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¿Miedo? Sí, gracias

El camino es tortuoso, una combinación de sombras que se arrastran y mutan en pos de ella. El miedo la está fatigando. Apenas queda fuerza en sus piernas para seguir corriendo, y la última dosis de adrenalina que ha segregado su cuerpo se ha perdido por el pantalón, humedecido por la orina. Mira hacia atrás. Los jadeos la siguen, y la atraparán en pocos segundos. Pero no ve la mano que espera ante ella para cerrarse en su garganta.

¡Mierda! Son las dos de la madrugada, y sólo te quedan cuatro horas para levantarte de la cama e ir a trabajar. Pero el capítulo se ha acabado aquí, y te pica la curiosidad por si matan a la chica. Pero tienes que dormir. Apagas la luz, y comienza tu propia historia de miedo. Los crujidos de la casa se acrecientan, la oscuridad del dormitorio cobra vida, y te parece que una silueta pasa fugaz ante la escasa luminosidad que se filtra a través de las ranuras de la persiana. Te cubres la cabeza con la sábana como si fuese la armadura más poderosa del mundo, pero entonces recuerdas que aquel fantasma de la película “The Grudge” espera bajo éstas para arrastrarte en cualquier momento a las profundidades de su mundo espectral. Aún así, tanto si has conseguido dormirte como si no, al día siguiente volverás a engancharte a esa novela para saber qué le sucede a la protagonista.

Todos somos así, a pesar de que algunos lo nieguen. El miedo, la tensión, en un estado controlado, nos hace sentir bien, ya sea con una novela, una película, una atracción o practicando algún deporte de riesgo, y tiene una explicación química. Por ejemplo, nos metemos en el papel de la chica antes mencionada, tratamos de visualizar lo que le está ocurriendo o, peor, lo que seguramente le sucederá. Entonces, en lo más recóndito de nuestro cerebro, en una pequeña piececita llamada amígdala, recibimos una oleada de sangre por esta reacción angustiante, como modo de alerta. A su vez, entra en acción la corteza prefrontal, que valora el ambiente, avisándonos que todo es ficticio, lo que provoca una auténtica sensación de placer, como un orgasmo (bueno, no tan exagerado).

Pero hablando de la gente que niega que, a veces, les guste pasar miedo, podemos encontrar a aquellos que aseguran que jamás leen terror, que lo consideran un género mundano y sin talento. “Lectura para mindundis y fracasados con aspiraciones”, me llegaron a decir en una ocasión. Lo gracioso es ver que entre los grandes clásicos que lucen con orgullo en sus estanterías, puedes encontrar obras de Poe y, en algunos casos, de Lovecraft. “Son autores universales”, utilizan como justificación, pero resulta que, para ellos, no es terror. Me gustaría ver cómo reaccionarían si fueran enterrados vivos, tuvieran que sobrevivir al ataque de unas ratas hambrientas, o a un ser venido del espacio exterior con no muy buenas intenciones. Si para ellos eso no es terror, ya me dirán qué lo es (y la crisis no me sirve). Y, peor aún, si se les diera la oportunidad de vivir cien o doscientos años más, me jugaría un brazo a que entre su nueva colección de clásicos se encontraría alguna obra de Stephen King.

“Es un autor universal”.

Lo curioso de todo esto es que el terror vende, pero no tanto el nacional. Mientras en otros países publican a autores autóctonos, en España todavía se apuesta más por los extranjeros. ¿Significa eso que no existe la calidad suficiente en nuestro país como para tener que recurrir a otros? Rotundamente, no. Hay autores muy buenos, textos magníficos, pero falta que las editoriales se atrevan a apostar un poco más. 

Digan lo que digan, esté bien visto o no, seguiré siendo amante del terror, leyendo con mi fiel lámpara una buena historia durante la noche, aquella que consiga que, por un solo instante, levante la mirada por encima del libro para buscar un fantasma que, sólo en mi mente, me estará observando.

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Si vas al cementerio…

“Lo que adquieres tuyo es, y más tarde o más temprano vuelve a ti”

Cementerio de animales, Stephen King 

Un padre nunca debería sobrevivir a su hijo”.

La primera vez que escuché esta frase era demasiado pequeño para entenderla. Un conocido había perdido a una hija —no recuerdo bien cómo— durante unas vacaciones, así que, como era de costumbre, instalaron el velatorio en el dormitorio de ésta. Retiraron los muebles y plantaron el féretro en el centro, rodeado de cirios y flores. Lo que recuerdo con más nitidez era el olor a cera y a algo rancio que no provenía de las cuadras. Ahora me pregunto, con aquel rostro descompuesto por el dolor retornando a mi mente, si él sería capaz de hacer cualquier cosa si pudiera hacerla regresar, fueran cuales fuesen las consecuencias. 

Probablemente, sí. Yo lo haría. 

En la mente de Stephen King existe un lugar donde todo esto podría evitarse, un cementerio en el pueblo de Ludlow, Maine, escondido para el hombre en una colina, tras una inofensiva necrópolis de mascotas: el cementerio de los micmac. Esta tribu de indios americanos tenía por costumbre sepultar a sus seres queridos en este terreno, independientemente si eran personas o animales. Pero cuentan que cierto día el Wendigo, el espíritu de las tierras del norte, pasó por allí y corrompió la zona, y todo lo que hubiera enterrado en ésta. 

Y vamos si es cierto, y si no, sólo hay que ver todos los acontecimientos que sucederán a Louis Creed y a su familia (su esposa Rachel, su hija Ellie, y el pequeñín de la casa, Gage) desde que se mudan a este pueblo. Porque todo comienza cuando el gato de la familia, Church, aparece junto a la carretera 15 que hay frente a su casa, segadora de vidas de los mejores amigos de los niños, pegado a la hierba como un esparadrapo. Es entonces cuando su nuevo vecino, el viejo Judson Crandall, a quien llamaremos Jud, le conduce a este territorio tan especial, donde la tierra es dura y pedregosa, como el fondo del corazón de un hombre, que es árido, casi roca viva. 

Y Church vuelve a la vida, como otras mascotas que fueron allí enterradas, pestilente, aunque algo ha cambiado en él. Su hobby es cazar pájaros y ratas, y entregárselos a Louis, pero no como ofrenda, sino para intimidarlo, como una burla maliciosa. 

Hasta aquí, cualquier lector puede pensar que se trata sólo y únicamente de una novela de terror, pero a ver qué opinas a continuación… 

Imagina una comida feliz, en familia, en el campo, jugando con tu hijo, apenas un bebé que parlotea y camina torpemente, y que juega con una
cometa. El rollo de cordel se escapa de sus deditos, y el niño trata de atraparlo mientras todos ríen. Pero el destino sopla el juguete con aliento frío, y en una distracción, la criatura corre tras ésta hasta la carretera colindante, una arteria de hormigón salida del mismo infierno, y sigue correteando mientras tratas de alcanzarlo. A lo lejos, un rugido mecánico, un demonio de toneladas de metal y pies de caucho rodantes, que se acerca a una velocidad demencial. Y después, gritos, de neumáticos y humanos y… 

¿Ves la tragedia? Ahora el pequeño Gage Creed reside en una pequeña cárcel de madera de seiscientos dólares, y pronto irá a ocupar un cubículo no mucho más grande en el cementerio de Bangor, abandonado entre flores que también acabarán por dejarlo solo. 

Si un gato, un perro, un loro, incluso un toro, puede resucitar, ¿no lo haría también una persona? Eso es lo que intriga a Louis. Sí, y por lo que sabe Jud, sucedió una vez, con Timmy Baterman, un joven que murió en la Segunda Guerra Mundial, y que ocupó un lugar en uno de los círculos del cementerio micmac, bajo un cairn. Al principio, parecía un ser con pocas luces que pululaba sin sentido, pero la cordura fue regresando, aunque rociada de una perversidad similar a la del gato, o peor. Y en esta nueva personalidad, oculto como un parasito, algo guardaba y jugaba con los secretos más oscuros de cada vecino de Ludlow. 

Las llamas lamieron la madera de la casa de Timmy, y su carne profanada recientemente por dos balas, y la de su padre, Bill, que no soportó el nuevo aspecto de su hijo y acabó suicidándose de un disparo. 

Pero ¿quién puede culpar a Louis por intentarlo? Jud trató de disuadirlo; Víctor Pascow, una suerte de Pepito Grillo de pantalones deportivos rojos y el cráneo partido como una nuez, también lo intentó; hasta los sueños premonitorios de su hija Ellie. 

Ponte en su lugar, saltando la verja del cementerio en plena noche, pala en mano, dispuesto a matar a quien trate de sorprenderte.

Noche oscura, silencio amplificado hasta lo demencial, un puzle de lápidas, y entre éstas, la del niño, Gage. Tras un rato excavando, la herramienta choca con la madera del ataúd. El temblor se apodera de tus manos, de tu mente, pero no hay vuelta atrás; no te lo puedes permitir. Al arrancar la tapa, una pestilencia cárnica te golpea en la cara, se instala en la boca. Y ahí está, con su trajecito gris, pequeño, frágil, ¡y sin cabeza! ¿Cómo puede ser si…? Pero es el miedo lo que te hace ver mal. No le falta nada: es una máscara de moho lo que causa este efecto. Y entonces, olvidas el olor, su estado, y abrazas el cuerpo blando y destartalado como un muñeco; da igual cómo esté. Es el amor el que te mueve. 

El resto lo puedes imaginar: la ascensión hasta el cementerio micmac, y el enterramiento bajo un montón de piedras. 

La resurrección llega, aunque Gage ha dejado de ser ese niño encantador, patoso y cariñoso; lo dejó de ser en la carretera. Es siniestro, malévolo, un demonio ocupando un cuerpo inocente, hambriento de carne, y con el mismo conocimiento sobre el pozo negro que habita en la mente de cada hombre, como Timmy, tanto que conoce el secreto de su madre, cómo ella siempre ha creído que Zelda, hermana de ésta, enferma de meningitis espinal, murió por su culpa, tal vez porque siempre deseó su muerte, como la vergüenza que representaba para su familia. 

Por última vez, te pediré que vuelvas a ocupar el papel de Louis Creed. Siempre ha sido un hombre muy cabal, por ello tiene un plan de emergencia, por si realmente la cosa sale mal. 

En tu bolsillo hay tres jeringuillas llenas de morfina como para matar a un caballo, y las necesitarás, especialmente tras ver el cadáver del viejo Jud, brutalmente asesinado. Matar al gato no es ningún problema; nunca lo has apreciado. Así que un buen trozo de carne para atraerlo, y una inyección que lo devuelve a la muerte. Queda Gage, pero es sólo un niño, tu niño, solo que todo cambia cuando también es a Rachel a quien mata, dejando su cuerpo tirado en el pasillo como un pelele. ¿Qué harás? ¿Dejarás que siga vivo? ¿Y cuando lo tengas debajo de ti, con un bisturí en la mano, el rostro mutando al de un monstruo de frente estrecha, ojos amarillos, lengua larga, puntiaguda y bífida, el rostro del Wendigo, que te sonríe sardónicamente y resoplando? 

Las agujas entran en su carne corrompida, una a la altura del riñón y la otra en el brazo. Por un solo instante, el rostro de Gage vuelve a ser el de siempre, y triste, dice “¡Papi!”, y se derrumba. 

Rachel ha muerto. ¿Qué puede hacer con ella? Tal vez esta vez funcione. Tal vez tardó demasiado con Gage y por eso algo malo se apoderó de él… 

Como ves, “Cementerio de animales” es mucho más que una historia de miedo, una novela trágica que nos obliga a pensar qué camino tomaríamos nosotros al encontrarnos en esta dura situación. 

Por esto, si vas al cementerio, no olvides lo que hizo Louis Creed por amor, y el precio que tuvo que pagar por ello. Pero, como padres, hijos, hermanos… ¿no haríamos lo mismo?