El fabricante

1984

Un mocoso de cuatro años recién cumplidos se encuentra en la butaca de un cine. Es la primera vez que acude y está muy nervioso, entre su hermano, once años mayor que él, y uno de sus primos. En sólo unos minutos, una criaturita peluda, de enormes ojos marrones, capta toda su atención, y esto no deja de ocurrir cuando unos monstruos verdes toman el protagonismo en la pantalla con sus gamberradas y carcajadas de dientes puntiagudos.

Sí, seguro que has acertado que la película es “Gremlins”, y que ese niño era yo. Muy lejos de causar un impacto terrorífico, esa primera incursión en el género fantástico despertó en mí una fascinación por las historias de terror, donde criaturas abismales, fantasmas y fenómenos paranormales de todo tipo se convirtieron en amigos fieles. Las cuchillas de Freddy Krueger (“Pesadilla en Elm Street”), la versión monstruosa del vampiro Jerry Dandridge (“Noche de miedo”), la pelota bajando por los oscuros peldaños (“Al final de la escalera”), o la sesión más chunga de una ouija (“Witchboard: Juego diabólico”) me hacían acudir, cada fin de semana, al videoclub del otro lado de la calle para descubrir alguna novedad que me robara un escalofrío, mientras alimentaba mi imaginación con historias nuevas que aún no se habían llegado a crear.

A esto, pronto se añadió la literatura. Durante unas vacaciones de verano, en la aldea de mis padres, mientras pasaba el rato en la biblioteca de una gran casa que se encarga mi abuela de cuidar, me llamó la atención un volumen de bolsillo: un ejemplar de “Narraciones extraordinarias”, de Edgar Allan Poe. Yo tenía nueve años, y me dejé conquistar por los relatos escondidos en aquellas páginas.

Hoy en día, conservo ese ejemplar.

A esa lectura se unieron “Drácula”, de Bram Stoker, obras de Stephen King, Lovecraft, Clive Barker, cómics de «Creepy»… hasta que un día pensé: «Oye, ¿por qué no intento escribir también?».

Y esto todo fue lo que me condujo hasta donde me encuentro ahora (bueno, esto y el haber trabajado con cadáveres, pero eso ya os lo explicaré en otro momento). Nunca imaginé que lo que comenzó como una afición acabaría por ser mi profesión. Ya sea a través de novelas, relatos, guiones, artículos, conferencias…, puedo explicar las historias que rondan por mi mente y que más me apasionan, y siento una gran satisfacción cuando alguien me dice que lo ha pasado mal con aquello que narro. Porque de eso se trata: cuando se encuentra dentro de la ficción, me encanta hacer que la gente disfrute pasándolo mal.

No me gustaría alargar esta presentación más de lo pensado, así que, si quieres conocerme un poco mejor, te invito a que te pierdas por este blog, por su contenido, y decidas volver muy pronto.

Un fuerte abrazo:

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