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Jenny Greenteeth (2ª parte)

El veintitrés de septiembre de 1954, el agente de policía Alex Deeprose se quedó asombrado al encontrar, en el interior de la Necrópolis del Sur de Glasgow, a cientos de niños armados con estacas afiladas y cuchillos. Este grupo había acudido, por tercera noche consecutiva, para cazar a un supuesto vampiro con dientes de hierro y más de dos metros de altura, que merodeaba el área obrera de Gorbals, y que habría secuestrado a dos niños de la zona.

El caso se hizo muy popular, acusando, en un principio, que cómics de terror como Tales from the cryt y Vault of horror eran los responsables de haber perturbado aquellas mentes infantiles, pero enseguida hubo quienes consideraron que, tal vez, ese vampiro no era tal, y que, en su lugar, basándose en su aspecto, podía ser la versión escocesa de Jenny Greenteeth (para saber más, no te pierdas la primera parte de este artículo), popular por una historia regional, mencionada en el poema Jenny wi´ the airn teeth, de Alexander Anderson. En éste, la bruja acecha a los niños que no descansan junto a sus madres, llevándoselos para ser engullidos.

En febrero de 2018, Karen Hargreaves, una turista australiana que se encontraba dando un paseo por los jardines del cementerio de Saint James, captó una imagen que asegura que pertenece a Jenny Greenteeth, y lo hizo tras apuntarse, en Facebook, a un grupo aficionado a lo paranormal del condado de Merseyside, en Liverpool, y en donde se habían expuesto otras fotografías de la bruja en este enclave. Lo curioso es que este encontronazo ocurrió cuando formaba parte de una excursión organizada por contadores de relatos de fantasmas de la zona, dirigido por Keith Braithwaites a través de la misma red social, y esto ha hecho que sean muchos los que lo tachen de fraude, de que podía formar parte del espectáculo ofrecido por el tour.

Lo cierto es que este cementerio, inaugurado en 1829, construido sobre una antigua cantera de piedra, tras la catedral del Liverpool, y reconvertido en parque, es un punto con varias apariciones fantasmales e, incluso, de vampiros.

Nada que ver con la ficción

Pero, lejos del imaginario popular, la realidad de la brujería estuvo muy presente durante la Edad Media, y muchas 

fueron las mujeres acusadas de practicar la misma. En la mayoría de los casos, éstas poco tenían que ver con el aspecto ajado y aterrador de personajes como Jenny Greenteeth, aunque el juego de “boca-oreja” se encargaba de deformarlas y afearlas, y de ennegrecer la realidad.

En el primer cuarto del siglo XIV, Alice Kyteler se convirtió en la primera persona registrada en ser condenada por brujería. Casada en cuatro ocasiones, fue acusada por primera vez, en 1302, de haber asesinado a su primer esposo, William Outlaw, con ayuda del segundo, Adam Blund de Callan, pero consiguió sepultar las habladurías gracias a un donativo generoso, y culpó a que todo había sido un ataque de aquellos que envidiaban su poder económico.

Años más tarde, en 1324, fue acusada formalmente de brujería. Tras fallecer su cuarto marido, John Poer, por envenenamiento, los hijos de éste, junto con los de los anteriores, cargaron contra ella por asesinato. Las acusaciones, en las que también se incluyeron a los que consideraban sus seguidores, como la sirvienta Petronilla de Meath, además de por estos crímenes, fueron por provocar la posesión mediante un demonio menor, negar la fe de Cristo y de la Iglesia, usar brujería y brebajes para controlar a los cristianos, mantener reuniones nocturnas y practicar la magia negra en el interior de iglesias, y por sacrificar animales a los demonios en las encrucijadas.

Aprovechando su clase social, y sus contactos en altos cargos, Alice se libró de un primer ataque por parte del obispo de Ossory, Richard de Ledrede, que fue encarcelado e interrogado por el senescal de Kilkenny, Sir Arnold le Poer.

En un segundo intento, el obispo, tras ser liberado, amparado por una ley que daba poderes seculares a la iglesia, consiguió que Kyteler y sus acólitos fueran juzgados por herejía, excomulgar mediante el uso de la magia, hacer sacrificios a los demonios y practicar la comunión con éstos, asesinato, y tener relaciones sexuales con demonios y cristianos, despreciando las creencias y todo lo relacionado con estos últimos. Aunque ella pudo escapar, porque Roger Utlagh, canciller de Irlanda, amigo de Alice, y hermano de su primer esposo, pidió que todos ellos, antes de que se produjera el arresto, tuvieran cuarenta días de excomulgación.

Mediante la tortura, Petronella de Meath hizo una confesión de brujería, y su participación en varios de los delitos de los que habían sido acusados. Esta es parte de la declaración de ella, apuntada por Richard de Ledrede:

En una de estas ocasiones, en la encrucijada fuera de la ciudad, había ofrecido tres gallos a un demonio, a quien llamó Robert, hijo de Art, desde las profundidades del inframundo. Ella había derramado la sangre de los gallos, había cortado los animales en pedazos y había mezclado los intestinos con arañas y otros gusanos negros, así como escorpiones, con una hierba llamada milhojas, y otras hierbas y gusanos horribles. Ella había hervido esta mezcla en una olla con el cerebro y la ropa de un niño que había muerto sin el bautismo, y con el de un ladrón que había sido decapitado.

Petronella dijo que ella lo había hecho varias veces por instigación de Alice, y una vez, en su presencia, consultó a demonios y recibió respuestas. Ella había aceptado un pacto por el cual sería el medio entre Alice y el llamado Robert, su amigo.

En público, dijo que con sus propios ojos había visto al demonio mencionado anteriormente con tres formas, de tres hombres negros, cada uno con una vara de hierro en la mano. Esta aparición ocurrió a la luz del día, ante la mencionada Alice y, mientras la misma Petronella estaba observando, la aparición tuvo relaciones sexuales con Alice. Después de este acto vergonzoso, con su propia mano, ella limpió el lugar asqueroso con sábanas de su propia cama.

La mujer fue azotada y condenada a morir en la hoguera, hecho que ocurrió el tres de noviembre de 1324. De Alice Kyteler no se volvió a saber nada más tras su huida, teóricamente, a Inglaterra.

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Jenny Greenteeth (1ª parte)

Se tiene la imagen preconcebida de que las brujas son personajes aterradores, viejas de mal aspecto, encorvadas y verrugosas, y esto es gracias al folklore y los cuentos de hadas. Precisamente, de esta tradición surge una de las imágenes más terroríficas y populares, explotada en infinidad de ocasiones en libros, cómics, series y películas, una criatura nacida del imaginario británico: Jenny Greenteeth, o Jenny Dientesverdes. 

La bruja del agua

De cuerpo verde, cabello húmedo, que bien podrían ser algas, y una dentadura de dientes afilados, Jenny Dientesverdes es el personaje de una serie de historias populares para crear el temor entre los más pequeños, para que se guarden de acercarse solos a ríos, ciénagas, pantanos o estanques. Según la leyenda, esta bruja habitaría estos lugares, sumergida en el agua, al acecho de niños incautos que rondaran las orillas, bien jugando, pescando o, simplemente, descansando un rato. Los largos dedos correosos de ésta, coronados por uñas largas y curvas, aprovechando el mínimo despiste, atraparían a los confiados (a veces, también hombres), para arrastrarlos a las profundidades, en donde los devoraría con calma, hasta la siguiente presa.

Las diversas Jenny´s

Ya con anterioridad al siglo XII, existen narraciones en donde se mencionan criaturas con gran semejanza con Greenteeth. Es el caso de los grindylow, basados en Grendel, personaje del poema épico “Beowulf”, un morador de las ciénagas, devorador de hombres, con aspecto medio humano, medio monstruo. Estos seres, como Jenny, poseen dientes afilados, piel verdosa y manos de dedos largos, similares a garras, y aguardan en las orillas, entre algas y juncos, para cazar no sólo a niños, sino también a los ancianos, de los que se alimentan.

Los fuegos fatuos, o will-o-the-wisp, presentes en zonas pantanosas por la inflamación de cadáveres o vegetación en descomposición, pueden ser portadores de un destino terrible. Al este de Inglaterra, muchas son las historias que relatan cómo viajeros y curiosos han perecido tras acercarse a estas llamas, convencidos que indicaban puntos en donde se habían enterrado tesoros. Sin embargo, se dice que en realidad eran trampas de la bruja acuática Ginny Burntarse, agitando una linterna como señuelo.

En los bosques de Cheshire, así como en la Reserva Natural Nacional Wybunbury Moss, mora Nelli Longarms, quien pasa las noches entre árboles, en donde se puede escuchar su respiración, si la brisa lo permite. Su lugar predilecto son los pozos, desde donde espera, en lo más profundo, a aquellos que allí van a coger agua. Entonces, extiende sus largos brazos (de ahí el apellido) y los captura hacia el interior. 

La espuma blanquecina formada en el río Tees, recibe el nombre de Peg Powler´s Suds, mientras que la que se forma en la orilla se llama Peg Powler´s Cream. Y es que, en esta zona cercana a la ciudad de Darlington, Jenny es sustituida por Peg Powler, o el Gran Fantasma Verde, caracterizada con trenzas verdes. Este personaje es utilizado para asegurar la presencia de los niños en la iglesia los domingos, día preferido por la bruja para cazar.

En la estación de tren del distrito de Garston, en Liverpool, hay una placa que relata la historia de una bruja local, de nombre Screeching Ginny:

El quince de noviembre de 1959, un grupo de niños jugaba cerca del ferrocarril, en Garston Dock Station. De repente, una bruja fea apareció y los persiguió, volando tras ellos y chillando con la voz más alta.

En el camino de Santa María, ella abandonó la persecución, pero los niños siguieron corriendo.

Un niño local, de diez años, corrió por Russell Road hasta donde su abuelo lo estaba esperando. Le contó a su abuela lo de la bruja. Ella le dijo, entonces, que era Screeching Ginny.

Según el folklore local, Ginny era de una familia extraña, que la gente pensaba que estaba compuesta por brujas. Se había mudado a una casa en Cressington. Se dijo que las personas a las que no le gustaba a la familia murieron en extrañas circunstancias.

Ginny se había enamorado de un chico de la zona, y lo hechizó para que la amara, pero su madre rompió el embrujo. El joven se comprometió con otra persona, y Ginny quedó desconsolada.

Ella lo siguió a él y a su novia a la estación, donde corrió chillando a las vías y fue arrollada por un tren.

Se dice que su fantasma aún sigue presente en Garston Dock Station, incluso después de que fuese cerrada en la década de 1940.

Sin embargo, hay lugareños que cuentan que Ginny es mucho anterior a la propia estación, y la sitúan en la época victoriana, en donde una esposa fue abandonada y, afectada por el dolor, perdió la vida junto a una torre de agua que todavía está en pie.

Versiones internacionales

Jenny Greenteeth no es un personaje del folklore exclusivo de tierras británicas. Siguiendo la mitología eslava, existe una criatura que frecuenta lagos y ríos, en algunas ocasiones considerada un fantasma (mujeres que han fallecido de forma trágica y/o violenta), y en otras, una bruja, un demonio o una ninfa, conocida como rusalka. Ya hace aparición en la recopilación de cuentos de “Las mil y una noches”, en la historia titulada “El príncipe y la rusalca”, que se narra en la quinta noche de Sahrazad y el rey Sahriyar. Esta especie de sirena de aguas dulces, de cabellos verdes y siempre mojados (que se seque, puede llevar a su muerte), no tiene predilección por los niños, sino por jóvenes apuestos a los que seduce para conducirlos con ella al agua y, allí, comérselos. Como en el caso de Nelli Longarms, puede abandonar su refugio para recorrer campos o trepar árboles.

De aspecto monstruoso, dentro de la tradición japonesa, se conoce un yōkaial que temen granjeros y aldeanos, y del que están en alerta cuando acuden a fuentes, lagos o estanques. Se trata del Kappa (también conocido por los nombres de Kawako, Kawataro, Komahiki, Kaori o Gataro). De características humanoides, le dan aspecto de batracio, con la piel verde y cabellos de alga, a veces con caparazón de tortuga, y una oquedad en la coronilla siempre rellena de agua. Dentro de su alimentación, además de niños, se pueden alimentar de animales y pepinos. Entregar uno de estos logra que se centre en éste y se olvide de las víctimas humanas, que sufrirían un ataque terrible y desagradable, al arrastrar a éstas a las profundidades y succionar la sangre con el ano, que actúa como si de una boca de sanguijuela se tratase. Otro método de librarse de éste es hacer una reverencia, a la que respondería con una gran inclinación, derramando el agua de la coronilla, obligándolo a regresar el agua para no morir.

Publicado en entrevistas y colaboraciones

Hablando de fantasmas y tecnología

Desde la pandemia, apenas había pisado de nuevo los platós. Ha costado bastante volver a arrancar, perder ese «acomodamiento» insano de trabajar desde casa y poco más. Por eso, regresar a «Misteris… amb Sebastià d´Arbó», en Esplugues TV, ha sido gratificante. Además, he ido para hablar de algunas de las historias que aparecen en el ensayo «Espiritismo digital«. Aquí os dejo el programa, a partir del minuto 37 (en catalán).

https://etv.alacarta.cat/misteris/capitol/cap-69

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El Hombre del Hacha (2ª parte)

Días más tarde del ataque a los Cortimiglia (tratado en la primera parte de este artículo), la prensa recibió una carta con una petición “especial” del asesino:

Infierno, 13 de marzo de 1919

Estimado mortal de Nueva Orleans:

Nunca me han atrapado y nunca lo harán. Nunca me han visto, porque soy invisible, como el éter que rodea su tierra. No soy un ser humano, sino un espíritu y un demonio del infierno más ardiente. Soy lo que ustedes, los habitantes de Orleans y su estúpida policía, llaman el Hombre del Hacha.

Cuando lo considere oportuno, iré y reclamaré a otras víctimas. Yo solo sé quiénes serán. No dejaré ninguna pista, excepto mi hacha ensangrentada, manchada con sangre y cerebros de aquel a quien he enviado a continuación para hacerme compañía.

Si lo desea, puede decirle a la policía que tenga cuidado de no irritarme. Por supuesto, soy un espíritu razonable. No me ofendo por la forma en que han llevado a cabo sus investigaciones en el pasado. De hecho, han sido tan estúpidos como para no solo divertirme a mí, sino a Su Satánica Majestad. Pero dígales que se guarden. Que no intenten descubrir lo que soy, porque sería mejor que nunca hubieran nacido que incurrir en la ira del Hombre del Hacha. No creo que haya necesidad de tal advertencia, porque estoy seguro de que la policía siempre me esquivará, como lo han hecho en el pasado. Son sabios y saben cómo mantenerse lejos de todo daño.

Sin lugar a dudas, ustedes, orleanianos, piensan en mí como el asesino más horrible, lo cual soy, pero podría ser mucho peor si quisiera. Si lo deseara, podría visitar su ciudad todas las noches. A voluntad, podría asesinar a miles de sus mejores ciudadanos (y a los peores), ya que estoy en estrecha relación con el Ángel de la Muerte.

Ahora, para ser exactos, a las 12:15 (hora terrenal) del próximo martes, por la noche, voy a pasar por Nueva Orleans. En mi infinita misericordia, les haré una pequeña proposición a ustedes. Aquí está:

Soy muy aficionado a la música de jazz, y juro por todos los demonios en las regiones inferiores que cada persona se salvará en cuyo hogar una banda de jazz esté en pleno apogeo en el momento que acabo de mencionar. Si todos tienen una banda de jazz en marcha, bueno, entonces, tanto mejor para ustedes. Una cosa es cierta, y es que algunas de las personas que no se animen en esa noche de martes específica (si es que hay alguna), obtendrán el hacha.

Bueno, como tengo frío y anhelo la calidez de mi Tártaro natal, y ya es hora de dejar su hogar terrenal, dejaré de hablar. Con la esperanza de que publique esto, que le vaya bien. He sido, soy y seré el peor espíritu que haya existido en la realidad o en el reino de la fantasía.

El Hombre del Hacha

Ante el temor de convertirse en nueva víctima, la ciudad de Nueva Orleans se llenó de música en hogares y bares repletos. Pocos fueron los que decidieron retar al asesino y no seguir sus indicaciones.

Lo cierto es que, durante esa noche, no se produjo ningún ataque.

Últimas apariciones del Hombre del Hacha

El tendero Steve Boca se despertó el diez de agosto de 1919 en la cama, viendo a un hombre de pie sobre éste, justo segundos antes de recibir un golpe con el hacha en la cabeza. Al volver en sí, sangrando, salió a la calle hasta llegar a casa de un vecino, Frank Genusa, en donde se desmayó.

Casi un mes más tarde, el tres de septiembre, Sarah Laumann, una joven de diecinueve años, fue hallada por sus vecinos en la cama, con un golpe en la cabeza y faltándole varios dientes. El agresor había accedido a la casa por una ventana abierta, y el hacha se dejó en el jardín delantero.

La última víctima, en este caso mortal, fue Mike Pipetone, el veintisiete de octubre. Fue su esposa, Esther Albano, quien lo encontró en el dormitorio, al escuchar unos ruidos en el interior. Allí se encontró a un hombre de gran tamaño golpeando a su marido con el hacha, la cual le había provocado heridas muy graves y dejó grandes chorretones de sangre por paredes y techo. Éste huyó.

Un año más tarde, en Los Ángeles, Joseph Mumfre, un ex convicto que fue puesto en libertad en 1911 y en 1918, tras una nueva condena, y considerado sospechoso del crimen de Pepitone, fue tiroteado por la viuda de éste. Ante la falta de informes sobre este incidente, se ha especulado que Joseph era en realidad un extorsionador y chantajista de la mafia italiana, Frank “Doc” Mumphrey, condenado por agresión en 1900, secuestro en 1907, y la explosión de una tienda italiana en 1908.

La policía consideró que los motivos del criminal podían estar relacionados directamente con la mafia o por un odio racial, al ser casi todas las víctimas italianas o italoamericanas, aunque también valoraron la posibilidad de que existiese un motivo sexual y que la agresión a hombres sólo fuese algo secundario. Sin embargo, el detective retirado, de origen italiano, John Dantonio, tenía muy clara una cosa: el criminal podía tener mucho que ver con crímenes ocurridos entre 1911 y 1912 en otras zonas del país con modus operandi del mismo tipo.

Asesinato en Villisca

En la noche del nueve al diez de junio de 1912, dos adultos y seis niños fueron asesinados con una crueldad desmedida en una casa de Villisca, al suroeste de Iowa.

Esa noche, la familia Moore, compuesta por el matrimonio, Josiah y Sarah, de cuarenta y tres y treinta y nueve años, y sus hijos, Herman Montgomery, Mary Katherine, Arthur Boyd y Paul Vernon, de once, diez, siete y cinco años, había acudido a los oficios del Día del niño, coordinados por la mujer. Al finalizar, a las nueve y media, se dirigieron a casa junto a dos vecinas, las hermanas Lena Gertrude e Ina Mae Stillinger, de doce y ocho años, a las que había invitado a dormir la hija de los Moore.

Sobre las siete de la mañana, Mary Peckham, vecina de los Moore, acudió a casa de éstos al no verlos a esas horas, cuando era habitual que madrugaran para llevar a cabo las tareas, como soltar a las gallinas. Lo más extraño para ella fue encontrarse con todas las ventanas cubiertas por cortinas y telas. No consiguió abrir la puerta, por lo que llamó al hermano de Josiah, quien usó su propia llave para entrar en la vivienda. Lo primero con lo que se encontró fue con los cadáveres de Ina y Lena, en las camas del cuarto de invitados: tenían la cabeza destrozada a golpes, y Lena mostraba cortes en un brazo, una posible herida defensiva; su camisón había sido levantado hasta la cintura, y carecía de ropa anterior. Un más que probable abuso sexual, pero no mostraba lesiones de este tipo.

El oficial de paz, Hank Norton, que se personó en la escena, continuó el recorrido por la vivienda. Los cadáveres de los hijos de los Moore permanecían en sus camas, con heridas de golpes (entre veinte y treinta) en la cabeza, como si los hubiesen atacado mientras dormían. El matrimonio yacía igual en el dormitorio principal, pero en el rostro de Josiah se habían ensañado más, hasta el punto de destrozar los ojos. Sólo con él habían empleado el filo de un hacha de su propiedad, encontrada en la misma estancia, limpia.

El crimen se había producido entre la medianoche y las cinco de la madrugada, según los médicos, y el asesino (o asesinos) pudo permanecer escondido en el desván, por un par de colillas dejadas en el lugar.

Varios fueron los sospechosos, desde un enemigo personal de Josiah, Frank Fernando Jones, al que le había arrebatado sus negocios, al reverendo pedófilo Lyn George Jackson Kelley, y dos asesinos seriales que tenían el hacha como arma habitual de sus crímenes, William “Blackie” Mansfield y Henry Lee Moore.

Fuese quien fuese el artífice (o artífices) de los crímenes de Nueva Orleans y Villisca, jamás fue descubierto.

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El Hombre del Hacha (1ª parte)

Veintidós de mayo de 1918, residencia de los Maggio, esquina de Upperline Street y Magnolia Street. El matrimonio, compuesto por Joseph y Catherine Maggio, descansa en su dormitorio, una de las habitaciones que forman parte de ese edificio, que, a la vez de vivienda, cumple las funciones de tienda de comestibles y bar. En algún momento de la noche, un intruso accede a la casa, empuñando una navaja de afeitar y un hacha que pertenece al propio Joseph. Éste recibe un primer golpe en la cabeza, asestado con el arma, para, a continuación, ser degollado, como su esposa. La hoja del hacha continúa su trabajo, destrozando el cráneo de ambos.

Dos horas más tarde, los hermanos de Joseph, Jake y Andrew, que viven en el mismo edificio, acceden al dormitorio de la pareja, al no saber de ellos y escuchar un sonido extraño y apagado. Entonces es cuando descubren los cuerpos del matrimonio Maggio: la mujer, con un corte tan profundo que casi la ha decapitado, mientras el hombre, sorprendentemente, a pesar de las graves heridas, permanece con vida.

Primer sospechoso

Antes de que la policía llegara al domicilio, Joseph Maggio fallecía junto al cadáver de Catherine. La policía investigó el escenario, que no mostraba signos de robo, aunque habían accedido a la vivienda por una puerta trasera a la que le habían extraído minuciosamente un panel con la ayuda de un cincel de madera, que se dejó en el lugar. Hallaron en el cuarto de baño las prendas ensangrentadas del asesino, que debió limpiarse y mudarse de ropa tras el crimen, y el hacha empleada. En el exterior, se encontró un escrito hecho con tiza en una pared, sin sentido, que decía “Señora Maggio se sentará esta noche al igual que la señora Toney”. En el césped de la casa vecina, se encontraba la navaja con la que le habían cortado el cuello.

Andrew Maggio fue detenido como sospechoso porque la navaja había sido de su propiedad, según Esteban Torre, un empleado de éste, que trabajaba en la barbería de su propiedad, que tenía en Camp Street. Al parecer, un par de días antes, había decidido deshacerse de ésta porque tenía la cuchilla defectuosa. Además, la policía encontró extraño que, estando en casa en el momento del crimen, no hubiera escuchado nada, a lo que él respondió que venía borracho tras una celebración, ya que al día siguiente se iba a enrolar en la Armada.

Fue absuelto.

Un nuevo ataque

Un mes más tarde, el veintisiete de junio, el asesino volvió a actuar. En esta ocasión, en la tienda de comestibles del polaco Louis Besumer, en la esquina de Dorgenois Street y Laharpe Steet. De madrugada, mientras dormía con su amante, Harriet Lowe, en una de las habitaciones traseras, de madrugada, fue asaltado por un hombre que se había apoderado de su hacha. Recibió un fuerte golpe en la sien derecha; ella, otro en la oreja izquierda, que le paralizaría el rostro.

A eso de las siete de la mañana, llegó el reparto del pan de Johan Zanca, que, al no encontrar ninguna puerta abierta, fuerza una para poder entrar. En el interior, inconscientes, con las caras bañadas en sangre, yace la pareja, que es trasladada al hospital. Como en el caso anterior, el hacha se encontró en el baño, y el intruso que los había agredido había accedido a través de un panel extraído a la puerta trasera.

En esta ocasión, el detenido como sospechoso fue un antiguo empleado de Besumer, el afroamericano, de cuarenta y un años, Lewis Oubicon, reforzado por una mala coartada y por la acusación de la mujer, que dijo que un mulato los había atacado, pero fue absuelto al no encontrarse pruebas contra él.

Investigando la vivienda, se encontró una serie de correspondencia en alemán, yiddish y ruso, perteneciente a Besumer, lo que hizo que las autoridades lo vigilaran de cerca al considerarlo un posible espía alemán. Además, fue detenido en agosto de 1918, al ser inculpado del ataque por Harriet, quien moriría en el Hospital de la Caridad el día cinco de ese mes por producirse un fallo durante la intervención quirúrgica para reconstruirle el rostro.

Besumer pasó nueve meses en prisión, hasta ser absuelto el uno de mayo de 1918.

Una figura oscura

El mismo día en el que fallecería Harriet Lowe, otro ataque se producía en Emira Street. Pasada la medianoche, Edward Schneider llegaba a casa del trabajo. Al entrar al dormitorio, quedó paralizado: su esposa, Anna Schneider, de veintiocho años, y embarazada de ocho meses, permanecía sobre la cama ensangrentada, con parte del cuero cabelludo arrancado, y varios golpes en la cabeza.

Al recuperar la consciencia, ya en el hospital, indicó que no recordaba gran cosa, excepto a una figura alta y oscura que estaba de pie sobre la cama, y que fue la que lo golpeó. Pero, a diferencia de casos anteriores, utilizó como herramienta del crimen una lámpara.

Dos días más tarde, dio a luz a una niña totalmente sana, y, como sospechoso, se detuvo a un ex convicto, de nombre James Gleason.

Histeria colectiva

El último crimen del año 1918 se produjo el ocho de agosto, cuando Pauline y Mary Romano acudieron a la habitación de su tío, Joseph Romano, tras escuchar una serie de ruidos que las había despertado. La cabeza del anciano, que vivía con ellas, mostraba dos heridas abiertas, de donde manaba la sangre de forma descontrolada. Lograron ver, según dieron testimonio a la policía, justo en el instante en el que huía, a un hombre corpulento, traje negro, piel oscura, con el rostro medio cubierto por el ala del sombrero.

Como en una estrategia de distracción, la casa había sido revuelta, pero nada fue sustraído del interior. El hacha empleada se abandonó en el patio trasero, en donde extrajeron el panel de la puerta para poder entrar, usando un cincel de madera.

Joseph pudo, a pesar de las heridas, llegar hasta la ambulancia por su propio pie, pero fallecería a los dos días en el hospital.

No fue hasta entonces que la histeria estalló en Nueva Orleans. La gente se atrincheraba en casa, haciendo turnos armados, para proteger a las familias, se hacían denuncias sobre posibles sospechosos, y se podía ver a aquel hombre empuñando el hacha en cualquier esquina, basándose en centenares de testimonios de dudosa fiabilidad.

Nuevo año, nuevo crimen

Tras unos meses de paz, en donde la población se relajó al creer que el asesino, al que la prensa había bautizado como “El Hombre del Hacha”, se había esfumado, bien por haber abandonado la ciudad, por haber sido detenido o, para mayor suerte, haber fallecido, se produjo un nuevo asesinato, en esta ocasión, en Gretna, Lousiana, unos suburbios al otro lado del Mississipi, mucho más brutal que cualquiera de los anteriores, al ser la víctima un bebé.

El diez de marzo de 1919, el tendero Iorlando Jordano había acudido a casa de la familia Cortimiglia, en la esquina de Jefferson Avenue y Second Street, tras escuchar gritos provenientes de ésta, en plena noche. En la entrada, herida y desgarrada por el dolor, Rosie Cortimiglia sostenía a su hija muerta en brazos, asesinada a golpes de hacha. Charles, el marido, también herido por el atacante, permanecía en el suelo inconsciente. El procedimiento había sido el mismo que en los crímenes anteriores.

Trasladados al Hospital de la Caridad, ella culpó del ataque a Jordano y al hijo de éste, Frank, de dieciocho años. Fueron arrestados y condenados, a cadena perpetua el padre, y a ser ahorcado el hijo, a pesar de que era poco probable que ellos hubieran cometido el crimen: Iorlando tenía sesenta y nueve años y problemas de salud, que le hubieran impedido causar tales daños, y Frank era demasiado grande como para colarse por el hueco abierto en la puerta trasera. Pero el asesinato de la niña era imperdonable, y nubló el juicio del jurado.

Charles Cortimiglia hizo lo posible para evitar la detención y el juicio, exonerándolos de toda culpa, y esto desembocó en que se divorciara de su esposa por calumniar contra unos vecinos inocentes que sólo habían querido ayudar. Finalmente, fueron puestos en libertad cuando la mujer confesó haber mentido, guiada sólo por el odio y los celos hacia la familia Jordano.

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Capítulo 4: Conejo

Han pasado unas semanas desde que subí el capítulo 3 de esta historia. Si leíste éste, tal vez recuerdes que Nando estaba siendo perseguido por un enorme perro, pero algo en la hierba alta se acababa interponiendo, tomando el relevo para dar caza a nuestro periodista. ¿Quieres saber qué le ha pasado? ¡Pues aquí llega el capítulo 4! 🙂

El talón del periodista, quien sigue reculando, tropieza con un tronco cortado y cae de culo sobre la tierra pedregosa. El surco abierto en la hierba sigue hacia él… y lo que surge lo deja con la boca abierta. «Menudo cagado», se autoflagela, sonriendo. Allí, a no más de un metro de sus pies, un conejo de pelaje marrón lo observa con ojos negros, brillantes y redondos. El animal mueve la nariz, pequeña y rosada; da un pequeño salto para acercársele.

El estruendo de una detonación lo pilla por sorpresa, encogiéndose con un alarido. La cabeza del conejo ha quedado reducida a un amasijo de carne, pelo, tierra y plomo. Sólo una oreja ha sobrevivido. El cañón de la escopeta humea en la mano de un hombre, quien ahora estudia a Nando con un ojo entrecerrado.

—¿Quién carallo eres?

—Se… se lo ha cargado —balbucea. Un ligero pitido se ha instalado en los oídos por unos segundos.

—Esas alimañas son peores que los lobos. —Le ofrece la mano—. Anda, levanta y pasa. Parece que hayas visto al demonio.

—Gracias, me irá bien.

El extraño, con el arma al hombro, agarra al cadáver por las patas traseras. La sangre deja un rastro en el suelo. Dentro, lo tira a un balde metálico. La cocina de leña está encendida, llenándolo todo de un intenso olor a madera quemada. Varias pieles cuelgan de una de las paredes. Son de zorro y lobo, o eso intuye, porque les falta la cabeza. Coge un par de vasos de una vitrina de madera verde y los deja sobre la piedra blanca de la encimera, llenándolos de una bebida translúcida, que está seguro que no es agua. Con un gesto de barbilla, le indica el banco de madera para que tome asiento.

—Tú no eres de por aquí —dice, dando un tiento—. Tienes pinta de señorito de ciudad.

—A ver, de ciudad sí, pero lo otro… Si apenas llego a final de mes.

—Pues lo pareces, con ese pañuelo en el cuello y los pantalones de pitiminí.

«No me ha costado ni treinta euros todo. ¿Cómo puede creer que soy pijo? Si viera a Pelayo, ¿qué opinaría? Ese sí que es marqués, el muy cabrón». Da un trago sin pararse ni a comprobar qué es esa bebida. Inmediatamente, en cuanto se desliza ésta por la lengua, una quemazón le recorre el gaznate, reaccionando con un ataque de tos y un estremecimiento que le ha hecho sacudir la cabeza.

—Venga, rapaz, que es de los suaves —sonríe el hombre, rellenando el vaso—. Por cierto, soy Ernesto Carreiro.

—Nando… —pronuncia con la voz rasgada por el orujo—. Nando Martín.

—Y ¿qué haces por aquí? Pinta de peregrino no tienes.

—Escapar de un perro.

—Más bien parecía un conejo. Perro no vi.

—Pues bien que he corrido. Un perrazo negro. He tenido que dejar la maleta en la carretera… ¡Mierda, la maleta!

—Tranquilo, que nadie te la roba. ¿Eres turista, entonces?

—Periodista.

—Otro que viene a escribir sobre el Camino de Santiago. —Un nuevo lingotazo cuela por su garganta—. Anda que no aburre ya el asunto.

—No, nada de eso. Estoy aquí para investigar la casa Armesto. ¿La conoce?

Carreiro no responde. Ha quedado mudo al instante. Los ojos han tomado una expresión entre desconfiada y hostil. Apura el aguardiente.

—Coge la maleta y regresa a tu vida de señorito de capital. No has perdido nada en este lugar.

—Pero…

—Es el consejo que te puedo dar. Ese sitio no tiene nada bueno.

—¿Podría explicarme…?

—¡No hay nada que explicar, coño! ¡Que te marches o…!

Calla, y esta vez es por otro motivo. Es apenas audible, pero un sonido amortiguado se ha impuesto. El hombre traga saliva copiosamente, llevando la mirada hacia el barreño. Un conejo blanco, tan grande como el que ha liquidado, tiene las patas delanteras apoyadas en éste. Vuelve la cabeza hacia ellos, los ojos brillantes, rojos como la sangre que ensucia el hocico, el cual se abre y cierra con una porción de carne entre los dientes.

Entonces grita. Y ese sonido estremece a Nando y a Ernesto, porque es un alarido terriblemente humano: el de un niño.

Publicado en entrevistas y colaboraciones

«The Blob»

Como algunos ya sabréis, formo parte de la sección «Basado en hechos reales» del programa radiofónico de misterio «Informe Enigma», dirigido y presentado por JORGE RÍOS, y en donde hablo de diversas películas y series de terror que, supuestamente, han tenido una base real que sirvió de inspiración para su realización. En esta ocasión, la película ha sido «The Blob». Aquí os dejo el audio 🙂

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Publicado en Artículos

Sobre casas encantadas

Al adquirir una casa, ya sea de compra o alquiler, nos preocupamos en buscar posibles defectos en la construcción: problemas eléctricos, de impermeabilidad, insonorización o pavimentación, de grietas, dilatación o desnivel. Pero nos olvidamos de otras anomalías que pueden turbar nuestro día a día, hacer que la calidad de vida disminuya de un modo considerable, hasta un punto aterrador y nefasto. ¿Y si ese mal o “defecto” ha decidido permanecer oculto, acechante, vigilando mientras contemplas la televisión, comes en la terraza o duermes plácidamente, listo para abalanzarse como un tigre famélico en el momento más inesperado y de mayor vulnerabilidad? No nos detenemos a pensar que algo que puede escapar de nuestra lógica es el encargado de alterar nuestro hogar, algo que podría ponerle la popular etiqueta de casa encantada.

Tal vez el cine, la literatura y el folklore tengan parte de culpa al imponer una imagen con la que relacionamos a este tipo de viviendas: la de caserones antiguos, muchos abandonados, con largos pasillos, habitaciones siniestras que parecen replegarse sobre uno mismo, y un pasado terrible que todos parecen conocer, menos los inquilinos. Ahí reside el principal error, porque estos edificios tienen la facilidad de mimetizarse hasta pasar inadvertidos, ya sea en una fabulosa urbanización, un idílico hotel de montaña o un reputado internado en el extranjero. Y lo mismo sucede al generalizar y pensar que siempre es cosa de fantasmas. Es cierto que pueden ser contenedores espectrales, pero también portales a otras dimensiones (tanto de entrada como de salida), víctimas de maleficios, proyectores del pasado, construcciones en terrenos inapropiados, o parte del imaginario colectivo que intensifica su poder bajo la influencia del boca-oreja.

Sea lo que fuere, tal vez estás viviendo en una y, mientras lees esto, vayas atando cabos. Entenderás que los pasos que has escuchado en el desván no tienen por qué tener dueño; que los susurros de la chimenea no están relacionados con corrientes de aire; que la sombra que se perfila en el pasillo, aunque humana, no posee patrón original; que el reflejo en el espejo del baño no acaba de concordar con el tuyo; que siempre haya un estruendo espantoso en la cocina, aunque, al llegar a ésta, todo esté en orden; o que los animales eviten a toda costa entrar en el jardín. Entonces, puede que corras en busca de una solución, de un experto que trate de dar una explicación, de purificar cada estancia, de practicar un exorcismo que expulse lo que allí mora, pero piensa que no siempre es efectivo. Es como en esos casos en los que se cae un bote de pintura y ésta se derrama por completo: por mucho que la limpies, siempre quedan gotas ocultas imposibles de encontrar, y de borrar. Y si el planteamiento, como solución final, es el de abandonar el lugar, ¿quién dice que el mal no esté en ti, o contigo, y que te seguirá allá donde vayas, para que no descanses jamás?

Lo queramos o no, las casas embrujadas existen, y respiran, sienten y, en el peor de los casos, muerden.

Si te apasiona este tema tanto como a mí, te invito a que te adentres en mi libro «Anatomía de las casas encantadas«.

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Gracias, señor Stoker

«Me cobraré mi venganza. La extenderé durante siglos.

El tiempo está de mi lado»

Drácula, Bram Stoker

Si has escuchado o leído alguna de las entrevistas que me han realizado y que he subido a este espacio, sabrás que mi iniciación en la literatura de terror empezó a los nueve años, con “Narraciones extraordinarias”, de Edgar Allan Poe. Sin embargo, el auténtico impacto lo recibí de otra obra, que leí en ese mismo verano. Me recuerdo agazapado bajo el escritorio del viejo despacho de una casa aún más vieja, con un ejemplar de “Drácula” que encontré en una de las librerías (las mismas que custodiaban el volumen de Poe), escondido como el niño que fuma un cigarro con la intención de crecer prematuramente. Fue como una primera experiencia sexual: caótica e inolvidable. Bajo la luz amarillenta de una linterna de latón, me fui nutriendo de aquel libro ajado, como lo haría el vampiro a lo largo de las páginas.

Pero, como digo, es un recuerdo. Uno agradable, de esos que siempre perduran en la memoria, en un rincón iluminado por el tiempo, que siempre está libre de polvo.

Hoy releo aquella obra decimonónica, como en otras ocasiones, después de más de treinta años, y me sorprende comprobar que aún consigue que aquel crío que se iniciaba en el terror emerja de mi interior.

“Drácula” es, al igual que la magnífica “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde, un cántico a lo lascivo, a la lujuria, el azote al ficticio y recatado puritanismo de la sociedad decimonónica, velado por la niebla del opio y los vapores de la absenta. ¿Que cómo puedo decir esto, si es, para algunos, una novela romántica encauzada en el terror? Porque es cierto, y ahí van unos ejemplos: el personaje de Lucy Westenra es como una muñeca hinchable manejada por Drácula a su antojo, hasta que, tras ser convertida, pasa a ser una sádica con una perversa atracción hacia los niños; la potente influencia que ejercen las concubinas del vampiro sobre Jonathan Harker, un mero juguete sexual, y que ejercitan, de nuevo, sobre el viejo profesor Van Helsing; y el más claro, el sometimiento de Mina ante su marido dormido por el Conde, donde se insinúa una fuerte pulsión erótica, pero sin mostrar demasiado.

El vampirismo es el usurpador de los instintos primarios, una plaga sexual que, en caso de la novela, afecta principalmente a las mujeres; pero, en realidad, viene a ser un reflejo del mismo desastre que también vampirizó a muchos ciudadanos de la época, incluyendo al propio Stoker: la sífilis.

Pero la pregunta importante es qué se sabe realmente de Drácula. ¿Se le llega a conocer? La primera vez que lees esta obra, y más si es a tan temprana edad, apenas te das cuenta de que el personaje que da nombre al título no es más que un miembro del reparto; es el cine el que le da, posteriormente, un protagonismo importante, el que se merece. El lector se basa en el juicio que ofrecen Harker (especialmente él), su séquito de cazadores y las víctimas, pero en ningún momento se le permite al propio vampiro dar su punto de vista, así que tampoco sabemos qué es lo que le mueve a matar. ¿El temor a la extinción? ¿Un deseo de erradicar a la humanidad? ¿O ese toque seductor y melancólico de anhelo por un alma gemela que le han otorgado novelas póstumas que casi destruyen su auténtico ser, perverso y diabólico? Lo que está claro es que el personaje es difuso, y ni siquiera se muestra directamente cómo se nutre de sangre, aunque tal vez sí de la psique, como sucede con el desdichado Jonathan, al que acaba transformando en un ser débil, sumiso y de envejecimiento prematuro, una clarísima plasmación de la imagen que tenía Stoker de sí mismo.

Habrá quien opine que lo más normal sería que el autor crease al gran vampiro a su imagen, pero no anda tan desencaminado: Drácula fue trazado como el alter ego que tanto codiciaba Stoker y que jamás pudo ser: apuesto, poderoso, hipnótico, como Henry Irving, en quien se inspiró y para quien trabajaba, al que podríamos añadir que era un tirano que rozaba la sociopatía. Y puestos a hablar de personajes, merece una mención honorífica Abraham Van Helsing, que pasa de ser un hombre de ciencia a un místico anegado por el ocultismo con una facilidad poco justificable (y creíble), como si fuese un miembro más de The Golden Dawn, la sociedad a la que perteneció Bram Stoker.

A diferencia de otras obras de terror o de género fantástico, donde, en ocasiones, se crean mundos y escenarios inexistentes, “Drácula” se caracteriza en que la gran mayoría de éstos son reales, lugares que merecen ser visitados, tanto si eres un amante de la obra como si no. Pasear por la costa de Whitby, donde el cielo es eternamente gris, como una capa de aluminio deslustrada, imaginando al Demeter varado en la tierra apelmazada, rodeado por peñascos grotescos y acantilados, donde aún se conserva la vieja abadía en ruinas; recorrer el zoo de Regent´s Park y detenerte ante la jaula de los lobos; o, lo mejor, visitar el cementerio de Highgate, un auténtico escenario de la Hammer, donde las lápidas son arrastradas a la tierra por las raíces y devoradas por la hiedra, hay multitud de símbolos que hacen referencia a Saint George (que nadie se esfuerce en esperar a que aparezcan llamas azules en uno de los sepulcros para indicarles que hay un tesoro debajo, otra muestra del conocimiento esotérico de Stoker), y donde aquel que sea muy danbrowniano puede entretenerse buscando tumbas masónicas.

Resumiendo, creo que jamás una indigestión de cangrejo hizo tanto por y para tantos. Ojalá, algún día, un atracón de pizza consiga crear una obra inmortal como esta.

Desde aquí, le doy las gracias, señor Stoker.

Publicado en Anécdotas, Varios

Somerset y Collier County

Siempre es agradable que den el chivatazo de que uno de tus libros se encuentra en bibliotecas y librerías de otros países. En esta ocasión, son tres las obras («Anatomía de las casas encantadas«, «Descendiendo hasta el infierno« y «Espiritismo digital«), y dos las bibliotecas, en EEUU, siendo más concreto, en Somerset (Nueva Jersey) y en Collier (Florida). Lo curioso es que en la Somerset aparece en la sección… romántica 🙂 Aún así, eternamente agradecido por acoger algunos de mis libros 😀