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Jenny Greenteeth (2ª parte)

El veintitrés de septiembre de 1954, el agente de policía Alex Deeprose se quedó asombrado al encontrar, en el interior de la Necrópolis del Sur de Glasgow, a cientos de niños armados con estacas afiladas y cuchillos. Este grupo había acudido, por tercera noche consecutiva, para cazar a un supuesto vampiro con dientes de hierro y más de dos metros de altura, que merodeaba el área obrera de Gorbals, y que habría secuestrado a dos niños de la zona.

El caso se hizo muy popular, acusando, en un principio, que cómics de terror como Tales from the cryt y Vault of horror eran los responsables de haber perturbado aquellas mentes infantiles, pero enseguida hubo quienes consideraron que, tal vez, ese vampiro no era tal, y que, en su lugar, basándose en su aspecto, podía ser la versión escocesa de Jenny Greenteeth (para saber más, no te pierdas la primera parte de este artículo), popular por una historia regional, mencionada en el poema Jenny wi´ the airn teeth, de Alexander Anderson. En éste, la bruja acecha a los niños que no descansan junto a sus madres, llevándoselos para ser engullidos.

En febrero de 2018, Karen Hargreaves, una turista australiana que se encontraba dando un paseo por los jardines del cementerio de Saint James, captó una imagen que asegura que pertenece a Jenny Greenteeth, y lo hizo tras apuntarse, en Facebook, a un grupo aficionado a lo paranormal del condado de Merseyside, en Liverpool, y en donde se habían expuesto otras fotografías de la bruja en este enclave. Lo curioso es que este encontronazo ocurrió cuando formaba parte de una excursión organizada por contadores de relatos de fantasmas de la zona, dirigido por Keith Braithwaites a través de la misma red social, y esto ha hecho que sean muchos los que lo tachen de fraude, de que podía formar parte del espectáculo ofrecido por el tour.

Lo cierto es que este cementerio, inaugurado en 1829, construido sobre una antigua cantera de piedra, tras la catedral del Liverpool, y reconvertido en parque, es un punto con varias apariciones fantasmales e, incluso, de vampiros.

Nada que ver con la ficción

Pero, lejos del imaginario popular, la realidad de la brujería estuvo muy presente durante la Edad Media, y muchas 

fueron las mujeres acusadas de practicar la misma. En la mayoría de los casos, éstas poco tenían que ver con el aspecto ajado y aterrador de personajes como Jenny Greenteeth, aunque el juego de “boca-oreja” se encargaba de deformarlas y afearlas, y de ennegrecer la realidad.

En el primer cuarto del siglo XIV, Alice Kyteler se convirtió en la primera persona registrada en ser condenada por brujería. Casada en cuatro ocasiones, fue acusada por primera vez, en 1302, de haber asesinado a su primer esposo, William Outlaw, con ayuda del segundo, Adam Blund de Callan, pero consiguió sepultar las habladurías gracias a un donativo generoso, y culpó a que todo había sido un ataque de aquellos que envidiaban su poder económico.

Años más tarde, en 1324, fue acusada formalmente de brujería. Tras fallecer su cuarto marido, John Poer, por envenenamiento, los hijos de éste, junto con los de los anteriores, cargaron contra ella por asesinato. Las acusaciones, en las que también se incluyeron a los que consideraban sus seguidores, como la sirvienta Petronilla de Meath, además de por estos crímenes, fueron por provocar la posesión mediante un demonio menor, negar la fe de Cristo y de la Iglesia, usar brujería y brebajes para controlar a los cristianos, mantener reuniones nocturnas y practicar la magia negra en el interior de iglesias, y por sacrificar animales a los demonios en las encrucijadas.

Aprovechando su clase social, y sus contactos en altos cargos, Alice se libró de un primer ataque por parte del obispo de Ossory, Richard de Ledrede, que fue encarcelado e interrogado por el senescal de Kilkenny, Sir Arnold le Poer.

En un segundo intento, el obispo, tras ser liberado, amparado por una ley que daba poderes seculares a la iglesia, consiguió que Kyteler y sus acólitos fueran juzgados por herejía, excomulgar mediante el uso de la magia, hacer sacrificios a los demonios y practicar la comunión con éstos, asesinato, y tener relaciones sexuales con demonios y cristianos, despreciando las creencias y todo lo relacionado con estos últimos. Aunque ella pudo escapar, porque Roger Utlagh, canciller de Irlanda, amigo de Alice, y hermano de su primer esposo, pidió que todos ellos, antes de que se produjera el arresto, tuvieran cuarenta días de excomulgación.

Mediante la tortura, Petronella de Meath hizo una confesión de brujería, y su participación en varios de los delitos de los que habían sido acusados. Esta es parte de la declaración de ella, apuntada por Richard de Ledrede:

En una de estas ocasiones, en la encrucijada fuera de la ciudad, había ofrecido tres gallos a un demonio, a quien llamó Robert, hijo de Art, desde las profundidades del inframundo. Ella había derramado la sangre de los gallos, había cortado los animales en pedazos y había mezclado los intestinos con arañas y otros gusanos negros, así como escorpiones, con una hierba llamada milhojas, y otras hierbas y gusanos horribles. Ella había hervido esta mezcla en una olla con el cerebro y la ropa de un niño que había muerto sin el bautismo, y con el de un ladrón que había sido decapitado.

Petronella dijo que ella lo había hecho varias veces por instigación de Alice, y una vez, en su presencia, consultó a demonios y recibió respuestas. Ella había aceptado un pacto por el cual sería el medio entre Alice y el llamado Robert, su amigo.

En público, dijo que con sus propios ojos había visto al demonio mencionado anteriormente con tres formas, de tres hombres negros, cada uno con una vara de hierro en la mano. Esta aparición ocurrió a la luz del día, ante la mencionada Alice y, mientras la misma Petronella estaba observando, la aparición tuvo relaciones sexuales con Alice. Después de este acto vergonzoso, con su propia mano, ella limpió el lugar asqueroso con sábanas de su propia cama.

La mujer fue azotada y condenada a morir en la hoguera, hecho que ocurrió el tres de noviembre de 1324. De Alice Kyteler no se volvió a saber nada más tras su huida, teóricamente, a Inglaterra.

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Jenny Greenteeth (1ª parte)

Se tiene la imagen preconcebida de que las brujas son personajes aterradores, viejas de mal aspecto, encorvadas y verrugosas, y esto es gracias al folklore y los cuentos de hadas. Precisamente, de esta tradición surge una de las imágenes más terroríficas y populares, explotada en infinidad de ocasiones en libros, cómics, series y películas, una criatura nacida del imaginario británico: Jenny Greenteeth, o Jenny Dientesverdes. 

La bruja del agua

De cuerpo verde, cabello húmedo, que bien podrían ser algas, y una dentadura de dientes afilados, Jenny Dientesverdes es el personaje de una serie de historias populares para crear el temor entre los más pequeños, para que se guarden de acercarse solos a ríos, ciénagas, pantanos o estanques. Según la leyenda, esta bruja habitaría estos lugares, sumergida en el agua, al acecho de niños incautos que rondaran las orillas, bien jugando, pescando o, simplemente, descansando un rato. Los largos dedos correosos de ésta, coronados por uñas largas y curvas, aprovechando el mínimo despiste, atraparían a los confiados (a veces, también hombres), para arrastrarlos a las profundidades, en donde los devoraría con calma, hasta la siguiente presa.

Las diversas Jenny´s

Ya con anterioridad al siglo XII, existen narraciones en donde se mencionan criaturas con gran semejanza con Greenteeth. Es el caso de los grindylow, basados en Grendel, personaje del poema épico “Beowulf”, un morador de las ciénagas, devorador de hombres, con aspecto medio humano, medio monstruo. Estos seres, como Jenny, poseen dientes afilados, piel verdosa y manos de dedos largos, similares a garras, y aguardan en las orillas, entre algas y juncos, para cazar no sólo a niños, sino también a los ancianos, de los que se alimentan.

Los fuegos fatuos, o will-o-the-wisp, presentes en zonas pantanosas por la inflamación de cadáveres o vegetación en descomposición, pueden ser portadores de un destino terrible. Al este de Inglaterra, muchas son las historias que relatan cómo viajeros y curiosos han perecido tras acercarse a estas llamas, convencidos que indicaban puntos en donde se habían enterrado tesoros. Sin embargo, se dice que en realidad eran trampas de la bruja acuática Ginny Burntarse, agitando una linterna como señuelo.

En los bosques de Cheshire, así como en la Reserva Natural Nacional Wybunbury Moss, mora Nelli Longarms, quien pasa las noches entre árboles, en donde se puede escuchar su respiración, si la brisa lo permite. Su lugar predilecto son los pozos, desde donde espera, en lo más profundo, a aquellos que allí van a coger agua. Entonces, extiende sus largos brazos (de ahí el apellido) y los captura hacia el interior. 

La espuma blanquecina formada en el río Tees, recibe el nombre de Peg Powler´s Suds, mientras que la que se forma en la orilla se llama Peg Powler´s Cream. Y es que, en esta zona cercana a la ciudad de Darlington, Jenny es sustituida por Peg Powler, o el Gran Fantasma Verde, caracterizada con trenzas verdes. Este personaje es utilizado para asegurar la presencia de los niños en la iglesia los domingos, día preferido por la bruja para cazar.

En la estación de tren del distrito de Garston, en Liverpool, hay una placa que relata la historia de una bruja local, de nombre Screeching Ginny:

El quince de noviembre de 1959, un grupo de niños jugaba cerca del ferrocarril, en Garston Dock Station. De repente, una bruja fea apareció y los persiguió, volando tras ellos y chillando con la voz más alta.

En el camino de Santa María, ella abandonó la persecución, pero los niños siguieron corriendo.

Un niño local, de diez años, corrió por Russell Road hasta donde su abuelo lo estaba esperando. Le contó a su abuela lo de la bruja. Ella le dijo, entonces, que era Screeching Ginny.

Según el folklore local, Ginny era de una familia extraña, que la gente pensaba que estaba compuesta por brujas. Se había mudado a una casa en Cressington. Se dijo que las personas a las que no le gustaba a la familia murieron en extrañas circunstancias.

Ginny se había enamorado de un chico de la zona, y lo hechizó para que la amara, pero su madre rompió el embrujo. El joven se comprometió con otra persona, y Ginny quedó desconsolada.

Ella lo siguió a él y a su novia a la estación, donde corrió chillando a las vías y fue arrollada por un tren.

Se dice que su fantasma aún sigue presente en Garston Dock Station, incluso después de que fuese cerrada en la década de 1940.

Sin embargo, hay lugareños que cuentan que Ginny es mucho anterior a la propia estación, y la sitúan en la época victoriana, en donde una esposa fue abandonada y, afectada por el dolor, perdió la vida junto a una torre de agua que todavía está en pie.

Versiones internacionales

Jenny Greenteeth no es un personaje del folklore exclusivo de tierras británicas. Siguiendo la mitología eslava, existe una criatura que frecuenta lagos y ríos, en algunas ocasiones considerada un fantasma (mujeres que han fallecido de forma trágica y/o violenta), y en otras, una bruja, un demonio o una ninfa, conocida como rusalka. Ya hace aparición en la recopilación de cuentos de “Las mil y una noches”, en la historia titulada “El príncipe y la rusalca”, que se narra en la quinta noche de Sahrazad y el rey Sahriyar. Esta especie de sirena de aguas dulces, de cabellos verdes y siempre mojados (que se seque, puede llevar a su muerte), no tiene predilección por los niños, sino por jóvenes apuestos a los que seduce para conducirlos con ella al agua y, allí, comérselos. Como en el caso de Nelli Longarms, puede abandonar su refugio para recorrer campos o trepar árboles.

De aspecto monstruoso, dentro de la tradición japonesa, se conoce un yōkaial que temen granjeros y aldeanos, y del que están en alerta cuando acuden a fuentes, lagos o estanques. Se trata del Kappa (también conocido por los nombres de Kawako, Kawataro, Komahiki, Kaori o Gataro). De características humanoides, le dan aspecto de batracio, con la piel verde y cabellos de alga, a veces con caparazón de tortuga, y una oquedad en la coronilla siempre rellena de agua. Dentro de su alimentación, además de niños, se pueden alimentar de animales y pepinos. Entregar uno de estos logra que se centre en éste y se olvide de las víctimas humanas, que sufrirían un ataque terrible y desagradable, al arrastrar a éstas a las profundidades y succionar la sangre con el ano, que actúa como si de una boca de sanguijuela se tratase. Otro método de librarse de éste es hacer una reverencia, a la que respondería con una gran inclinación, derramando el agua de la coronilla, obligándolo a regresar el agua para no morir.

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Hablando de fantasmas y tecnología

Desde la pandemia, apenas había pisado de nuevo los platós. Ha costado bastante volver a arrancar, perder ese «acomodamiento» insano de trabajar desde casa y poco más. Por eso, regresar a «Misteris… amb Sebastià d´Arbó», en Esplugues TV, ha sido gratificante. Además, he ido para hablar de algunas de las historias que aparecen en el ensayo «Espiritismo digital«. Aquí os dejo el programa, a partir del minuto 37 (en catalán).

https://etv.alacarta.cat/misteris/capitol/cap-69

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Capítulo 4: Conejo

Han pasado unas semanas desde que subí el capítulo 3 de esta historia. Si leíste éste, tal vez recuerdes que Nando estaba siendo perseguido por un enorme perro, pero algo en la hierba alta se acababa interponiendo, tomando el relevo para dar caza a nuestro periodista. ¿Quieres saber qué le ha pasado? ¡Pues aquí llega el capítulo 4! 🙂

El talón del periodista, quien sigue reculando, tropieza con un tronco cortado y cae de culo sobre la tierra pedregosa. El surco abierto en la hierba sigue hacia él… y lo que surge lo deja con la boca abierta. «Menudo cagado», se autoflagela, sonriendo. Allí, a no más de un metro de sus pies, un conejo de pelaje marrón lo observa con ojos negros, brillantes y redondos. El animal mueve la nariz, pequeña y rosada; da un pequeño salto para acercársele.

El estruendo de una detonación lo pilla por sorpresa, encogiéndose con un alarido. La cabeza del conejo ha quedado reducida a un amasijo de carne, pelo, tierra y plomo. Sólo una oreja ha sobrevivido. El cañón de la escopeta humea en la mano de un hombre, quien ahora estudia a Nando con un ojo entrecerrado.

—¿Quién carallo eres?

—Se… se lo ha cargado —balbucea. Un ligero pitido se ha instalado en los oídos por unos segundos.

—Esas alimañas son peores que los lobos. —Le ofrece la mano—. Anda, levanta y pasa. Parece que hayas visto al demonio.

—Gracias, me irá bien.

El extraño, con el arma al hombro, agarra al cadáver por las patas traseras. La sangre deja un rastro en el suelo. Dentro, lo tira a un balde metálico. La cocina de leña está encendida, llenándolo todo de un intenso olor a madera quemada. Varias pieles cuelgan de una de las paredes. Son de zorro y lobo, o eso intuye, porque les falta la cabeza. Coge un par de vasos de una vitrina de madera verde y los deja sobre la piedra blanca de la encimera, llenándolos de una bebida translúcida, que está seguro que no es agua. Con un gesto de barbilla, le indica el banco de madera para que tome asiento.

—Tú no eres de por aquí —dice, dando un tiento—. Tienes pinta de señorito de ciudad.

—A ver, de ciudad sí, pero lo otro… Si apenas llego a final de mes.

—Pues lo pareces, con ese pañuelo en el cuello y los pantalones de pitiminí.

«No me ha costado ni treinta euros todo. ¿Cómo puede creer que soy pijo? Si viera a Pelayo, ¿qué opinaría? Ese sí que es marqués, el muy cabrón». Da un trago sin pararse ni a comprobar qué es esa bebida. Inmediatamente, en cuanto se desliza ésta por la lengua, una quemazón le recorre el gaznate, reaccionando con un ataque de tos y un estremecimiento que le ha hecho sacudir la cabeza.

—Venga, rapaz, que es de los suaves —sonríe el hombre, rellenando el vaso—. Por cierto, soy Ernesto Carreiro.

—Nando… —pronuncia con la voz rasgada por el orujo—. Nando Martín.

—Y ¿qué haces por aquí? Pinta de peregrino no tienes.

—Escapar de un perro.

—Más bien parecía un conejo. Perro no vi.

—Pues bien que he corrido. Un perrazo negro. He tenido que dejar la maleta en la carretera… ¡Mierda, la maleta!

—Tranquilo, que nadie te la roba. ¿Eres turista, entonces?

—Periodista.

—Otro que viene a escribir sobre el Camino de Santiago. —Un nuevo lingotazo cuela por su garganta—. Anda que no aburre ya el asunto.

—No, nada de eso. Estoy aquí para investigar la casa Armesto. ¿La conoce?

Carreiro no responde. Ha quedado mudo al instante. Los ojos han tomado una expresión entre desconfiada y hostil. Apura el aguardiente.

—Coge la maleta y regresa a tu vida de señorito de capital. No has perdido nada en este lugar.

—Pero…

—Es el consejo que te puedo dar. Ese sitio no tiene nada bueno.

—¿Podría explicarme…?

—¡No hay nada que explicar, coño! ¡Que te marches o…!

Calla, y esta vez es por otro motivo. Es apenas audible, pero un sonido amortiguado se ha impuesto. El hombre traga saliva copiosamente, llevando la mirada hacia el barreño. Un conejo blanco, tan grande como el que ha liquidado, tiene las patas delanteras apoyadas en éste. Vuelve la cabeza hacia ellos, los ojos brillantes, rojos como la sangre que ensucia el hocico, el cual se abre y cierra con una porción de carne entre los dientes.

Entonces grita. Y ese sonido estremece a Nando y a Ernesto, porque es un alarido terriblemente humano: el de un niño.

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Si vas al cementerio…

“Lo que adquieres tuyo es, y más tarde o más temprano vuelve a ti”

Cementerio de animales, Stephen King 

Un padre nunca debería sobrevivir a su hijo”.

La primera vez que escuché esta frase era demasiado pequeño para entenderla. Un conocido había perdido a una hija —no recuerdo bien cómo— durante unas vacaciones, así que, como era de costumbre, instalaron el velatorio en el dormitorio de ésta. Retiraron los muebles y plantaron el féretro en el centro, rodeado de cirios y flores. Lo que recuerdo con más nitidez era el olor a cera y a algo rancio que no provenía de las cuadras. Ahora me pregunto, con aquel rostro descompuesto por el dolor retornando a mi mente, si él sería capaz de hacer cualquier cosa si pudiera hacerla regresar, fueran cuales fuesen las consecuencias. 

Probablemente, sí. Yo lo haría. 

En la mente de Stephen King existe un lugar donde todo esto podría evitarse, un cementerio en el pueblo de Ludlow, Maine, escondido para el hombre en una colina, tras una inofensiva necrópolis de mascotas: el cementerio de los micmac. Esta tribu de indios americanos tenía por costumbre sepultar a sus seres queridos en este terreno, independientemente si eran personas o animales. Pero cuentan que cierto día el Wendigo, el espíritu de las tierras del norte, pasó por allí y corrompió la zona, y todo lo que hubiera enterrado en ésta. 

Y vamos si es cierto, y si no, sólo hay que ver todos los acontecimientos que sucederán a Louis Creed y a su familia (su esposa Rachel, su hija Ellie, y el pequeñín de la casa, Gage) desde que se mudan a este pueblo. Porque todo comienza cuando el gato de la familia, Church, aparece junto a la carretera 15 que hay frente a su casa, segadora de vidas de los mejores amigos de los niños, pegado a la hierba como un esparadrapo. Es entonces cuando su nuevo vecino, el viejo Judson Crandall, a quien llamaremos Jud, le conduce a este territorio tan especial, donde la tierra es dura y pedregosa, como el fondo del corazón de un hombre, que es árido, casi roca viva. 

Y Church vuelve a la vida, como otras mascotas que fueron allí enterradas, pestilente, aunque algo ha cambiado en él. Su hobby es cazar pájaros y ratas, y entregárselos a Louis, pero no como ofrenda, sino para intimidarlo, como una burla maliciosa. 

Hasta aquí, cualquier lector puede pensar que se trata sólo y únicamente de una novela de terror, pero a ver qué opinas a continuación… 

Imagina una comida feliz, en familia, en el campo, jugando con tu hijo, apenas un bebé que parlotea y camina torpemente, y que juega con una
cometa. El rollo de cordel se escapa de sus deditos, y el niño trata de atraparlo mientras todos ríen. Pero el destino sopla el juguete con aliento frío, y en una distracción, la criatura corre tras ésta hasta la carretera colindante, una arteria de hormigón salida del mismo infierno, y sigue correteando mientras tratas de alcanzarlo. A lo lejos, un rugido mecánico, un demonio de toneladas de metal y pies de caucho rodantes, que se acerca a una velocidad demencial. Y después, gritos, de neumáticos y humanos y… 

¿Ves la tragedia? Ahora el pequeño Gage Creed reside en una pequeña cárcel de madera de seiscientos dólares, y pronto irá a ocupar un cubículo no mucho más grande en el cementerio de Bangor, abandonado entre flores que también acabarán por dejarlo solo. 

Si un gato, un perro, un loro, incluso un toro, puede resucitar, ¿no lo haría también una persona? Eso es lo que intriga a Louis. Sí, y por lo que sabe Jud, sucedió una vez, con Timmy Baterman, un joven que murió en la Segunda Guerra Mundial, y que ocupó un lugar en uno de los círculos del cementerio micmac, bajo un cairn. Al principio, parecía un ser con pocas luces que pululaba sin sentido, pero la cordura fue regresando, aunque rociada de una perversidad similar a la del gato, o peor. Y en esta nueva personalidad, oculto como un parasito, algo guardaba y jugaba con los secretos más oscuros de cada vecino de Ludlow. 

Las llamas lamieron la madera de la casa de Timmy, y su carne profanada recientemente por dos balas, y la de su padre, Bill, que no soportó el nuevo aspecto de su hijo y acabó suicidándose de un disparo. 

Pero ¿quién puede culpar a Louis por intentarlo? Jud trató de disuadirlo; Víctor Pascow, una suerte de Pepito Grillo de pantalones deportivos rojos y el cráneo partido como una nuez, también lo intentó; hasta los sueños premonitorios de su hija Ellie. 

Ponte en su lugar, saltando la verja del cementerio en plena noche, pala en mano, dispuesto a matar a quien trate de sorprenderte.

Noche oscura, silencio amplificado hasta lo demencial, un puzle de lápidas, y entre éstas, la del niño, Gage. Tras un rato excavando, la herramienta choca con la madera del ataúd. El temblor se apodera de tus manos, de tu mente, pero no hay vuelta atrás; no te lo puedes permitir. Al arrancar la tapa, una pestilencia cárnica te golpea en la cara, se instala en la boca. Y ahí está, con su trajecito gris, pequeño, frágil, ¡y sin cabeza! ¿Cómo puede ser si…? Pero es el miedo lo que te hace ver mal. No le falta nada: es una máscara de moho lo que causa este efecto. Y entonces, olvidas el olor, su estado, y abrazas el cuerpo blando y destartalado como un muñeco; da igual cómo esté. Es el amor el que te mueve. 

El resto lo puedes imaginar: la ascensión hasta el cementerio micmac, y el enterramiento bajo un montón de piedras. 

La resurrección llega, aunque Gage ha dejado de ser ese niño encantador, patoso y cariñoso; lo dejó de ser en la carretera. Es siniestro, malévolo, un demonio ocupando un cuerpo inocente, hambriento de carne, y con el mismo conocimiento sobre el pozo negro que habita en la mente de cada hombre, como Timmy, tanto que conoce el secreto de su madre, cómo ella siempre ha creído que Zelda, hermana de ésta, enferma de meningitis espinal, murió por su culpa, tal vez porque siempre deseó su muerte, como la vergüenza que representaba para su familia. 

Por última vez, te pediré que vuelvas a ocupar el papel de Louis Creed. Siempre ha sido un hombre muy cabal, por ello tiene un plan de emergencia, por si realmente la cosa sale mal. 

En tu bolsillo hay tres jeringuillas llenas de morfina como para matar a un caballo, y las necesitarás, especialmente tras ver el cadáver del viejo Jud, brutalmente asesinado. Matar al gato no es ningún problema; nunca lo has apreciado. Así que un buen trozo de carne para atraerlo, y una inyección que lo devuelve a la muerte. Queda Gage, pero es sólo un niño, tu niño, solo que todo cambia cuando también es a Rachel a quien mata, dejando su cuerpo tirado en el pasillo como un pelele. ¿Qué harás? ¿Dejarás que siga vivo? ¿Y cuando lo tengas debajo de ti, con un bisturí en la mano, el rostro mutando al de un monstruo de frente estrecha, ojos amarillos, lengua larga, puntiaguda y bífida, el rostro del Wendigo, que te sonríe sardónicamente y resoplando? 

Las agujas entran en su carne corrompida, una a la altura del riñón y la otra en el brazo. Por un solo instante, el rostro de Gage vuelve a ser el de siempre, y triste, dice “¡Papi!”, y se derrumba. 

Rachel ha muerto. ¿Qué puede hacer con ella? Tal vez esta vez funcione. Tal vez tardó demasiado con Gage y por eso algo malo se apoderó de él… 

Como ves, “Cementerio de animales” es mucho más que una historia de miedo, una novela trágica que nos obliga a pensar qué camino tomaríamos nosotros al encontrarnos en esta dura situación. 

Por esto, si vas al cementerio, no olvides lo que hizo Louis Creed por amor, y el precio que tuvo que pagar por ello. Pero, como padres, hijos, hermanos… ¿no haríamos lo mismo? 

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«The Blob»

Como algunos ya sabréis, formo parte de la sección «Basado en hechos reales» del programa radiofónico de misterio «Informe Enigma», dirigido y presentado por JORGE RÍOS, y en donde hablo de diversas películas y series de terror que, supuestamente, han tenido una base real que sirvió de inspiración para su realización. En esta ocasión, la película ha sido «The Blob». Aquí os dejo el audio 🙂

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Sobre casas encantadas

Al adquirir una casa, ya sea de compra o alquiler, nos preocupamos en buscar posibles defectos en la construcción: problemas eléctricos, de impermeabilidad, insonorización o pavimentación, de grietas, dilatación o desnivel. Pero nos olvidamos de otras anomalías que pueden turbar nuestro día a día, hacer que la calidad de vida disminuya de un modo considerable, hasta un punto aterrador y nefasto. ¿Y si ese mal o “defecto” ha decidido permanecer oculto, acechante, vigilando mientras contemplas la televisión, comes en la terraza o duermes plácidamente, listo para abalanzarse como un tigre famélico en el momento más inesperado y de mayor vulnerabilidad? No nos detenemos a pensar que algo que puede escapar de nuestra lógica es el encargado de alterar nuestro hogar, algo que podría ponerle la popular etiqueta de casa encantada.

Tal vez el cine, la literatura y el folklore tengan parte de culpa al imponer una imagen con la que relacionamos a este tipo de viviendas: la de caserones antiguos, muchos abandonados, con largos pasillos, habitaciones siniestras que parecen replegarse sobre uno mismo, y un pasado terrible que todos parecen conocer, menos los inquilinos. Ahí reside el principal error, porque estos edificios tienen la facilidad de mimetizarse hasta pasar inadvertidos, ya sea en una fabulosa urbanización, un idílico hotel de montaña o un reputado internado en el extranjero. Y lo mismo sucede al generalizar y pensar que siempre es cosa de fantasmas. Es cierto que pueden ser contenedores espectrales, pero también portales a otras dimensiones (tanto de entrada como de salida), víctimas de maleficios, proyectores del pasado, construcciones en terrenos inapropiados, o parte del imaginario colectivo que intensifica su poder bajo la influencia del boca-oreja.

Sea lo que fuere, tal vez estás viviendo en una y, mientras lees esto, vayas atando cabos. Entenderás que los pasos que has escuchado en el desván no tienen por qué tener dueño; que los susurros de la chimenea no están relacionados con corrientes de aire; que la sombra que se perfila en el pasillo, aunque humana, no posee patrón original; que el reflejo en el espejo del baño no acaba de concordar con el tuyo; que siempre haya un estruendo espantoso en la cocina, aunque, al llegar a ésta, todo esté en orden; o que los animales eviten a toda costa entrar en el jardín. Entonces, puede que corras en busca de una solución, de un experto que trate de dar una explicación, de purificar cada estancia, de practicar un exorcismo que expulse lo que allí mora, pero piensa que no siempre es efectivo. Es como en esos casos en los que se cae un bote de pintura y ésta se derrama por completo: por mucho que la limpies, siempre quedan gotas ocultas imposibles de encontrar, y de borrar. Y si el planteamiento, como solución final, es el de abandonar el lugar, ¿quién dice que el mal no esté en ti, o contigo, y que te seguirá allá donde vayas, para que no descanses jamás?

Lo queramos o no, las casas embrujadas existen, y respiran, sienten y, en el peor de los casos, muerden.

Si te apasiona este tema tanto como a mí, te invito a que te adentres en mi libro «Anatomía de las casas encantadas«.

Publicado en Anécdotas, Varios

Somerset y Collier County

Siempre es agradable que den el chivatazo de que uno de tus libros se encuentra en bibliotecas y librerías de otros países. En esta ocasión, son tres las obras («Anatomía de las casas encantadas«, «Descendiendo hasta el infierno« y «Espiritismo digital«), y dos las bibliotecas, en EEUU, siendo más concreto, en Somerset (Nueva Jersey) y en Collier (Florida). Lo curioso es que en la Somerset aparece en la sección… romántica 🙂 Aún así, eternamente agradecido por acoger algunos de mis libros 😀

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La tecla muerta

El pasado viernes, tuve el enorme placer de charlar con JORGE SÁNCHEZ en su programa, La tecla muerte, sobre ouijas, creepypastas, el poder de las redes sociales y otros muchos temas que se tratan en el ensayo «Espiritismo digital» (Ed. Luciérnaga). Además, también podréis escuchar el relato ficcionado «La cueva de Morgo», de NÉSTOR GARRIDO HERNÁNDEZ, el cual tuve el placer de poder leerlo hace sólo unos meses. Como siempre, aquí os dejo el programa:

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Puesto 27

El año pasado, uno de mis relatos, «Lápidas tras las paredes», formó parte de una antología maravillosamente siniestra, «Obscura 2», de Obscura Editorial. Hoy me he enterado, a través de la cuenta de Twitter LiteraturaFantástica (@literfan), que la historia de terror que vive la pequeña Elena en Villa Salgado, una mansión marítima con un secreto terrible, se encuentra en una lista como uno de los relatos recomendados de 2021.

http://literfan.cyberdark.net/Recursos/RecomendadosRelatos.htm