ti. Se manifestarán dos rollos de papel de estos colores, y si se escoge el azul, cortará las piernas a su víctima; si es el rojo, la desollará lentamente. No responder equivaldrá a muerte, y dar una con un color diferente abrirá un agujero dimensional que conduce al más allá.

Brujos de Siquijor

La Isla de Fuego, o Siquijor, en Filipinas, es la tierra de los mangkukulam, mambabarang o mamalarang. Estos chamanes realizan un ritual, el paktol, durante siete días, a las doce, utilizando un cráneo humano y una fotografía del binarang (la futura víctima), recitando el conjuro, y enterrándola después.

Estos brujos y brujas crían enjambres de escarabajos carnívoros en canutos de bambú o botellas, alimentándolos con raíces de jengibre. Éstos acceden al interior de las víctimas por orificios corporales, como boca y oídos, generando infecciones y daños en los tejidos al alimentarse de ellos. En algunos casos, si la víctima muere y no es descubierta a tiempo, los insectos anidan en su interior hasta la puesta e incubación de huevos.

Maldiciones infantiles

Tailandia es un país muy supersticioso: las creencias tradicionales se entremezclan con una extensa colección de supersticiones ligadas con maldiciones y espíritus, profundamente arraigadas en todos los estratos sociales. Cosas simples, como cortarse el pelo en miércoles o escuchar el sonido de un geco, pueden traer mala suerte, y es muy habitual hacer consultas a adivinos o acudir a monjes budistas para que recomiende para que aconseje cuál es el mejor día para casarse. Pero, en ocasiones, parece que este tipo de creencias puede afectar a turistas que visitan la ciudad. Así le ocurrió a una pareja australiana, que compartió la experiencia de una posible maldición:

“Mi novio y yo acabamos de regresar de un viaje de diez días a Koh Samui y Phuket. El miércoles de la semana pasada estábamos comiendo en un restaurante al aire libre, en donde los vendedores ambulantes y los niños vendían flores y brazaletes, etc. Traje algunos que, obviamente, eran buenos para ellos, pero luego mi novio se inquietó cuando estábamos tratando de comer, siendo un poco grosero con ellos.

Querían vendernos flores, y mi novio los espantó. De todos modos, compré dos flores, y regresaron poco después. Mi novio los volvió a espantar. Entonces, uno de los niños corrió hacia él, lo miró a los ojos, respiró en sus manos ahuecadas y las colocó en el antebrazo de mi novio. Recuerdo que estaba preocupada en ese momento, pensando en si no se trataría de algún tipo de maldición.

De regreso, en Australia, ya hace cuatro días, el lunes por la noche mi novio comenzó a enfermarse gravemente. Anoche lo llevamos a la sala de emergencias, donde lo examinaron para detectar si se podía tratar de meningitis, hepatitis, etc. Los análisis de sangre preliminares estaban limpios y lo enviaron a casa. Tiene fiebre intensa, dolor de cabeza agudo y está muy pálido. Puedo notar su pulso palpitando en las venas y la cabeza.

¿Creéis que puede ser debido a una maldición? ¿Qué tengo que hacer? Leí que podríamos visitar a un monje budista”.

Las respuestas fueron de lo más variopintas, como la de alguien que decía ser tailandés y aconsejaba lo siguiente:

“Tienes que llevarlo de regreso a Tailandia lo antes posible. Las únicas personas que pueden ayudar en este caso son los monjes de Don Sak. Es importante que lo hagas la próxima semana o le sucederá algo terrible. Tenía un amigo que le había pasado lo mismo y, tras tres horas con el monje, estaba totalmente curado”.

U otras que daban rituales de qué hacer:

Compra algunas flores, limones y limas. Una buena mezcla de crisantemos será excelente:

Vierte todos los pétalos de siete flores (de diferentes colores) en un cubo de agua tibia o en la bañera. Exprime un poco de limón (la mitad) y echa un poco de cal en el agua.

Lava bien todo el cuerpo: la cabeza, la cara, la parte inferior de los pies y el cabello con esa mezcla de agua durante, al menos, diez o quince minutos. 

-Di algunas oraciones, como, por ejemplo, «Por favor, mal espíritu, vete…», si no eres practicante de ninguna religión. Debe de ser sincero y no bromear.

Luego, coloca todos los pétalos en un recipiente pequeño y tíralos a la basura.

Tomar una taza de té (cualquier tipo de hierba) con el desayuno.

Haz esto, por lo menos, durante tres días”.

Puedes conocer más sobre estas maldiciones en los ensayos de misterio «Anatomía de las casas encantadas«, «Descendiendo hasta el infierno» y «Espiritismo digital«, ambos publicados por Ediciones Luciérnaga.

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Maldiciones orientales

¿Puede existir un relato maldito capaz de causar la muerte por miedo en aquellos que lo han escuchado? No hay nada que lo pueda confirmar o desmentir, pero se menciona una narración de título “Gozu” (“Cabeza de Vaca”), la cual el gobierno nipón del siglo XVII obligó a destruir toda copia, repartiendo los pedazos por diversas zonas del país para que jamás pudiera recomponerse.

Fotograma de la versión cinematográfica sobre la leyenda «Gozu»

Esta medida fue tomada después de recibir el informe de la muerte de todos los habitantes de una aldea que, tras escuchar la historia de “Gozu”, fallecieron por el pánico días después.

No se conoce de qué trata este cuento, pero todo lo que se menciona al respecto parece formar parte de una leyenda urbana (atribuida al escritor y guionista Sakyo Komatsu), aunque, de vez en cuando, se dan reportes sobre posibles incidentes producidos por haber accedido a esta historia (de nuevo, sin datos que lo confirmen, excepto la rumorología). Es el caso de un profesor que, durante el trayecto en autocar a una excursión, para amenizar el camino, narra esta historia de terror (no se sabe de dónde la obtiene) a sus alumnos, quienes suplican para que se detenga. El vehículo se sale de la carretera, en donde todos los pasajeros son encontrados en un fuerte estado de shock.

El infierno de Tomino

Ilustración basada en «Tomino no Jigoku»

Si el contenido de “Gozu” es desconocido, existe un poema que no debe recitarse nunca en voz alta: “Tomino no Jigoku” (“El infierno de Tomino”), aparecido por primera vez en 1919, en el poemario “Sakin” (“Polvo de oro”), de Saijō Yaso, popular por sus escritos sombríos. Ganó popularidad en 1998, al incluirlo el escritor Inuhiko Yomota en el libro “Kokoro wa rōringusutōn no yōdesu” (“El corazón es como una piedra rodante”), acompañado de diversas ilustraciones escalofriantes, un relato sobre el viaje de un joven por una versión de infierno característico en la tradición budista.

Su hermana mayor vomitó sangre,

su hermana menor vomitó fuego,

y el lindo Tomino vomitó cuentas de vidrio.

Tomino cayó al infierno solo.

El infierno está envuelto en oscuridad,

e incluso las flores no crecen.

¿Es la persona con el látigo

la hermana mayor de Tomino?

Me pregunto de quién será ese látigo.

Golpea, golpea, sin golpear.

Un solo camino del infierno familiar.

¿Lo guiarías al oscuro infierno?

¿Hacia la oveja de oro? ¿Hacia el ruiseñor?

Me pregunto cuánto habrá puesto

en el bolsillo de cuero

para la preparación del viaje

por el infierno familiar.

La primavera llega incluso en el bosque y el vapor.

Incluso en el vapor del oscuro infierno.

El ruiseñor en la jaula, la oveja en el carro.

Lágrimas en los ojos del lindo Tomino.

Llora, ruiseñor, por el bosque lluvioso.

Sus gritos de que ha perdido

a su pequeña hermana.

El llanto reverberó por todo el infierno.

Los pimpollos de peonias haciendo círculos

en torno a las siete montañas

y a las siete corrientes del infierno.

El viaje solitario del lindo Tomino.

Si están en el infierno, tráemelos.

La aguja de las tumbas,

no voy a perforarlos con la aguja roja.

En el hito del pequeño Tomino.

Todo parece que no es más que una leyenda urbana surgida en internet, pues es donde se viraliza, pero ahí es donde aparecen posibles testigos que sufrieron los efectos nocivos del poema: locura, muerte, enfermedad, etc.

Matrimonios caninos para evitar el mal de ojo

En algunas zonas de la India, es habitual “concertar” matrimonios entre chicas jóvenes y perros para evitar (o romper) el mal de ojo en éstas. Así le ocurrió a Mangli Munda, una muchacha de dieciocho años, en 2014: un gurú aseguró a la familia que era víctima de una maldición y que el único modo de que la prosperidad regresara a ella era este enlace matrimonial.

El padre se encargó de buscar a un perro callejero, de nombre Sheru, que pasó a convertirse en el marido de la chica, aunque ésta no estaba a favor. De esta manera, además de desaparecer el maleficio, le otorgaría longevidad y la posibilidad de casarse con un hombre, tiempo después.

La boda fue como la que se realizaría con otro humano, contando con setenta invitados.

La hora del buey

En la denominada “hora del Buey” (de la una a la tres de la madrugada), se realiza un maleficio de origen japonés: el Ushi no koru mairi (Visita al templo en la hora del Buey). Bajo un ritual milenario, se espera poder dañar a una persona en concreto y todo aquello que la rodea, o, en casos extremos, causar la muerte, mediante la invocación de un espíritu maligno que perseguirá a la víctima hasta cumplir su cometido.

Para ello, hay que acceder a un templo sintoísta, al ser necesario un shinboku (árbol sagrado). El responsable de la maldición tiene que ir ataviado con prendas que le den el aspecto de un yūrei (fantasma), por lo que vestirá un kimono blanco y un obi (faja de tela ancha), el rostro pintado del mismo color, además de una cinta en la cabeza con tres velas encendidas en la coronilla, aunque existen más variantes en la vestimenta.

Una vez encontrado el árbol, se clava un muñequito hecho con paja y que contenga algo de la víctima (uñas, pelo, una fotografía, etc) al tronco con siete gosunkugi (clavos largos de hierro) y un mazo de madera, dejando el último para hundirlo en la cabeza de éste. La tradición dice que, en caso de ser descubierto en pleno rito, hay que asesinar inmediatamente al testigo si no se quiere recibir la maldición.

La práctica de este ritual está penada por la ley japonesa.

Puedes conocer más sobre estas maldiciones en los ensayos de misterio «Anatomía de las casas encantadas«, «Descendiendo hasta el infierno» y «Espiritismo digital«, ambos publicados por Ediciones Luciérnaga.

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Mi primera vez…

Si has accedido a esta entrada para saber sobre mi primera experiencia sexual, siento decepcionarte, porque de lo que quiero hablarte es de mi primera vez viviendo el terror (ficticio, por supuesto 😁). Si has leído previamente alguna de las entrevistas que me han realizado o, simplemente, has clicado en la pestaña de «El fabricante», seguramente sabrás que este género fue la fuente que me sirvió y nutrió para ser quien soy como escritor.

Para ello, debemos remontarnos al otoño de 1984. Mi hermano Fernando, once años mayor que yo, estudiante en aquel entonces de Imagen y Sonido en el actual Institut Mare de Déu de la Mercè, en Barcelona, me llevó al cine junto a un primo nuestro, un poco mayor que él. Era la primera vez que pisaba una sala, e iba tan nervioso que no sabía qué me iba a encontrar. No me acuerdo bien si era el Cine Rex o el Dorado, pero sí recuerdo que era uno de la Gran Vía, que la cola que se había formado hasta llegar a la entrada se me hizo eterna, así como el ambiente cargado a tabaco que te recibía nada más llegar al hall, mezclado con el olor de las palomitas recién hechas (siempre este aroma me ha provocado una sensación de felicidad).

Tomé asiento entre mi hermano y mi primo, estirándome sobre la butaca de terciopelo rojo para poder ver un gran cortinaje por encima del reposacabezas delantero. ¿Qué podía esconder? Ni idea, pero mientras comía palomitas, observaba ir y venir a la gente que iba ocupando su localidad, con un eterno murmullo de infinidad de conversaciones que cada se iban amplificando más. Entonces, la cortina se abrió, separándose hacia los lados, dejando al descubierto una enorme pantalla que seguía sin saber para qué servía, y cuando las luces se apagaron, fue inevitable que diera un brinco y mirase a todas partes, sin entender qué ocurría. «Tranquilo», me dijo mi hermano, e hizo un gesto para que mirase hacia adelante.

Al poco, me quedé totalmente hipnotizado ante las imágenes que iban apareciendo, gracias a un haz de luces que podía distinguir por encima de mi cabeza, con una estela de partículas polvorientas circulando por este hasta la pantalla. A su vez, una voz en off acompañaba a un personaje que acababa descendiendo hasta un sótano que escondía una tienda china llena de curiosidades. Allí, el padre del que sería el protagonista de la historia, recibía una caja con una criaturita peluda a la que, para cuidarla adecuadamente, había que seguir tres normas sin excepción: evitar la luz del sol (o cualquiera lo suficientemente potente), ningún contacto con el agua, y nada de darle de comer pasada la medianoche.

Si con esto te ha venido a la cabeza la película «Gremlins», has acertado. Desde el instante en que vi a Mogwai, más conocido como Guizmo, no pude apartar los ojos de la pantalla, y, curiosamente, aún más cuando las mutaciones nacidas de éste, esos duendecillos verdes, gamberros y de apariencia terrorífica que dan nombre a la película, tomaron el protagonismo. En lugar de causar alguna sensación similar al miedo, provocaron en mí una fascinación que ha dejado mella hasta el día de hoy. Es cierto que hay escenas un tanto repugnantes, como la de la cocina, donde la madre de Billy Peltzer (interpretado por el actor Zach Galligan) debía enfrentarse a algunos de estos diablillos verdes, pero sólo pensaba que aquello parecía un festival de blandiblub. Y cuando llegó el momento en que todos los gremlins están disfrutando de la película «Blancanieves y los siete enanito» en una sala de cine, me sentí parte de ese grupo tan peculiar.

En aquella época, eran frecuentes las sesiones dobles, en las que podías ver dos películas seguidas, y tras ésta venía «Un, dos, tres… ¡splash!», una comedia romántica con Tom Hanks y Daryl Hanna como protagonistas. No aguantamos muchos minutos, porque sólo tenía ganas de llegar a casa y contar a mis padres, con todos los detalles que pude, lo que habíamos visto. Después, al día siguiente, me dediqué a hacer dibujos de los monstruillos… Lástima no conservar ninguno. Aunque, como podrás imaginar, no eran nada del otro mundo, en especial al ser hechos por un niño de cuatro años, habría estado bien comprobar la pasión que había puesto en este trabajo, la misma que le pondría después a cada uno de mis escritos, lo que intento seguir haciendo, con mayor o menor acierto.

Esa experiencia cinematográfica abrió un campo enorme ante mí, sin saber siquiera que podría ser para bien, para desarrollar mi creatividad. Por eso, un consejo que siempre doy es que no hay que dejar nunca de lado aquello que ha despertado un resplandor especial en nuestro interior, aunque esto no siga las modas ni las normas «de bien»; que jamás te impongan que un género «es menor», porque ¿quién es el dicta que uno es mejor que otro? Afortunadamente, todos tenemos decisión y gustos propios, y debemos disfrutar de, por y para ello. Yo lo hice, y lo sigo haciendo. Desde aquel otoño de 1984, nuevas películas de género fantástico fueron llegando, en pantalla grande y pequeña, como «Willow» unos años después o «Pesadilla en Elm Street», y lo que me sirvió como empujón definitivo fue el descubrimiento de la literatura de terror, con nueve años… pero eso ya te lo contaré otro día, como el momento en que me encontré con Joe Dante, director de «Gremlins», 30 años después de pisar aquella sala de cine.

Los sueños se cumplen. Sólo hay que saber encontrar el camino correcto, aunque no siempre tomamos el adecuado al principio. Soy un especialista en perderme, créeme; ya te darás cuenta de ello 😅

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Casas malditas en el celuloide

En septiembre de 2015, daba comienzo el rodaje de una de las películas de terror más esperadas de 2016: la secuela del título “Expediente Warren”, y del modo más polémico. New Line Cinema, productora de la misma, publicó en las redes sociales una fotografía en donde un sacerdote bendecía el set de rodaje y a sus participantes. Era el modo de asegurar un buen inicio alejado de posibles fenómenos paranormales, como había sucedido en el título original, y en su precuela “Annabelle”, en donde el director de ésta última, John R. Leonetti, afirmaba haber visto una huella demoníaca de tres dedos en la ventana de una de las habitaciones, o haberse registrado accidentes en el plató, como la caída de una lámpara en la cabeza de uno de los actores.

Fotografía del momento en el que un sacerdote bendice el set de rodaje «Expediente Warren: El caso Enfield»

Casualidad o no, la actriz Vera Farmiga, quien interpreta a Lorraine Warren en la pantalla, halló unas huellas en su ordenador portátil de origen desconocido mientras estudiaba el guión de “Expediente Warren: The conjuring”, y, más tarde, en una de sus piernas al despertar un día.

Todo esto parece, como dicen muchos, publicidad para la película, pero ¿cómo no actuar con cierto temor y cautela ante rodajes basados en hechos reales tan intensos, como el poltergeist de Enfield?

Lugares infectados

Shirley Jackson exponía en su obra “La maldición de Hill House” que algunas casas nacen malditas. Algunos rodajes, también. En especial, aquellos que parecen estar centrados en temas sobrenaturales, con entidades demoníacas de por medio o el mismísimo diablo. Y si además éstos están inspirados en casos reales, existe una predisposición (o predestinación, si se prefiere)­ a que los problemas surjan.

Así sucedió con “Expediente Warren: The conjuring”. La historia original se centraba en la familia Perron, un matrimonio con cinco hijas que, en la década de los 70, había comprado una antigua casa en el 1677 de Round Top Road, en Harrisville, Rhode Island. Desde el mismo instante en que se instalaron, entidades que campaban por cada recoveco de la casa se les presentaron (un alto número, al parecer. Hay que pensar que unas ocho generaciones habían vivido en aquel inmueble): algunos más activos, otros bastante sólidos, hasta el punto de poder interactuar con ellos, mientras otros parecían no prestarles ninguna atención, como si fuesen el resultado de una proyección cinematográfica. Todo bien al principio, hasta que los fenómenos se volvieron más violentos, teniendo que recurrir al matrimonio Warren, Ed y Lorraine, afamados investigadores de lo sobrenatural.

Una foto del siglo de XIX de la casa en la que vivió la familia Perron

Tras una de las sesiones espiritistas que allí se practicaron, una presencia maligna, realmente perversa, despertó, o destacó sobre las demás. Al parecer, se trataba del espíritu de una bruja, llamada Betsabé (Bathsheba en la película, como el personaje bíblico), conocida por la gente de la zona por sacrificar a un bebé en nombre del diablo y por ser artífice de varios asesinatos y suicidios aparentes, aunque no se pudo demostrar en su día, y que falleció en la finca de una extraña parálisis, ya anciana, en 1885. Un ente violento con fijación sobre Carolyn, la madre de la familia, a quien acosaba por las noches y que actuaba de un modo defensivo hacia la casa, al considerarse única dueña de ésta.

La película del director James Wan tiene, como espectro principal, a Bathsheba, a la que los Warren consiguen expulsar mediante un duro exorcismo, cosa que no lograron hacer en la realidad. Aunque, por cómo cuenta el equipo de rodaje, ésta pudo estar presente durante la filmación. Esta idea surge, independientemente de pequeños incidentes que padecieron y que pueden ser frecuentes en grabaciones de este tipo, donde la sugestión juega un papel importante, porque Betsabé pudo ir directamente a por Carolyn: toda la familia Perron, excepto ella, decidió acudir al set de rodaje, y la mujer sufrió un pequeño accidente, acabando en el hospital. Pero no quedó ahí la cosa: como si se hubiese sentido ofendida por cuál era el final que le esperaba en la película, el hotel en donde se alojaba el equipo se incendió, obligándolos a desalojarlo.

Edificios que se convierten en iconos

Los Perron abandonaron la casa en los 80, y los posteriores dueños, Norma Sutcliffe y Gerry Gelfrich, un matrimonio septuagenario, confirmaron ciertos fenómenos, pero nada tan intenso. El problema real acabó llegando después, y fuera de la casa: gracias al éxito de la película, las visitas de los curiosos eran frecuentes, hasta el punto en el que querían entrar en la vivienda e investigarla. Los siguientes propietarios, Jenn y Cory Heinzen, supieron explotar esto, desde que la adquirieron en 2019, alquilando la propiedad para poder realizar investigaciones paranormales en su interior, hasta que, recientemente, fue de nuevo vendida por más de un millón y medio de dólares.

El principal inconveniente, cuando las películas son capaces de adquirir la cualidad de icónicas y se ruedan en localizaciones reales, es que éstas puedan heredar la misma extraña fama. Ha sucedido, por ejemplo, con el edificio Cedimatexsa, en el número 34 de Rambla de Cataluña, Barcelona, en donde se rodaron dos (y el inicio de otra) de las cuatro partes de la saga de terror “REC”, y donde se sabe que la gente intenta colarse en busca del ático de la niña Medeiros. Pero uno de los más visitados (desde el exterior, claro) es el edificio Dakota, en Nueva York, conocido no sólo por el asesinato a sus puertas del cantante y compositor John Lennon, tiroteado por el fanático Mark David Chapman, sino por ser lugar de nacimiento del Anticristo en la película de Roman Polanski, “La semilla del diablo”. ¿Es posible que éste escogiera esta construcción, tan elegante como sombría, conociendo toda la oscura historia que aloja entre sus paredes?

Una de las fachadas del edificio Dakota

Construido en 1884, se podría decir que fue un capricho de Edward S. Clark, propietario de la compañía de máquinas de coser “Singer”, para la clase burguesa, un edificio exclusivo a las afueras, en aquella época, de Manhattan, una zona aún sin construir que lo convertía en un punto exclusivo, pero por poco tiempo, debido a la rápida expansión de la ciudad. Clark jamás llegó a habitar en el Dakota, pues falleció antes de concluir la construcción, pero eso no ha impedido que algunos inquilinos lo hayan visto en el sótano. Y no es la única presencia, además de la de John Lennon. Tal vez los responsables de esto fuesen el actor Boris Karloff o el mago negro Alesteir Crowley, antiguos habitantes y cuyas sesiones espiritistas eran muy renombradas, y efectivas. Puede que en una de éstas despertaran algo, como sucedió con los Warren en la casa de los Perron, o abrieron un portal, porque es a partir de los años sesenta cuando se conocen noticias de apariciones fantasmales, siendo la primera la de una niña pequeña, de ropajes antiguos y cabello rubio, así como pisos que parecían adquirir, por segundos, el aspecto de décadas pasadas, y pequeños fenómenos poltergeist.

Habitación 217

En ocasiones, un retiro en un hotel puede servir de inspiración para crear una de las mejores novelas de terror publicadas y, a su vez, ésta servir para forjar un clásico del cine.

Eso le sucedió al escritor Stephen King.

En 1973, el autor de best Sellers, como “Carrie” o “It”, y su esposa, Tabitha, se alojaron por una noche, la última de la temporada, en el hotel de montaña Stanley, en el Estes Park, Colorado. Eran los únicos huéspedes, así que King pudo recorrer los largos y laberínticos pasillos con total libertad, mientras su mente iba trazando el argumento para su futuro libro: “El resplandor”. En alguno de estos tramos, una de las leyendas narra que se encontró con el espectro de unos niños, y, en otra, que se encontró en medio, en aquella noche interminable, de una fiesta fantasmal, con huéspedes del pasado, en el salón de baile MacGregor. Pero lo que más pudo influir en la creación de la novela fue la habitación en la que se alojaba, la 217 (en el libro, pasa a ser la 237), en donde ruidos desconocidos, y alguna que otra presencia, no permitieron que descansara demasiado bien. Y es que ese dormitorio es el punto más caliente, con mayor actividad, y el más solicitado en las reservas.

El Stanley Hotel, al inicio del siglo XX

Poco después de la inauguración del Stanley Hotel en 1909, en el año 1911, una ama de casa, llamada Elizabeth Wilson, recibió, en la habitación 217, una descarga durante una tormenta eléctrica y, aunque ésta no la mató, parece que fue un factor más que probable de inicio para toda una serie de fenómenos que han seguido hasta el día de hoy.

La cosa no queda ahí: otras anomalías de difícil explicación afectan a varios dormitorios, como movimientos de objetos y alteraciones en el sistema eléctrico, y correteos sin dueño y risas infantiles en la cuarta planta.

Con el éxito de la novela y la película de Stanley Kubrick (una adaptación muy libre que desagradó a King), y una miniserie que sí fue rodada en el edificio original, el Stanley Hotel ha sabido explotar de un modo comercial su fama de embrujado. Desde fiestas temáticas a visitas guiadas por un investigador de lo sobrenatural y una psíquica en busca de fantasmas, a la reconversión en museo y plató cinematográfico.

Fotograma de la película «El resplandor»

Un palacete asturiano

En nuestro país también hay rodajes perturbadores. Un ejemplo es el de “La campana del Infierno”, filmada en 1973, una película cuyo argumento giraba en torno a una venganza familiar. Uno de los escenarios era la iglesia de San Martiño de Noia, en A Coruña, un edificio del siglo XV compuesto por dos torres, una de ellas inacabada, y con una leyenda sobre ésta: aquél que la complete, morirá de forma trágica. Y así fue: Claudio Guerín, el director, llenó este vacío arquitectónico con una construcción de cartón piedra, desde la que cayó en una de las tomas, muriendo minutos después. Juan Antonio Bardem tomó el relevo de la dirección. Otro ejemplo, este un tanto diferente, está “Los sin nombre”, en donde, según confirmó su director, Jaume Balagueró, en una entrevista para televisión, una figura que nadie vio durante una toma, que se filmaba en el Hospital del Tórax de Terrassa, se coló en ésta. Pero si hablamos de película sobre fantasmas, deberíamos trasladarnos hacia Llanes, en Asturias. Allí se levanta un palacio de estilo indiano, en donde se rodó parte de la ópera prima de J.A. Bayona, “El orfanato”.

Villa Parres, fechada en 1898, propiedad del filántropo José Parres Piñera, quien falleció un año después de la construcción, fue orfanato, hospital militar y, finalmente, escenario de varias películas, como “Mi nombre es sombra”, de Gonzalo Suárez, pero parece que es con la película de Bayona cuando los moradores de la casa decidieron destacar. Ruidos extraños que se colaban en las tomas de sonido, pasos que se escuchaban en pisos superiores cuando estaban vacíos, rostros fantasmales visibles tras las ventanas del torreón principal, inaccesible… aunque nada desagradable que llegara a turbar el trabajo del reparto y el equipo.

Jiko bukken

El cine oriental es prolífico en lo que se refiere a películas de fantasmas. ¿Quién no recuerda al espectro de Kayako descendiendo por la escalera en “Ju-on”, o a Sadako trepando por el pozo en “The ring”? Es sabido que muchos de estos rodajes inician con la bendición previa por parte de un monje o se rodean de amuletos y rituales para alejar la mala suerte, y no es de extrañar, si nos centramos en la mala fama que tienen muchos fantasmas, como los vengativos onryō y la huella que dejan en muchos inmuebles. De ahí que las inmobiliarias japonesas, para cubrirse las espaldas ante la alta demanda de viviendas, dispongan de los llamados jiko bukken (edificios suceso), en donde los precios pueden abaratarse hasta un cincuenta por ciento por la presencia de un yūrei.

Fotograma de la película «Ju on»

Muchos de los temas tratados en este artículo se tratan con mayor amplitud en los libros “Anatomía de las casas encantadas” y “Espiritismo digital”.

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¿Quién asesinó a la Dalia Negra? (2ª parte)

La policía, tras el hallazgo del cadáver de Elizabeth Short, se enfrascó en la búsqueda de posibles testigos que hubieran visto algo previo en la escena del crimen. Uno de estos fue Bob Meyer, vecino de la zona, que facilitó la descripción de un sedán negro, de la marca Ford, que había estado aparcado junto al descampado ese día, a eso de las seis de la mañana.

Como en muchos de estos casos, hubo falsos testimonios que buscaban la notoriedad y la atención de los medios, pero nada que fuera útil. Sobre qué hizo la chica días antes, tampoco hay demasiada información fiable. Dorothy French, una trabajadora del Teatro Azteca, en San Diego, explicó que había alojado a Short en su casa. La había encontrado dentro de la sala, durmiendo en una de las filas de asientos. Se apiadó de ella al saber que no tenía dónde dormir ni dinero, así que le permitió que durmiera en el sofá de su vivienda desde el ocho de diciembre hasta el nueve de enero, día en que ella se marchó. Durante su estancia, tanto Dorothy como su marido la habían escuchado hablar por teléfono sobre un hombre llamado Bob, y que éste podría ser un empresario de la zona, llamado Robert Manley. Asimismo, también mencionó la aparición, una de esas noches, de un coche negro ocupado por una mujer y dos hombres, y en donde un vecino aseguraba que ésta no era otra que Elizabeth Short.

Se dice que no se supo nada más de Short entre el día nueve y el quince de enero, momento de la aparición de su cadáver, pero no fue cierto. Aparecieron unos catorce testigos que la situaban en bares, locales nocturnos y hoteles, como el Biltmore, en donde pudo estar el último día de su vida, y que se encontraba en un estado deplorable, desaliñada, paranoica. La oficial Myrl Mcbride habló con ella dos veces durante la tarde del catorce de enero, narrando que Elizabeth le había explicado que un antiguo pretendiente la estaba persiguiendo, tras amenazarla de muerte. La vio por última vez en un bar del centro.

La prensa actúa

Para la prensa de Los Ángeles, el crimen de Elizabeth Short fue uno de los “grandes éxitos” del año, convirtiéndose en uno de los quince homicidios que se quedaron sin resolver en la ciudad, en 1947. El caso ocupó la portada de los diarios durante más de diez semanas, llamándolo el “asesinato del Hibisco Rojo”, “asesinato del Hombre Lobo” y “asesinato de la Gardenia Blanca”. Todo esto hasta que se le puso a Short el apodo de Dalia Negra (erróneamente atribuido al reportero Bevo Means). Este nombre se le dio en relación a una película estrenada el año anterior, dirigida por George Marshall, escrita por Raymond Chandler e interpretada por Verónica Lake, en la que una mujer muere asesinada, y porque era conocida por vestir habitualmente de negro y llevar el cabello teñido de este color.

Los medios que más se aprovecharon de la noticia fueron “The Examiner”, “Los Ángeles Herald-Express” y el “William Randolph Hearst”, al contar con privilegios por parte de la policía. En el caso de “The Examiner”, para incrementar el morbo, no tenían pudor alguno en modificar, o inventarse, información, u ocultar ésta a los agentes de la Ley. Para conocer la reacción que tendría Phoebe al saber de la muerte de su hija de primera mano, la llamaron para anunciarle que había ganado un concurso de belleza, pagándole un billete hasta Los Ángeles, donde le dieron la noticia. En el caso del padre, Cleo, ni se mostró afectado ni quiso saber nada sobre el destino del cadáver.

Esta mala prensa se encargó de especular los peores motivos que llevaron a Elizabeth Short a las manos de su asesino: desde que había participado en películas pornográficas o que practicaba la prostitución, a que era víctima de un amante al saber que era lesbiana, que estaba embarazada, o al descubrir que tenía una malformación genital, o que había sido ajusticiada por la multitud al ser considerada una aberración como persona.

Contacto con el asesino

El asesino, que se autodenominaría “Vengador de la Dalia Negra”, decidió contactar con “The Examiner”, vía telefónica, el veintitrés de enero, ante la falta de noticias relacionadas con el crimen. En un intento certero de avivar a la prensa, el día veinticuatro de ese mes envió a la redacción, para demostrar que él era el autor, fotografías, la tarjeta de la Seguridad Social y el certificado de nacimiento de Elizabeth Short, una agenda con la tapa grabada con el nombre Mark Hansen (pasaría a convertirse en uno de los sospechosos, en especial por sus negocios nocturnos), y una carta sellada ese mismo día, que contenía un mensaje escrito como un collage, con letras extraídas de revistas, en el que se podía leer: «¡Aquí! Pertenencias de la Dalia. Carta a seguir». El sobre de la misma había sido meticulosamente lavado con gasolina para eliminar toda huella existente.

Después de esto, el “Vengador” seguiría contactando con diversos diarios de Los Ángeles a través de cartas.

Sospechosos

Robert Manley, aquel de quien posiblemente hablaba Short en casa de Dorothy French, fue uno de los primeros sospechosos que pasaron a ser interrogados. Bajo los efectos del pentotal sódico (más conocido como “suero de la verdad”), conectado al polígrafo, relató que últimamente estaba muy extraña, temerosa. En la última ocasión que estuvo con la joven, ella anotaba todas las matrículas de los vehículos que veía a través del retrovisor de su coche. En ese último momento, la dejó en el hotel Biltmore, en el 506 de South Grand Avenue, en donde iba a tener una reunión.

Robert Manley

Otro sospechoso potencial fue Mark Hansen, nombre presente en el envío que hizo el asesino a “The Examiner” el veinticuatro de enero. Este era un empresario que regentaba un club nocturno, y alquilaba habitaciones a chicas para que llevaran a cabo sus espectáculos. Elizabeth vivió una temporada con él. No se pudo demostrar que estuviera relacionado con su asesinato, pero estuvo en el punto de mira hasta el año 1951.

Mark Hansen

El sargento Peter Vetcher también pasó a formar parte de esta lista (fueron unos cincuenta en total, incluyendo algunos que se autoinculpaban), en mayo de 1947. Todo fue por mandar una postal, firmada como Betty Short Vetcher, a John O,Neill, un amigo de la conocida, para fingir que existía una relación entre ambos.

Como apuntó el forense Newbarr, el trabajo podía ser obra de un médico cirujano. Por eso se buscó al culpable entre médicos que tuvieran alguna cercanía con la fallecida, como el doctor Walter Alonzo Bayley, acusado por el periodista Larry Harnisch, periodista de “Los Angeles Times”, y lo hizo al saber que éste tenía una hija que era amiga de una de las hermanas de Short, Virginia. Pero no pudo ser el asesino, ya que padecía encefalomalacia, un encogimiento del cerebro. No es el único que creía en su culpabilidad: el escritor James Ellroy también estaba convencido que era el artífice del crimen.

Cómo no, también existieron falsas acusaciones, con la intención de dañar a terceros. Así ocurrió con Leslie Dillon, que fue inculpado por un asistente forense de Florida, pero al demostrarse que todo era falso, fue demandado por éste.

Pero entre estos, el sospechoso más potencial fue George Hill Hodel, un afamado doctor que fue acusado, en 1949, de violar, acompañado por otro hombre y dos mujeres, a su hija adolescente, pero su poder social hizo que quedara absuelto. Dueño de la ostentosa Residencia Sowden, o Casa Tiburón, obra de Lloyd Wright, hijo de Frank Lloyd, diseñador de la Residencia Kaufmann, guardaba en ésta material pornográfico, así como el recibo de una compra de diez bolsas de cemento del mismo tipo que el saco presente junto al cuerpo de Short, y en 2013, tras una investigación policial al interior de la casa con perros especializados, se averiguó que allí se habían escondido restos humanos. Su hijo, Steve Hodel, un policía retirado de Los Ángeles, es autor del libro “Black Dahlia, Avenger: a genius for murder”, publicado en 2003, en donde aporta toda una serie de pistas que inculpan directamente a su padre.

El doctor George Hill Hodel
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El crimen de la Dalia Negra

Quince de enero de 1947. Las diez y media de la mañana, aproximadamente. Betty Bersinger, como todas las mañanas, da un paseo con su hija de tres años, a la que lleva en cochecito, por South Norton Avenue, perteneciente a los suburbios de Leimert Park, al suroeste de Los Ángeles.  Llega a un descampado situado entre Coliseum Street y 39 Street. En ese lugar debería de haberse alzado un edificio de pisos, pero la llegada de la II Guerra Mundial interrumpió su construcción. Entre la hierba alta, distingue una silueta humana blanquecina. Un enjambre de moscas zumba a su alrededor y sobre ésta. Se acerca a ver, curiosa, convencida de que es un maniquí, en especial por la disposición en la que se encuentra, separada por la mitad por la zona de la cintura.

El cadáver de una mujer joven, terriblemente mutilada, es lo que allí le aguarda, con una sonrisa cortándole la cara, y los ojos abiertos hacia el cielo despejado.

Aterrada, echa a correr con la niña para pedir ayuda, llamando a la casa más cercana, pero está vacía. Con la segunda tiene más suerte: pertenece a un médico, que no duda en permitir que entre y haga una llamada a la policía.

La escena del crimen

390

Una patrulla policial, tras recibir la llamada de una mujer alterada, acudió a la zona. Ésta, afectada por los nervios tras la horrible visión del cadáver de la joven, no se acordó de dar su nombre al denunciar el hallazgo, así que los agentes pensaban que se trataba de un 390, o lo que vendría ser lo mismo: el aviso falso de un posible borracho.

En el lugar, también se habían personado un grupo de periodistas, los cuales solían pinchar la frecuencia de la radio policial para acudir a las escenas que consideraban que podían proporcionar una buena noticia.

La escena era dantesca, con aquel cuerpo desnudo, mancillado, abandonado como un despojo sin valor en un trozo de tierra; las piernas, que habían sido separadas del tronco, abiertas, y los brazos alzados por encima de la cabeza, flexionados. Quedó rodeado enseguida por más agentes, periodistas y curiosos que entorpecerían la investigación y contaminarían el escenario del crimen.

Jane Doe

Como otros cadáveres femeninos sin identificar que llegaban al depósito forense, recibió el nombre provisional de Jane Doe Nº 1.

El cuerpo, según el informe de la autopsia, había sido seccionado por la mitad, sirviéndose como zona de disección el disco intervertebral de entre las vértebras lumbares segunda y tercera. Tenía signos de tortura, como diversos hematomas en cara y cuerpo, producidos por golpes, la nariz fracturada, así como marcas de quemaduras por cigarrillo. El rostro presentaba un corte de ocho centímetros que se iniciaba en las comisuras de la boca y ascendía hasta las orejas, lo que se conoce como sonrisa de Glasgow. Tanto en las muñecas como en los tobillos y cuello mostraba marcas de ligaduras, pero no de estrangulación. El pecho derecho había sido parcialmente seccionado, así como el pezón izquierdo. La vagina presentaba laceraciones externas, y en el interior, así como en el ano, alojaba fragmentos de piel, que podían tratarse de la porción de carne que se había cortado por encima de la rodilla izquierda.

El doctor Frederic Newbarr, el forense del distrito encargado de realizar la autopsia, dictaminó la muerte por hemorragia, unas veinticuatro horas antes de ser encontrada la joven. El cadáver había sido drenado en otro lugar al de la escena del crimen, y transportado, seguramente, hasta allí con un saco de cemento que se halló en el lugar. En el cuerpo también se encontraron, gracias al análisis realizado por el laboratorio del FBI, dos cerdas de fibra de palmera, que podían pertenecer a un cepillo de fregar de baja calidad, con el que habrían limpiado a la joven tras mutilarla. Lo que estaba claro es que aquel acto de violencia era una muestra de humillación y misoginia, y que quien lo había hecho tenía que estar familiarizado con la cirugía, por la precisión de los cortes.

¿Quién era Jane Doe?

Ante la falta de datos de la víctima, el director del diario sensacionalista “The Examiner”, colaborando con la policía (con la intención de poder obtener más información para su medio), propuso que ésta utilizara un aparato del que disponía, el Soundex, una especia de fax con el que poder enviar las huellas de aquella mujer a Washington y a la oficina del FBI.

El dieciséis de enero, sólo un día después del hallazgo del cadáver, el FBI disponía de las huellas. Tan sólo cincuenta y seis minutos después, encontraron dos coincidencias de huellas en su base de datos: la primera pertenecía a la base militar Camp Cooke, en Santa Bárbara, en donde esta chica había trabajado una temporada, desde enero de 1943; la segunda, correspondía a un arresto de la misma, también en Santa Bárbara, el veintitrés de septiembre de 1943, por beber siendo menor de edad. Así fue como se supo que Jane Doe Nº 1 era, en realidad, la joven de veintidós años Elizabeth Short.

Fotografía de la ficha policial de Elizabeth Short

El sueño de ser actriz

Nacida el veintinueve de julio de 1924, en Hyde Park, Boston, Massachusetts, Elizabeth Short era una de las cinco hijas de la irlandesa Phoebe Mae Sawyer. Su padre, Cleo Short, se marchó de casa en octubre de 1930, tras contraer una serie de deudas, fingiendo suicidio al aprovechar la Gran Depresión de 1929.

Años más tarde, en 1943, Cleo volvió a contactar con su familia, y, aunque Phoebe no quiso saber nada más de su exmarido, Elizabeth se fue a vivir con él a Vallejo, California, esperando poder retomar una relación y también alcanzar su sueño de ser actriz, al estar mucho más cerca de Hollywood, por lo que no tardaron en trasladarse ese mismo año a la ciudad de Los Ángeles.

Al poco tiempo, descubrió que su padre no guardaba aprecio ninguno hacia ella y que el único interés era tener a alguien en casa que se ocupara de las tareas y de él. La chica, con diecinueve años, se marchó de casa y comenzó a trabajar en el campamento militar de Camp Cooke (de donde obtendrían las huellas para identificarla), al mudarse a Santa Bárbara.

En el verano de 1946, Short se encontraba de nuevo en Los Ángeles, y de lo poco que se sabe es que frecuentaba locales nocturnos, en donde mostraba una fuerte atracción hacia los militares. Ese año, tuvo una breve relación con un antiguo novio, el teniente Gordon Fickling, pero él no soportaba que la joven se viera con otros hombros, así que se marchó, aunque siguieron manteniendo contacto por correspondencia. Con anterioridad, había estado prometida (o eso contaba ella a sus conocidos) con otro militar, Matthew M. Gordon Jr., de la Segunda Comandancia aérea y de capitación, quien falleció en accidente aéreo el diez de agosto de 1945.

Matthew M. Gordon Jr y Elizabeth Short

La muerte la sorprendió antes de que su carrera como actriz apenas se iniciara. Como anécdota, cabe destacar uno de sus primeros, y últimos, trabajos publicitarios, que fue en un anuncio como imagen del Hotel Cecil. Este edificio, construido en el 640 de South Main Street, es un imán para la tragedia y lo malvado, pues varias son las personas que se han suicidado, ya en sus inicios, desde las habitaciones, como el caso de Pauline Otten, que se arrojó desde el quinto piso, cayendo sobre un transeúnte, provocando la muerte de ambos; dos asesinos seriales han ocupado sus habitaciones (Richard Ramírez, “El acechador nocturno”, culpable de catorce muertes, y Jack Unterweger, “El asesino de Viena”, que estranguló a una docena de prostitutas); Goldie Osgood, telefonista, fue violada y asfixiada en el cuarto de contadores; y el último misterio: la muerte inexplicable de Elisa Lam, una joven canadiense de origen chino que desapareció tras una conducta errática, filmada por la cámara del ascensor del hotel, el treinta y uno de enero de 2013, y fue encontrada en el interior del depósito de agua que hay en la azotea, diecinueve días después.

Imagen de la fachada del Hotel Cecil
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Rabia

Una gota de veneno extraviada en el laberinto interminable de la mente; la bestia en el interior que a todos corrompe, que aguarda el momento de escapar; un momento de locura preparado para explotar como una pústula llena de odio, salpicando todo lo que esté próximo, destruyéndolo.

Así es la rabia, uno de nuestros sentimientos más primigenios, junto con el miedo, oculto en la caverna del cerebro: la amígdala. Algunos necios incautos separan a ésta de la ira, como dos hermanas siamesas a las que un bisturí ha profanado, pero que siempre permanecen unidas por la cicatriz que las mancilla, como el miembro amputado que se niega a desaparecer.

Un ejemplo: un joven llega a su instituto y dispara a dos profesores, seguido del secuestro de una clase entera. ¿Qué le lleva a hacerlo? ¿La rabia o la ira? ¿O las dos juntas? ¿O es tan sólo un enfermo?

La historia de los Estados Unidos está plagada de este tipo de actos, como si a los niños los alimentasen con plomo y pólvora, y en lugar de nacer con una barra de pan bajo el brazo fuera con un arma de fuego. En la prensa, no es extraño encontrar casos como el de Dustin L. Pierce, que el 18 de septiembre de 1989 mantuvo retenidos, durante nueve horas, a los alumnos de una clase de álgebra en McKee, Kentucky; o el de Michael Carneal, quien, el 1 de diciembre de 1997, apareció en la escuela de su hermana con una pistola, un rifle y una escopeta, envueltos en una manta como si fuera una especie de trabajo, y tras ponerse unos tapones para los oídos, disparó en ocho ocasiones. Resultado: cinco heridos y tres muertos. Tras esto, dejó su arma y le pidió a un miembro del grupo de oración del lugar lo siguiente: “Máteme, por favor. No puedo creer lo que hice”. Al poco, le diagnosticaron esquizofrenia, pero no fue lo más importante: la relevancia la obtuvo una novela titulada “Rage” (“Rabia”), del escritor Richard Bachman.

(¡ALERTA DE SPOILER! SI NO HAS LEÍDO LA NOVELA, PUEDES SALTARTE ESTE PÁRRAFO E IR DIRECTAMENTE AL SIGUIENTE)
La novela relata la historia de Charlie, un alumno problemático que acude al despacho del director de su instituto, llamado por éste, tras un incidente acaecido dos semanas antes, cuando agredió a uno de sus profesores, golpeándole con una llave inglesa en la cabeza, muy cerca de provocarle la muerte. Furioso, insulta al hombre y es directamente expulsado. En el momento en que abandona la reunión, inicia un pequeño incendio y aprovecha para tomar un arma de fuego que guarda en su taquilla, y vuelve a su clase, Álgebra II, donde dispara a su profesora, hiriéndola mortalmente, y retiene a sus compañeros. Pero no será la única muerte: otro de los profesores, que acude al aula para evacuarla, recibe otro disparo. Ante tal alboroto, tras la aparición de la policía y los medios, que rodean el edificio y tratan de comunicarse con él para que se rinda, Charlie se desmorona, arrepentido, sin comprender qué ha sucedido, mientras sus compañeros, afectados por el Síndrome de Estocolmo, al verse reflejados en el chico como una forma de liberación y de enfrentarse al sistema, le reprenden ese cambio de actitud. Durante las horas que pasan encerrados, los adolescentes absorben la ira que empañaba el juicio del secuestrador y utilizan ese tiempo como una terapia en la que todos cuentan sus secretos más íntimos, incluso los más vergonzosos, historias sobre abusos y odio. Sólo uno de ellos realmente está en contra de ellos, y cuando trata de huir, lo asesinan entre todos, causándole un colapso. Un policía logra colarse en las instalaciones y le dispara, con tanta suerte que el proyectil impacta en un candado que el chico lleva escondido en el bolsillo del pecho, saliendo ileso. Finalmente, Charlie es detenido y llevado a una institución mental, y el relato termina con una inquietante frase del muchacho, que te hace reflexionar.

Richard Bachman

Bachman jamás llegaría a imaginar que su obra podría considerarse una especie de manual del adolescente homicida. Tal vez fue uno de los motivos por el que lo acabaran asesinando años después, aunque su biografía asegura que su esposa, llamada Claudia, fue la que lo encontró muerto por un tumor cerebral. Pero no ratifico el crimen porque sea un investigador refutado ni me sienta intoxicado por series televisivas policíacas —aunque debo reconocer que paso un buen rato con éstas—, sino porque el propio asesino acabó confesando. ¿Un adolescente con las hormonas alteradas y un brote de enajenación mental transitoria por el metal que lleva en la mano? No. Lo hizo la misma persona que lo creó: Stephen King.

Por consejo de sus editores, ya que no creían conveniente que el prolífico autor de Maine sacara al mercado una media de tres y cuatro libros anuales, elaboró este pseudónimo, yendo mucho más allá: le dio una vida propia, con esposa e hijo (éste murió a los seis años, unos dicen que al caer en un pozo, otros en un estanque), le diagnosticó un tumor cerebral, incluso le puso rostro, aprovechando la fotografía de una persona ya fallecida. Pero la auténtica personalidad que había detrás se descubrió casi sola, porque en los agradecimientos y dedicatorias de los libros de Bachman aparecían prácticamente las mismas personas que en las de King, y este último hacía menciones de Bachman en algunas de sus novelas, como en “La mitad oscura”. Pero, regresando a “Rabia”, después de la masacre de Michael Carneal, con un sentimiento de culpa que no debería ser tal, Stephen King ordenó la retirada de la novela de las librerías y que dejara de imprimirse (para gran suerte nuestra, en nuestro país puede encontrarse fácilmente). Como curiosidad, en el prólogo de otra de sus novelas, “Blaze”, él escribe sobre “Rabia”: “Fuera de impresión, y es una cosa buena”. Otra más es que King la escribió en el último curso del instituto, con dieciocho años, antes de la obra que le hizo popular, “Carrie”, historia que contiene tres elementos similares a “Rabia”: adolescentes, masacre en el instituto y la ira latente en cada página. Esto puede llevar a preguntarse si el joven Stephen tuvo problemas en el instituto y la escritura sirvió como método de terapia, como hacen muchos autores, una manera de liquidar a indeseables sin correr el peligro de que te apresen, pero parece ser que no.

Diga lo que diga el autor, todo aquel que haya tenido la suerte de leer “Rabia” encontrará una de sus mejores novelas —brutal sería la palabra que mejor la definiría—, una muestra de la facilidad que tiene el ser humano de corromperse, y más aún en masa, de dejarse llevar por la furia contra el sistema autoritario y costumbrista americano, la irascibilidad que todo adolescente guarda en su interior, y que unos pocos no consiguen contener, modelar y lograr que se desvanezca, y, tal vez, como aseguró King, un manual para preparar un asesinato en masa, como si fuese un texto que profetizase lo que estaba por venir y que se ha extendido por otros países.

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Jenny Greenteeth (2ª parte)

El veintitrés de septiembre de 1954, el agente de policía Alex Deeprose se quedó asombrado al encontrar, en el interior de la Necrópolis del Sur de Glasgow, a cientos de niños armados con estacas afiladas y cuchillos. Este grupo había acudido, por tercera noche consecutiva, para cazar a un supuesto vampiro con dientes de hierro y más de dos metros de altura, que merodeaba el área obrera de Gorbals, y que habría secuestrado a dos niños de la zona.

El caso se hizo muy popular, acusando, en un principio, que cómics de terror como Tales from the cryt y Vault of horror eran los responsables de haber perturbado aquellas mentes infantiles, pero enseguida hubo quienes consideraron que, tal vez, ese vampiro no era tal, y que, en su lugar, basándose en su aspecto, podía ser la versión escocesa de Jenny Greenteeth (para saber más, no te pierdas la primera parte de este artículo), popular por una historia regional, mencionada en el poema Jenny wi´ the airn teeth, de Alexander Anderson. En éste, la bruja acecha a los niños que no descansan junto a sus madres, llevándoselos para ser engullidos.

En febrero de 2018, Karen Hargreaves, una turista australiana que se encontraba dando un paseo por los jardines del cementerio de Saint James, captó una imagen que asegura que pertenece a Jenny Greenteeth, y lo hizo tras apuntarse, en Facebook, a un grupo aficionado a lo paranormal del condado de Merseyside, en Liverpool, y en donde se habían expuesto otras fotografías de la bruja en este enclave. Lo curioso es que este encontronazo ocurrió cuando formaba parte de una excursión organizada por contadores de relatos de fantasmas de la zona, dirigido por Keith Braithwaites a través de la misma red social, y esto ha hecho que sean muchos los que lo tachen de fraude, de que podía formar parte del espectáculo ofrecido por el tour.

Lo cierto es que este cementerio, inaugurado en 1829, construido sobre una antigua cantera de piedra, tras la catedral del Liverpool, y reconvertido en parque, es un punto con varias apariciones fantasmales e, incluso, de vampiros.

Nada que ver con la ficción

Pero, lejos del imaginario popular, la realidad de la brujería estuvo muy presente durante la Edad Media, y muchas 

fueron las mujeres acusadas de practicar la misma. En la mayoría de los casos, éstas poco tenían que ver con el aspecto ajado y aterrador de personajes como Jenny Greenteeth, aunque el juego de “boca-oreja” se encargaba de deformarlas y afearlas, y de ennegrecer la realidad.

En el primer cuarto del siglo XIV, Alice Kyteler se convirtió en la primera persona registrada en ser condenada por brujería. Casada en cuatro ocasiones, fue acusada por primera vez, en 1302, de haber asesinado a su primer esposo, William Outlaw, con ayuda del segundo, Adam Blund de Callan, pero consiguió sepultar las habladurías gracias a un donativo generoso, y culpó a que todo había sido un ataque de aquellos que envidiaban su poder económico.

Años más tarde, en 1324, fue acusada formalmente de brujería. Tras fallecer su cuarto marido, John Poer, por envenenamiento, los hijos de éste, junto con los de los anteriores, cargaron contra ella por asesinato. Las acusaciones, en las que también se incluyeron a los que consideraban sus seguidores, como la sirvienta Petronilla de Meath, además de por estos crímenes, fueron por provocar la posesión mediante un demonio menor, negar la fe de Cristo y de la Iglesia, usar brujería y brebajes para controlar a los cristianos, mantener reuniones nocturnas y practicar la magia negra en el interior de iglesias, y por sacrificar animales a los demonios en las encrucijadas.

Aprovechando su clase social, y sus contactos en altos cargos, Alice se libró de un primer ataque por parte del obispo de Ossory, Richard de Ledrede, que fue encarcelado e interrogado por el senescal de Kilkenny, Sir Arnold le Poer.

En un segundo intento, el obispo, tras ser liberado, amparado por una ley que daba poderes seculares a la iglesia, consiguió que Kyteler y sus acólitos fueran juzgados por herejía, excomulgar mediante el uso de la magia, hacer sacrificios a los demonios y practicar la comunión con éstos, asesinato, y tener relaciones sexuales con demonios y cristianos, despreciando las creencias y todo lo relacionado con estos últimos. Aunque ella pudo escapar, porque Roger Utlagh, canciller de Irlanda, amigo de Alice, y hermano de su primer esposo, pidió que todos ellos, antes de que se produjera el arresto, tuvieran cuarenta días de excomulgación.

Mediante la tortura, Petronella de Meath hizo una confesión de brujería, y su participación en varios de los delitos de los que habían sido acusados. Esta es parte de la declaración de ella, apuntada por Richard de Ledrede:

En una de estas ocasiones, en la encrucijada fuera de la ciudad, había ofrecido tres gallos a un demonio, a quien llamó Robert, hijo de Art, desde las profundidades del inframundo. Ella había derramado la sangre de los gallos, había cortado los animales en pedazos y había mezclado los intestinos con arañas y otros gusanos negros, así como escorpiones, con una hierba llamada milhojas, y otras hierbas y gusanos horribles. Ella había hervido esta mezcla en una olla con el cerebro y la ropa de un niño que había muerto sin el bautismo, y con el de un ladrón que había sido decapitado.

Petronella dijo que ella lo había hecho varias veces por instigación de Alice, y una vez, en su presencia, consultó a demonios y recibió respuestas. Ella había aceptado un pacto por el cual sería el medio entre Alice y el llamado Robert, su amigo.

En público, dijo que con sus propios ojos había visto al demonio mencionado anteriormente con tres formas, de tres hombres negros, cada uno con una vara de hierro en la mano. Esta aparición ocurrió a la luz del día, ante la mencionada Alice y, mientras la misma Petronella estaba observando, la aparición tuvo relaciones sexuales con Alice. Después de este acto vergonzoso, con su propia mano, ella limpió el lugar asqueroso con sábanas de su propia cama.

La mujer fue azotada y condenada a morir en la hoguera, hecho que ocurrió el tres de noviembre de 1324. De Alice Kyteler no se volvió a saber nada más tras su huida, teóricamente, a Inglaterra.