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Jenny Greenteeth (1ª parte)

Se tiene la imagen preconcebida de que las brujas son personajes aterradores, viejas de mal aspecto, encorvadas y verrugosas, y esto es gracias al folklore y los cuentos de hadas. Precisamente, de esta tradición surge una de las imágenes más terroríficas y populares, explotada en infinidad de ocasiones en libros, cómics, series y películas, una criatura nacida del imaginario británico: Jenny Greenteeth, o Jenny Dientesverdes. 

La bruja del agua

De cuerpo verde, cabello húmedo, que bien podrían ser algas, y una dentadura de dientes afilados, Jenny Dientesverdes es el personaje de una serie de historias populares para crear el temor entre los más pequeños, para que se guarden de acercarse solos a ríos, ciénagas, pantanos o estanques. Según la leyenda, esta bruja habitaría estos lugares, sumergida en el agua, al acecho de niños incautos que rondaran las orillas, bien jugando, pescando o, simplemente, descansando un rato. Los largos dedos correosos de ésta, coronados por uñas largas y curvas, aprovechando el mínimo despiste, atraparían a los confiados (a veces, también hombres), para arrastrarlos a las profundidades, en donde los devoraría con calma, hasta la siguiente presa.

Las diversas Jenny´s

Ya con anterioridad al siglo XII, existen narraciones en donde se mencionan criaturas con gran semejanza con Greenteeth. Es el caso de los grindylow, basados en Grendel, personaje del poema épico “Beowulf”, un morador de las ciénagas, devorador de hombres, con aspecto medio humano, medio monstruo. Estos seres, como Jenny, poseen dientes afilados, piel verdosa y manos de dedos largos, similares a garras, y aguardan en las orillas, entre algas y juncos, para cazar no sólo a niños, sino también a los ancianos, de los que se alimentan.

Los fuegos fatuos, o will-o-the-wisp, presentes en zonas pantanosas por la inflamación de cadáveres o vegetación en descomposición, pueden ser portadores de un destino terrible. Al este de Inglaterra, muchas son las historias que relatan cómo viajeros y curiosos han perecido tras acercarse a estas llamas, convencidos que indicaban puntos en donde se habían enterrado tesoros. Sin embargo, se dice que en realidad eran trampas de la bruja acuática Ginny Burntarse, agitando una linterna como señuelo.

En los bosques de Cheshire, así como en la Reserva Natural Nacional Wybunbury Moss, mora Nelli Longarms, quien pasa las noches entre árboles, en donde se puede escuchar su respiración, si la brisa lo permite. Su lugar predilecto son los pozos, desde donde espera, en lo más profundo, a aquellos que allí van a coger agua. Entonces, extiende sus largos brazos (de ahí el apellido) y los captura hacia el interior. 

La espuma blanquecina formada en el río Tees, recibe el nombre de Peg Powler´s Suds, mientras que la que se forma en la orilla se llama Peg Powler´s Cream. Y es que, en esta zona cercana a la ciudad de Darlington, Jenny es sustituida por Peg Powler, o el Gran Fantasma Verde, caracterizada con trenzas verdes. Este personaje es utilizado para asegurar la presencia de los niños en la iglesia los domingos, día preferido por la bruja para cazar.

En la estación de tren del distrito de Garston, en Liverpool, hay una placa que relata la historia de una bruja local, de nombre Screeching Ginny:

El quince de noviembre de 1959, un grupo de niños jugaba cerca del ferrocarril, en Garston Dock Station. De repente, una bruja fea apareció y los persiguió, volando tras ellos y chillando con la voz más alta.

En el camino de Santa María, ella abandonó la persecución, pero los niños siguieron corriendo.

Un niño local, de diez años, corrió por Russell Road hasta donde su abuelo lo estaba esperando. Le contó a su abuela lo de la bruja. Ella le dijo, entonces, que era Screeching Ginny.

Según el folklore local, Ginny era de una familia extraña, que la gente pensaba que estaba compuesta por brujas. Se había mudado a una casa en Cressington. Se dijo que las personas a las que no le gustaba a la familia murieron en extrañas circunstancias.

Ginny se había enamorado de un chico de la zona, y lo hechizó para que la amara, pero su madre rompió el embrujo. El joven se comprometió con otra persona, y Ginny quedó desconsolada.

Ella lo siguió a él y a su novia a la estación, donde corrió chillando a las vías y fue arrollada por un tren.

Se dice que su fantasma aún sigue presente en Garston Dock Station, incluso después de que fuese cerrada en la década de 1940.

Sin embargo, hay lugareños que cuentan que Ginny es mucho anterior a la propia estación, y la sitúan en la época victoriana, en donde una esposa fue abandonada y, afectada por el dolor, perdió la vida junto a una torre de agua que todavía está en pie.

Versiones internacionales

Jenny Greenteeth no es un personaje del folklore exclusivo de tierras británicas. Siguiendo la mitología eslava, existe una criatura que frecuenta lagos y ríos, en algunas ocasiones considerada un fantasma (mujeres que han fallecido de forma trágica y/o violenta), y en otras, una bruja, un demonio o una ninfa, conocida como rusalka. Ya hace aparición en la recopilación de cuentos de “Las mil y una noches”, en la historia titulada “El príncipe y la rusalca”, que se narra en la quinta noche de Sahrazad y el rey Sahriyar. Esta especie de sirena de aguas dulces, de cabellos verdes y siempre mojados (que se seque, puede llevar a su muerte), no tiene predilección por los niños, sino por jóvenes apuestos a los que seduce para conducirlos con ella al agua y, allí, comérselos. Como en el caso de Nelli Longarms, puede abandonar su refugio para recorrer campos o trepar árboles.

De aspecto monstruoso, dentro de la tradición japonesa, se conoce un yōkaial que temen granjeros y aldeanos, y del que están en alerta cuando acuden a fuentes, lagos o estanques. Se trata del Kappa (también conocido por los nombres de Kawako, Kawataro, Komahiki, Kaori o Gataro). De características humanoides, le dan aspecto de batracio, con la piel verde y cabellos de alga, a veces con caparazón de tortuga, y una oquedad en la coronilla siempre rellena de agua. Dentro de su alimentación, además de niños, se pueden alimentar de animales y pepinos. Entregar uno de estos logra que se centre en éste y se olvide de las víctimas humanas, que sufrirían un ataque terrible y desagradable, al arrastrar a éstas a las profundidades y succionar la sangre con el ano, que actúa como si de una boca de sanguijuela se tratase. Otro método de librarse de éste es hacer una reverencia, a la que respondería con una gran inclinación, derramando el agua de la coronilla, obligándolo a regresar el agua para no morir.

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¿Miedo? Sí, gracias

El camino es tortuoso, una combinación de sombras que se arrastran y mutan en pos de ella. El miedo la está fatigando. Apenas queda fuerza en sus piernas para seguir corriendo, y la última dosis de adrenalina que ha segregado su cuerpo se ha perdido por el pantalón, humedecido por la orina. Mira hacia atrás. Los jadeos la siguen, y la atraparán en pocos segundos. Pero no ve la mano que espera ante ella para cerrarse en su garganta.

¡Mierda! Son las dos de la madrugada, y sólo te quedan cuatro horas para levantarte de la cama e ir a trabajar. Pero el capítulo se ha acabado aquí, y te pica la curiosidad por si matan a la chica. Pero tienes que dormir. Apagas la luz, y comienza tu propia historia de miedo. Los crujidos de la casa se acrecientan, la oscuridad del dormitorio cobra vida, y te parece que una silueta pasa fugaz ante la escasa luminosidad que se filtra a través de las ranuras de la persiana. Te cubres la cabeza con la sábana como si fuese la armadura más poderosa del mundo, pero entonces recuerdas que aquel fantasma de la película “The Grudge” espera bajo éstas para arrastrarte en cualquier momento a las profundidades de su mundo espectral. Aún así, tanto si has conseguido dormirte como si no, al día siguiente volverás a engancharte a esa novela para saber qué le sucede a la protagonista.

Todos somos así, a pesar de que algunos lo nieguen. El miedo, la tensión, en un estado controlado, nos hace sentir bien, ya sea con una novela, una película, una atracción o practicando algún deporte de riesgo, y tiene una explicación química. Por ejemplo, nos metemos en el papel de la chica antes mencionada, tratamos de visualizar lo que le está ocurriendo o, peor, lo que seguramente le sucederá. Entonces, en lo más recóndito de nuestro cerebro, en una pequeña piececita llamada amígdala, recibimos una oleada de sangre por esta reacción angustiante, como modo de alerta. A su vez, entra en acción la corteza prefrontal, que valora el ambiente, avisándonos que todo es ficticio, lo que provoca una auténtica sensación de placer, como un orgasmo (bueno, no tan exagerado).

Pero hablando de la gente que niega que, a veces, les guste pasar miedo, podemos encontrar a aquellos que aseguran que jamás leen terror, que lo consideran un género mundano y sin talento. “Lectura para mindundis y fracasados con aspiraciones”, me llegaron a decir en una ocasión. Lo gracioso es ver que entre los grandes clásicos que lucen con orgullo en sus estanterías, puedes encontrar obras de Poe y, en algunos casos, de Lovecraft. “Son autores universales”, utilizan como justificación, pero resulta que, para ellos, no es terror. Me gustaría ver cómo reaccionarían si fueran enterrados vivos, tuvieran que sobrevivir al ataque de unas ratas hambrientas, o a un ser venido del espacio exterior con no muy buenas intenciones. Si para ellos eso no es terror, ya me dirán qué lo es (y la crisis no me sirve). Y, peor aún, si se les diera la oportunidad de vivir cien o doscientos años más, me jugaría un brazo a que entre su nueva colección de clásicos se encontraría alguna obra de Stephen King.

“Es un autor universal”.

Lo curioso de todo esto es que el terror vende, pero no tanto el nacional. Mientras en otros países publican a autores autóctonos, en España todavía se apuesta más por los extranjeros. ¿Significa eso que no existe la calidad suficiente en nuestro país como para tener que recurrir a otros? Rotundamente, no. Hay autores muy buenos, textos magníficos, pero falta que las editoriales se atrevan a apostar un poco más. 

Digan lo que digan, esté bien visto o no, seguiré siendo amante del terror, leyendo con mi fiel lámpara una buena historia durante la noche, aquella que consiga que, por un solo instante, levante la mirada por encima del libro para buscar un fantasma que, sólo en mi mente, me estará observando.

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Gracias, señor Stoker

«Me cobraré mi venganza. La extenderé durante siglos.

El tiempo está de mi lado»

Drácula, Bram Stoker

Si has escuchado o leído alguna de las entrevistas que me han realizado y que he subido a este espacio, sabrás que mi iniciación en la literatura de terror empezó a los nueve años, con “Narraciones extraordinarias”, de Edgar Allan Poe. Sin embargo, el auténtico impacto lo recibí de otra obra, que leí en ese mismo verano. Me recuerdo agazapado bajo el escritorio del viejo despacho de una casa aún más vieja, con un ejemplar de “Drácula” que encontré en una de las librerías (las mismas que custodiaban el volumen de Poe), escondido como el niño que fuma un cigarro con la intención de crecer prematuramente. Fue como una primera experiencia sexual: caótica e inolvidable. Bajo la luz amarillenta de una linterna de latón, me fui nutriendo de aquel libro ajado, como lo haría el vampiro a lo largo de las páginas.

Pero, como digo, es un recuerdo. Uno agradable, de esos que siempre perduran en la memoria, en un rincón iluminado por el tiempo, que siempre está libre de polvo.

Hoy releo aquella obra decimonónica, como en otras ocasiones, después de más de treinta años, y me sorprende comprobar que aún consigue que aquel crío que se iniciaba en el terror emerja de mi interior.

“Drácula” es, al igual que la magnífica “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde, un cántico a lo lascivo, a la lujuria, el azote al ficticio y recatado puritanismo de la sociedad decimonónica, velado por la niebla del opio y los vapores de la absenta. ¿Que cómo puedo decir esto, si es, para algunos, una novela romántica encauzada en el terror? Porque es cierto, y ahí van unos ejemplos: el personaje de Lucy Westenra es como una muñeca hinchable manejada por Drácula a su antojo, hasta que, tras ser convertida, pasa a ser una sádica con una perversa atracción hacia los niños; la potente influencia que ejercen las concubinas del vampiro sobre Jonathan Harker, un mero juguete sexual, y que ejercitan, de nuevo, sobre el viejo profesor Van Helsing; y el más claro, el sometimiento de Mina ante su marido dormido por el Conde, donde se insinúa una fuerte pulsión erótica, pero sin mostrar demasiado.

El vampirismo es el usurpador de los instintos primarios, una plaga sexual que, en caso de la novela, afecta principalmente a las mujeres; pero, en realidad, viene a ser un reflejo del mismo desastre que también vampirizó a muchos ciudadanos de la época, incluyendo al propio Stoker: la sífilis.

Pero la pregunta importante es qué se sabe realmente de Drácula. ¿Se le llega a conocer? La primera vez que lees esta obra, y más si es a tan temprana edad, apenas te das cuenta de que el personaje que da nombre al título no es más que un miembro del reparto; es el cine el que le da, posteriormente, un protagonismo importante, el que se merece. El lector se basa en el juicio que ofrecen Harker (especialmente él), su séquito de cazadores y las víctimas, pero en ningún momento se le permite al propio vampiro dar su punto de vista, así que tampoco sabemos qué es lo que le mueve a matar. ¿El temor a la extinción? ¿Un deseo de erradicar a la humanidad? ¿O ese toque seductor y melancólico de anhelo por un alma gemela que le han otorgado novelas póstumas que casi destruyen su auténtico ser, perverso y diabólico? Lo que está claro es que el personaje es difuso, y ni siquiera se muestra directamente cómo se nutre de sangre, aunque tal vez sí de la psique, como sucede con el desdichado Jonathan, al que acaba transformando en un ser débil, sumiso y de envejecimiento prematuro, una clarísima plasmación de la imagen que tenía Stoker de sí mismo.

Habrá quien opine que lo más normal sería que el autor crease al gran vampiro a su imagen, pero no anda tan desencaminado: Drácula fue trazado como el alter ego que tanto codiciaba Stoker y que jamás pudo ser: apuesto, poderoso, hipnótico, como Henry Irving, en quien se inspiró y para quien trabajaba, al que podríamos añadir que era un tirano que rozaba la sociopatía. Y puestos a hablar de personajes, merece una mención honorífica Abraham Van Helsing, que pasa de ser un hombre de ciencia a un místico anegado por el ocultismo con una facilidad poco justificable (y creíble), como si fuese un miembro más de The Golden Dawn, la sociedad a la que perteneció Bram Stoker.

A diferencia de otras obras de terror o de género fantástico, donde, en ocasiones, se crean mundos y escenarios inexistentes, “Drácula” se caracteriza en que la gran mayoría de éstos son reales, lugares que merecen ser visitados, tanto si eres un amante de la obra como si no. Pasear por la costa de Whitby, donde el cielo es eternamente gris, como una capa de aluminio deslustrada, imaginando al Demeter varado en la tierra apelmazada, rodeado por peñascos grotescos y acantilados, donde aún se conserva la vieja abadía en ruinas; recorrer el zoo de Regent´s Park y detenerte ante la jaula de los lobos; o, lo mejor, visitar el cementerio de Highgate, un auténtico escenario de la Hammer, donde las lápidas son arrastradas a la tierra por las raíces y devoradas por la hiedra, hay multitud de símbolos que hacen referencia a Saint George (que nadie se esfuerce en esperar a que aparezcan llamas azules en uno de los sepulcros para indicarles que hay un tesoro debajo, otra muestra del conocimiento esotérico de Stoker), y donde aquel que sea muy danbrowniano puede entretenerse buscando tumbas masónicas.

Resumiendo, creo que jamás una indigestión de cangrejo hizo tanto por y para tantos. Ojalá, algún día, un atracón de pizza consiga crear una obra inmortal como esta.

Desde aquí, le doy las gracias, señor Stoker.